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San Agustín y la alegría del micro-botellón

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Concedo que el título de este artículo tiene algo de señuelo provocador. Por eso, para jugar limpio desde el principio pongo las cartas boca arriba, pues más de un lector se habrá preguntado: “Y ¿qué pintará un santo de hace tantos siglos en un fenómeno tan peculiar del siglo XXI?”. ¿Nos salimos de contexto?

Ese singular emparejamiento me vino a la mente al recordar que san Agustín, siendo joven y estando en compañía de amigos, se encontró por las calles de Milán con un mendigo que, por su actitud, bien podría regresar de un botellón, porque le vio muy alegre, eufórico y cumplía un característica esencial del botellón, tal como lo define el diccionario: “Reunión al aire libre de jóvenes, ruidosa y generalmente nocturna, en la que se consumen en abundancia bebidas alcohólicas”.

Pero aquel mendigo se había “pasado” y estaba borracho, lo que afortunadamente no siempre sucede en quienes se apuntan al botellón. Lo suyo lo he calificado de “micro-botellón” porque quizá fue sin acompañamiento. En cambio, su alegría etílica -compartida hoy por los protagonistas de botellones-, llevó al joven Agustín a hacerse preguntas de hondo calado existencial, núcleo de este artículo. Aquella vivencia fue como un espejo en el que miró su propia vida. Hoy, los botellones -sin entrar en sus múltiples facetas- podrían servirnos llevados de la mano del futuro santo, a hacernos las preguntas esenciales que él se planteó.    Agustín vio identificados sus deseos de alegría, con los de aquel mendigo ebrio. Por entonces, cifraba sus anhelos de felicidad en ser admirado, reconocido, y destacar en sociedad por sus dotes oratorias; buscaba la dicha a través del amor propio por sobresalir gracias a su ingenio, mientras el mendigo la perseguía y buscaba a través del alcohol. “Todavía hay clases” entre una y otra, cabría pensar; sí, pero no tanto, como reconoce el propio Agustín y será él quien nos lo diga en sus Confesiones (lib. VI, c. 6). Pido disculpas al lector por las extensas citas pero valen la pena; recordando su juventud, así abría su alma a Dios:

Sentía vivísimos deseos de honores, riquezas y matrimonio, y Tú te reías de mí. (…):“¡Qué miserable era yo entonces y cómo obraste conmigo para que sintiese mi miseria en aquel día en que —como me preparase a recitar las alabanzas del emperador, en las que había de mentir mucho, y mintiendo había de ser favorecido (…)— respiraba anheloso mi corazón con tales preocupaciones y se consumía con fiebres de pensamientos insanos, cuando al pasar por una de las calles de Milán advertí a un mendigo que se chanceaba y divertía! Yo gemí entonces y hablé con los amigos que me acompañaban sobre los muchos dolores que nos acarreaban nuestras locuras, porque con todos nuestros empeños, como eran los que entonces me afligían, no hacía más que arrastrar la carga de mi infelicidad, aguijoneado por mis apetitos, aumentarla al arrastrarla, para al fin no conseguir otra cosa que una tranquila alegría, en la que ya nos había adelantado aquel mendigo y a la que tal vez no llegaríamos nosotros. Porque lo que éste había conseguido con unas pocas monedas de limosna era exactamente a lo que aspiraba yo por tan trabajosos caminos y rodeos; a saber: la alegría de una felicidad temporal.”

 Esa exploración psicológica de su propia alegría frente a la del mendigo, le lleva a reconocer que ninguna de las dos estaba a la altura de la verdadera alegría, esa que anhela insaciable el corazón humano -todos tenemos experiencia-, y que sólo Quien es la misma alegría y felicidad en plenitud puede colmar: el Dios que es Amor. Por eso, prosigue su confesión en estos términos:

“Cierto que la de aquel mendigo no era alegría verdadera; pero la que yo buscaba con mis ambiciones era aún mucho más falsa. Y, desde luego, él estaba alegre y yo angustiado, él seguro y yo temblando.” 

Sin dejar de confrontarse con el mendigo, analiza al fin las causas de los momentos felices y, desde su mundo interior y con mirada trascendente e incluso teológica, concluye con una verdad que invita a reflexionar y, quizá, a tomar decisiones personales:                                  

Apártense, pues, de mi alma los que le dicen: «Importa tener en cuenta la causa de la alegría, porque el mendigo aquel se alegraba con la borrachera, tú con la gloria.» ¿Y con qué gloria, Señor? Con la que no está en Ti. Porque así como aquel gozo no era verdadero gozo, así aquella gloria no era verdadera gloria, antes pervertía más mi corazón. Porque aquél digeriría aquella misma noche su embriaguez, y yo, en cambio, había dormido con la mía, y me había levantado con ella, y me volvería a dormir y a levantar con ella, Tú sabes por cuántos días.   «Importa, es cierto, conocer los motivos del gozo de cada uno (…)  Pero también entonces había gran distancia entre nosotros, pues ciertamente él era más feliz que yo, no sólo porque rebosaba de alegría, en tanto que yo me consumía de cuidados, sino también porque él con buenos modos había adquirido el vino y yo buscaba la vanidad con mentiras.”.                                                                                                                                  

Gran lección la de san Agustín que invita a mirar la realidad y la conducta de otros para hacer examen propio. A no condenar, sin más ni más, fenómenos sociales ni situaciones personales que presentan aspectos negativos y rechazables, pero que también pueden ofrecer otros positivos, aunque no se vean a primera vista. Y, por supuesto, a ir siempre al fondo de la realidad y de la vida: a mirar más allá de las apariencias para buscar con las luces que Dios dé a cada uno, la verdad de las cosas y a llamarlas por su nombre.  Quién sabe si Agustín nos diría hoy: pues ¡claro que me parece muy bien que la juventud se divierta, faltaría más! Y no tengo nada contra los botellones, siempre que la gente no se pase, como aquel conciudadano mío; siempre que no incordien a los demás ni causen disturbios y, menos aún, provoquen actos vandálicos; siempre que… ¡Oiga!, se preguntará algún lector joven si es que llega a leer esto: ¿no estará usted empujando a san Agustín a pedir la reapertura de las discotecas para evitar los incordios callejeros del botellón? Pues quién sabe si no le importaría hacer un brindis por su reapertura, pero eso sí: siempre y cuando en las discotecas… Y aquí volvería a ofrecernos sabias puntualizaciones para divertirse como Dios manda y no a lo loco y de cualquier manera

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