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Seguir el camino para llegar hasta Él

por Federico Guevara
Jesus es el camino

«Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dice: – Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: – Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto

Quiero estar con Jesús. Y seguir el camino para llegar hasta Él. Hoy me dice Jesús que Él es el verdadero camino. A veces no veo lo que hay. No distingo la realidad que mis ojos ven. Me pasa como a Felipe que no sabe que Jesús tiene el mismo rostro del Padre, porque es su Hijo. Yo tampoco veo bien a Jesús. No lo distingo entre los hombres y me confundo. No lo veo en aquellos a los que amo y me aman. Soy demasiado ciego. No logro avanzar. Me gustaría tener una mirada profunda para ver a Dios oculto entre las sombras, entre los hombres. Oculto y visible. Porque las apariencias engañan. ¡Tanto tiempo conmigo y no me conoces! Porque me pasa y no siempre conozco a los que amo. No sé lo que les preocupa, lo que temen, lo que sienten. Desconozco sus sueños y no sé qué es lo que más desean en esta vida. Paso por delante de ellos sin detenerme. ¿Estará Dios presente en su presencia? ¿Me hablará Dios en sus palabras y silencios? Es complicada esta vida en que muchas cosas no parecen ser lo que realmente son.

Y la realidad es esquiva, como sumida en una niebla que no me permite observar con nitidez los contornos de las cosas. Quisiera saber si realmente el amor que siento es amor verdadero. Y el amor que me tienen se puede decir que es amor de verdad. Porque las palabras no suplen la realidad. Y lo que me dicen o digo no reemplaza la vida misma. Puedo prometerte tantas cosas que luego no cumpliré y olvidaré en cuanto hayan salido de mi boca. Como el que promete el cielo sin tenerlo en sus manos para entregarlo. Prometo lo que no tengo. Aseguro lo que no poseo. Te digo que sí cuando es no. Y que lo haré cuando no pienso hacerlo. Hablo de plazos, y fechas y promesas. Te digo que siento tantas cosas que luego no siento u olvido. Y tú me crees o pareces creerme. Puede que tampoco me creas y todo sea parte de una misma mentira. Es tan fácil mentir y llenar los silencios y los vacíos.

Lo único que queda al final es el amor, la realidad sórdida y concreta de una vida que se entrega hasta el final. Quedan la incondicionalidad y el perdón. Quedan el abrazo y la presencia al lado de tu cruz. Queda mi sí callado, un silencio fiel al lado de tu lecho. Queda la vida y no la promesa incumplida. Queda la verdad que deja a un lado la mentira. Y Felipe no lograba ver al Padre en el rostro de un hombre. ¿No cree en la vida eterna? Dudas, miedos, y la realidad que se impone tantas veces. Jesús mismo es mi camino, mi vocación, el sentido de mi vida. Es el abrazo de cada mañana y la última palabra que escucho en un susurro al acabar el día. Jesús es mi decisión temprana de jugarme por Él la vida. Merecerá la pena si sólo puedo tocar su herida o experimentar en mi piel la fidelidad de un Dios que me ama como soy y no se sorprende al verme tan frágil y herido. Felipe no cree habiendo conocido a Jesús durante tanto tiempo. ¿Qué me espera a mí que no he compartido la vida a su lado? Pero yo mismo sé que he visto muchas cosas reales.

He tocado los cielos más altos y he caído en medio de las honduras más terribles. Yo lo he hecho y he sufrido. He visto a Jesús en mi camino, sobre todo cuando me despojaba la vida de todo lo que tenía. Y ya no tenía derechos, ni privilegios, ni tesoros que sostuvieran mi camino. Y he sentido la soledad y ha brotado con fuerza el miedo. Y es en esos momentos de fracaso y abandono donde he visto que Jesús es mi camino. No en los éxitos, no cuando todo iba a mi favor y la vida me sonreía. En esos momentos de gloria llegué a pensar que yo era el mismísimo dios escondido. Ese Dios oculto entre las sombras de mi vida. Cuando todo me iba bien y la vida me sonreía, o los hombres, o los cielos. Y todo parecía mejor que antes. Y yo me alzaba como un rey por encima de todas las cimas. No me hacía falta Dios, porque yo podía solo subir a lo más alto. Pero luego, al caer de la cumbre, al tropezar en el camino, al ser crucificado en mis misma cruz de madera sin ser consciente de nada, allí mismo, en mi sangre derramada, estaba Él, con su rostro amable, su sonrisa amplia, su silencio alegre.

Quisiera reconocer su rostro entre las sombras. Sobre todo en mis fracasos y en mis derrotas. Sobre todo cuando me duela el alma y me sienta humillado y abandonado. Sólo sé que la vida es más grande que todo lo que poseo ahora mismo. Sólo sé que no seré más feliz cuando lo posea todo o cuando crea que la vida me va a sonreír. Jesús es mi camino de vuelta a casa. Camino con Él, en sus manos, en su corazón herido. Soy parte de sus piedras, de sus huellas. He recorrido sus pisadas en esos pies clavados y sé que no tengo todavía nada que entregarle para justificar mi desidia y la vaciedad de mis palabras y promesas. Es mi camino cuando me pierdo, cuando me veo perdido y sin rumbo. Mi camino cuando vuelvo a elegirlo a Él entre mil opciones posibles.


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