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¿QUIÉN ERES TÚ? 

por Delia Plazaola
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Enfréntate al desierto y lo sabrás

En el Evangelio de Juan, las autoridades preguntan insistentemente a Juan el Bautista: «¿Quién eres tú?». Es una pregunta que también nos atraviesa. En medio de una cultura que nos define por lo que hacemos, producimos, consumimos o mostramos, corremos el riesgo de olvidar quiénes somos. El desierto aparece entonces como un espacio privilegiado de verdad. Allí caen las máscaras, los roles y las expectativas; allí podemos mirarnos con honestidad delante de Dios.

Como Juan, quien ingresa al desierto comienza por descubrir quién no es. No es el éxito, ni sus títulos, ni sus fracasos, ni la imagen que otros tienen de él. En el silencio, la mirada se vuelve hacia el interior y, al mismo tiempo, hacia Dios. Y es precisamente en esa doble mirada donde la identidad se clarifica. Comprendemos quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo. ¨Que te conozca, Señor, para que me conozca¨dirá San Agustín de Hipona.  

El desierto no nos aleja de la realidad; nos devuelve a ella. Desde los orígenes bíblicos,  el desierto aparece como un lugar de purificación y encuentro con Dios: allí Israel aprende a confiar,  los profetas escuchan su voz y Juan el Bautista prepara el camino. Pero en Jesús el desierto alcanza su plenitud, porque Él mismo lo asume como la preparación perfecta antes de iniciar su misión.  Por eso, el desierto atraviesa la historia de la Iglesia y sigue siendo, para cada creyente, el espacio donde Dios habla al corazón, se enfrentan nuestras sombras, se purifica la vocación y nace todo verdadero apostolado. Antes de ser enviados, somos llamados a la quietud y la soledad en la que aprendemos a abandonarnos a Su voluntad para que la misión no brote de nuestras fuerzas, sino de poder irradiar Su Presencia.  ¨Tu vida puede ser el único evangelio que algunas personas alcancen a leer¨ decía San Francisco de Asís.

Retirarse al desierto es el primer paso de la vida espiritual, y la necesidad fundamental del hombre contemporáneo porque nuestra mente está tan saturada que a menudo evitamos mirar en qué nos hemos convertido y huimos de nosotros mismos. Cuando estamos demasiado cómodos no podemos estar espiritualmente despiertos. Esto es ley. Sólo en un entorno austero, pobre, despojado, puro,  nos incita al silencio y a permanecer orientados a la verdad y nos permite escuchar nuestra propia profecía. 

Si te decides a emprender esta aventura prepárate para el vacío, el silencio, la soledad, la desilusión, la frustración. Buscamos a Dios, pero lo más probable es nunca hallarlo. El inefable esconde su rostro. En el desierto aprendemos a sensibilizarnos para detectar las huellas de Su Presencia inaprensible. Como cuando caminamos en un bosque y vemos las huellas de un ciervo. Tenemos la certeza absoluta que un ciervo ha pasado por allí, pero no lo vemos. Certeza absoluta, pero ceguera total. O vemos una claridad que se filtra por la copa de los árboles. Certeza absoluta de que es el sol. Pero no alcanzamos a verlo. Es inapreciable desde donde estamos. Lo que descubrimos en el desierto es nuestra capacidad de identificar la presencia de Dos en sus signos, en el modo que tiene de tocar el alma humana. Pablo D¨Ors utiliza la metáfora de una caña agitada por el viento. ¿Qué es una caña? un envoltorio frágil y hueco, vacío. Ser caña es el único modo de saberse vacío, de convertirse en ese vacío por el que pueda pasar el viento y así  tocar la música del espíritu. 

Si decides emprender este camino, debes saber que no se trata de aplicar estrategias, ni de leer libros, ni de armar cronogramas de resoluciones. Ahí no hay nada que hacer. Nada que lograr. Se trata sólo de ser. De acomodarse y respirar. De aprender de la naturaleza a existir sin expectativas. A por fin, ser como los lirios del campo y las aves del cielo que no se preocupan por nada, confiando enteramente en que todo será dado. Y así será. En la medida que aceptes ¨desperdiciar tu tiempo¨ ofreciéndoselo a Dios, el desierto mismo hará su tarea desprendiéndote de todo lo superficial, regalándote la hermosa experiencia de sentirte desnudo frente a tu creador, traspasado por la música del viento que te trae imágenes de eternidad. Así se siente el paraíso. 

Sugerencias para incorporar pequeños desiertos en tu vida cotidiana: 

  • Organiza tiempos en la semana o en el día en los que puedas apagar el celular, y retirarte a algún sitio tranquilo, en el que puedas observar la naturaleza y sentirte parte de ella, estarte relajado, en silencio y quietud. Sin pensar en nada, solo percibiendo el entorno y ofreciendo ese tiempo a Dios. Presta atención a cómo te sientes luego de al menos media hora. Puedes caminar, recostarte, etc… evita intelectualizar el momento, sólo contempla tu derredor sin juicios ni categorizaciones. 
  •  Haz adoración eucarística en silencio y quietud, tratando de hacer tuya la experiencia de ¨yo lo miro y Él me mira¨
  •  Busca incorporar tiempos de silencio en tu hogar, sin pantallas, sin hacer nada. Sólo estar, prestando atención a tu respiración, a tu ritmo cardíaco, a tus emociones. Aceptando con paz todo lo que se presenta. 
  •  Busca información sobre los grupos de oración o retiros contemplativos en tu parroquia 
  •  Algunos libros que pueden ayudarte a iniciar este camino
    • Biografía del silencio – Pablo d’Ors
    • La oración contemplativa – Frank Jalics
    • Ejercicios de contemplación – Frank Jalics)
    • El camino del corazón – Henry Nouwen
    • Nuevas semillas de contemplación  – Thomas Merton
    • Escritos espirituales – Charles de Foucauld 
    • Hacia el centro del centro – Valeria Reichler 


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