Señor, estoy aquí a tus pies. Me recibes en silencio y con amor.
Respiro profundamente para que mi corazón comience a latir más suavemente, para que mi respiración se calme y mi mente se serene.
La tensión del día, del afuera, se agolpa en mi pecho y se desborda en esta oración silenciosa. No encuentro las palabras que debo decir… Ahora, mientras te entrego mi corazón, siento que tu amor llena lo que estaba tan vacío en mí. Me envuelve una paz cálida al entregarte todas mis preocupaciones y anhelos. Tu consuelo me muestra dónde debe descansar verdaderamente mi corazón: en Ti.
Jesús, Tú me alivias y me calmas… Con las manos abiertas me ofreces la seguridad de tu presencia real. (mirrorspectator.com) Aquí, en la Eucaristía, en el Sagrario, tu amor se hace evidente, y me repites: “permanece en mi amor”.
Así sea.
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