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El mensaje del Adviento es un mensaje de esperanza

por Pbro. Carlos Padilla E.
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Puedo cambiar, puedo ser una mejor persona, puedo hacer posibles milagros en mi vida. Juan Bautista proclama que el reino de Dios está cerca. Me invita a cambiar: «Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: – Voz del que grita en el desierto: – Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos». Juan proclama la misión imposible.

Es posible todo para Dios. también que yo con mi vida prepare el camino al Señor, que no le ponga obstáculos ni barreras. Que allane el camino montañoso. Que permita que desaparezcan los obstáculos. Aun así es una voz la del profeta que clama en el desierto. Dios puede hacerlo posible si le dejo entrar. La imagen que me acompaña este domingo es la del desierto. Allí va a predicar para que muchos corazones cambien su actitud y vivan. Es un mensaje que alegra el corazón. «Por aquellos días, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre». Se viste humildemente y exige lo que él ya cumple. Sin duda pedir lo que yo ya hago me da autoridad moral. Si lo que exijo lo cumplo es todo más fácil. Puedo hacer nuevas todas las cosas. Puedo cambiar este mundo con mi vida. mejor aún, puedo cambiar yo, si dejo que Dios entre dentro de mí. Quiere que me convierta y cambie y viva. Quiere que deje mis pecados que me esclavizan para dejar que Él sea el dueño de mi vida. Quiere que tenga paz para poder entregar esa paz a muchos. La conversión es un cambio radical, no algo temporal ni parcial, sino algo definitivo. El que se convierte comienza a recorrer un camino nuevo y para siempre. Cambiar de vida es un paso muy importante. Hay cosas en mi vida que no necesito cambiar y otras muchas que requieren un cambio. Siempre me impresiona que el Adviento no comienza pidiéndome que haga cosas, sino que abra el corazón. La conversión no es primero un esfuerzo, es un espacio. Es permitir que Dios tenga un lugar en mi historia, en mis miedos, en mis cansancios. Es dejarlo entrar para que Él haga los milagros. Convertirme es dejar que Él llegue donde yo nunca he podido llegar, en lo más hondo de mi ser, allí donde hay sombras y me da miedo mirar. A veces pienso que la conversión es cambiarlo todo, rehacer la vida, dejar de ser quien soy. Y entonces me asusto. Pero Dios no viene a destruir lo que soy, sino a despertar lo más verdadero que llevo dentro. No llega para cambiarme y que sea otro, más parecido a ese yo ideal que yo he soñado a veces. No es así. Él no pisa mis tierras para destruirlas, las fecunda. No derriba mi templo para hacer uno mejor, simplemente lo purifica. No me exige ser otro hombre distinto al que yo soy, más bien me llama a ser yo mismo, más profundamente, más libremente. Me permite descubrir el yo escondido detrás de tantas máscaras, de tantas apariencias. Me he acostumbrado a vivir para agradar a otros, para ser aceptado y amado por lo que hago, por la imagen que proyecto. Pero no es ese el camino. No lograré nunca que todos y siempre estén felices conmigo. Los desilusionaré, no cumpliré las expectativas que tienen. Les fallaré y no estaré en el momento oportuno, cuando ellos me necesiten. Convertirse es permitir que nazca algo que yo no puedo darme. Es abrir la puerta del alma para que entre ese Niño que lo puede hacer todo de nuevo. Es realmente un acto de humildad de renuncia a mi comodidad, a lo que ya controlo. Es un grito como el del mismo Juan en el desierto: «Señor, ven. Yo solo no puedo hacer nada solo». En Adviento Jesús se hace pequeño, frágil, vulnerable para ocupar el espacio sagrado en el que yo mismo no me encuentro en paz. Y así me recuerda que la conversión no es un grito, es un susurro. No es un terremoto, es una semilla que crece muy lentamente y desde dentro. No es un cambio repentino, sino un proceso de transformación que comienza cuando me atrevo a decir: «Aquí estoy, Señor, comienza Tú a poner orden en mi interior». Tiene todo más que ver con hágase que con hacer. Me quiero dejar hacer para que Jesús haga milagros. Como María que al dar su sí dejó de controlar su vida desde ese mismo momento. Ya no le pertenecía a Ella decidir el camino. Se trata de no controlar, de dejar ir, de dejar hacer. Convertirme es dejar de vivir desde el miedo para comenzar a vivir desde la confianza. Es dejar de pensar que todo depende de mí para ver que es Dios el que tiene realmente el control de mi vida. Es volver la mirada al corazón de María, que no entendía nada y aun así confió en medio de la tormentas de su vida. En Adviento Dios me pide que me suelte, que deje mis seguridades, que no me aferre tanto a mis planes. La conversión comienza cuando dejo de controlar y permito que Él haga su camino. Cuando dejo de atar mis planes, mis días, para dejar que Dios haga el camino y ponga el rumbo que tengo que seguir. No quiero vivir con miedo en este Adviento. Tengo menos seguridades que antes, menos certezas. Aun así no quiero que el miedo se apodere de mí. Aunque no lo entienda, aun cuando no lo controle, Dios tiene la última palabra. Dejo que mi Belén, mi Egipto, mis inseguridades descansen en las manos de Dios que me ama con locura. Sólo Él conoce el camino a seguir. 


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