En Venezuela la fe en Jesucristo es la que sostiene a la mayoría de sus habitantes
El miércoles 24 de junio a las 18:04 Venezuela vivió una de las tragedias más fuertes de los últimos años, un terremoto doble, el primero de 7.2 grados seguido de otro, tan solo 40 segundos después, de 7.5 grados. La tierra aun no culminaba su movimiento, los edificios aun no dejaban de temblar cuando el segundo terremoto hizo su descarga. Por eso tantas personas manifestaron haber sentido un solo movimiento telúrico extremadamente largo y violento.
Las imágenes que durante estos días nos llegan desde las zonas más afectadas de Venezuela como La Guaira, Caracas, Maracay y Falcón, muestran una tragedia que no necesita metáforas para explicarse. Simplemente son la imagen de una realidad dolorosa, con cientos de edificaciones caídas, miles de personas desaparecidas entre los escombros, cientos de fallecidos y miles de personas que buscan con desesperación a sus familiares.
También hay otra imagen que visualizamos una y otra vez: las personas comunes, los ciudadanos de a pie, ayudando a remover escombros y rescatar personas en las zonas de los edificios derrumbados. Personas llevando suministros como agua y alimentos, e incluso recolectando suministros médicos para los hospitales ante unas primeras 48 horas de absoluta desidia gubernamental. Cuando no hay un estado capaz de responder a la emergencia, es el ciudadano al que le toca actuar como puede, con lo que puede. Y es aquí donde quiero centrar el camino de este artículo.
El venezolano está acostumbrado a “resolver”, tiene 27 años resolviendo. La situación que vemos desde lejos y que quienes están allí viven en carne propia, no inició tras el terremoto, pero sí quedó al descubierto con esta tragedia. Venezuela como estado no tiene capacidad de respuesta ante desastres naturales porque todos los organismos que debían hacerse cargo no tienen los recursos, fueron desmantelados, cerrados o simplemente olvidados por quienes debían garantizar su funcionamiento. Lo mismo ocurre con los hospitales, las ambulancias y los sistemas de rescate y salvamento.
Por ello, lo que vemos en las imágenes y videos que circulan por distintos medios es a las personas comunes resolviendo. Haciendo lo que siempre han hecho: ayudarse entre sí con una fe inquebrantable. Porque si hay algo que 27 años de desidia no ha logrado derrumbar es la fe.
En Venezuela la fe en Jesucristo es la que sostiene a la mayoría de sus habitantes. Por esos los escuchamos en los videos de los temblores implorar a Dios por su auxilio, o dar gracias a Dios tras encontrar a sus familiares o ser rescatados. Esa es la fe que sostiene, la única fe capaz de soportarlo todo.
En medio de toda esta tragedia me he topado con cientos de comentarios en redes, discursos de todo tipo, burlas, mucho hate y hasta acusaciones de idolatría a los católicos porque el terremoto ocurrió el día de San Juan Bautista. Discursos que apuntan a presentar la tragedia como un castigo de Dios. Ante semejantes disparates que solo añaden un peso innecesario a las personas que ya están sufriendo quisiera acercar un par de reflexiones en torno a la fe en Cristo Jesús.
Primero, nuestro Dios, el Dios de los profetas y que envió a su Hijo hecho hombre a convivir con los humanos, no es un Dios de castigos, sino de justicia. Y su justicia no es para nada parecida a los que nosotros entendemos como justicia. Es también un Dios de misericordia, y su misericordia y su justicia nunca están separadas.
Es posible que hoy tengas la tentación de preguntarte ¿por qué ocurren este tipo de tragedias? ¿Por qué a ti? ¿Por qué, otra vez, Venezuela? Son preguntas válidas en medio de la angustia, el estrés y el dolor. Pero te invito sacudirlas de tu mente y suplantarlas, lo más pronto que puedas, con el ¿Para qué? Sí, no es justo tener familiares desaparecidos o fallecidos, tampoco es justo perder tu vivienda. Pero si entendemos que solo somos seres vivos sobre un planeta cambiante, comenzaremos a entender que muchas de las cosas de la naturaleza no pueden evitarse. Así como la enfermedad o la muerte. Simplemente forman parte de la realidad humana.
Ahora bien, ¿para qué ocurren? O ¿para qué te ocurren específicamente a ti?, quizás allí puedas comenzar a vislumbrar un camino. Quizás para que un día puedas ayudar a otros. Quizás para que puedas experimentar de alguna forma la misericordia de Dios y que un día puedas dar testimonio de ello. Piensa en Abraham, en Jacob, en tantas personas que a lo largo de la historia han experimentado dolor y luego se han convertido en referencia sobre como reponerse y avanzar. Quizás no hay un para qué, ni un por qué, ni una razón. Quizás solo son los riesgos de estar vivos. Pero si estás leyendo esto, estás vivo, y ese es ya un motivo de esperanza.
El segundo punto al que quiero acercarte es a la naturaleza de la fe y a Jesús como Dios. Los cristianos católicos creemos en un Dios que nos acompaña en todo momento, no que castiga. Si tu dios castiga, quizás no es el mismo dios. Creemos en un Dios que da Vida, que se encarnó y caminó entre y con nosotros, que se bajó de su gloria para venir aquí a la Tierra a caminar y sufrir con nosotros, a sentir el dolor físico, mental y vivir en carne propia con su crucifixión el mayor de los sufrimientos y la peor de las muertes. Solo por eso sabemos que nos entiende y que nos acompaña siempre, que comprende cada una de nuestras tribulaciones.
También creemos en un Dios que mientras hizo su vida en la Tierra quería el bien para todos. Sanó enfermos, educó, resucitó muertos y dio vida por medio de su palabra hasta entregarse Él mismo para volverse el Pan de Vida. Por eso sabemos que en lugar de castigarnos está aquí y está allí, al lado de cada madre que busca a su hijo, al lado de cada padre y madre que usa su cuerpo para cubrir a su hijo y protegerlo de los escombros. Está allí junto a los rescatistas y también en el corazón de cada persona que se moviliza para llevar alimentos, ropa, artículos de primera necesidad a los afectados. Está en los hospitales y también en los hogares que aun se sostienen y que abrieron sus puertas para recibir a quienes lo perdieron todo. Está allí, hermanos, en cada uno y junto a cada uno, y es justo allí, en ese accionar continuo, eso que los venezolanos llamamos “resolver”, que vamos viendo como la misericordia de Dios obra, porque se van poniendo en práctica, desde la más absoluta caridad, las obras de misericordia.
Sí, la tragedia una vez más golpea nuestro pueblo, pero en medio del dolor y la angustia es necesario mantener una certeza, la única que es capaz se sostenernos: Dios está con nosotros. Porque esa es la base de la fe: la certeza. Tal como dice la Carta a los Hebreos «La fe es garantía de lo que se espera y prueba de lo que no se ve» (Hb 11.1). Hoy puede ser difícil ver el obrar de Dios, pero confía que está allí, ten la garantía de que está obrando. Lo hace por su infinita gracia y misericordia, por su poder divino y omnipotencia, pero también a través de las personas. Obra a través de cada persona que ayuda, así como lo hace insuflando aliento de vida en quienes aun permanecen bajo los escombros. Obra porque como reza el Salmo 103 (102) «Como un padre se encariña con sus hijos, así de tierno es Yahvé con sus adeptos; que él conoce de qué estamos hechos, sabe bien que solo somos polvo» (vv. 13-14).
Finalmente, que este tiempo de tragedia y dolor nos mueva a accionar a todos, tanto dentro como fuera del país. Nos mueva al acompañamiento y auxilio del prójimo, de eso otro donde también Jesús se revela, y cómo Él mismo expresó, no olvidemos, incluso por los que ya no están, que «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).
Y para los que tuvimos que emigrar de Venezuela y hoy vemos y vivimos esta realidad con el alma partida, comparto este poema del poeta venezolano-argentino Sebastián Arismendi, como una forma de poner palabras a toda la angustia, la zozobra, la desesperanza, de exorcizarlas a través de la poesía, y luego, de la mano de Dios sostener la esperanza y recuperar la fe:
Fuimos,
El pretérito sin respuestas,
Nos fuimos,
Pero nuestras almas, petrificadas,
Esperan que volvamos para llenar el vacío,
Fuimos lo que recordamos,
Nuestra infancia,
Nuestras playas,
La risa y lo simple,
¿Qué somos luego de lo que fuimos?
Una nueva tierra, un nuevo idioma,
una nueva realidad, solo es un cambio de piel
adentro el músculo quema,
afuera es una prosperidad seca
un dolor omnipresente.
Dios, cuando tengas tiempo, piensa en mi país
no dejes que el oro negro nos siga maldiciendo,
intercede en mí, tu no creyente, para que vuelva a recuperar mi Fe,
llévame al lugar donde la felicidad fue tapiada,
donde la tragedia ya acabó con toda esperanza,
donde se respira el humo del desconcierto,
llévame y pon mis manos en el concreto,
que mis palabras sean palas,
que mi aliento se una luz que ayude a encontrar al desaparecido,
desde lejos, ser el testigo de la desgracia, ya es mi martirio,
es la cruz que cargo por haberme marchado,
por favor, Dios, no nos sigas abandonando,
aunque queremos creer en algo,
no dejes que la oscuridad termine de derrumbar a mi gente.
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