«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo»
Jesús me habla del reino de los cielos: es el tesoro escondido que el buscador encuentra. Una perla fina, un tesoro. Tengo suerte de tener la fe que tengo. Pero a veces me parece que no soy tan consciente de lo que Dios me ha regalado, de ese tesoro escondido en el alma. Y no valoro tanto ese Reino que se hace presente en la Iglesia. Incluso en ocasiones lo veo como una carga. Siempre dicen que el jardín del vecino está más verde. O es mejor su vida que la mía. O mejor su casa, su familia, su mundo, su trabajo, su proyecto. Siempre creo que el tesoro escondido está en otro terreno, no en el mío. Valoro más a los otros, lo que otros tienen, sus sueños y realidades, sus vidas. Me da envidia verlos prosperar, sentir que van progresando mientras que yo me estanco.
Quisiera tener otros tesoros, buscar otros mares más atractivos. La búsqueda del tesoro siempre ha sido una obsesión en los hombres. Dejar mi tierra, mi vida, para emprender una aventura lejos de mí, en otro mundo que todavía no he visitado, en otra vida que aún no he vivido. Como si lo que no tengo fuera siempre mejor que lo que tengo. A veces ante una carta de comidas en un restaurante dudo si lo que yo elijo es mejor o parece más rico lo que otros piden. Alguien me enseñó hace tiempo que la mejor decisión es la que he tomado. Y no es bueno volver sobre esa decisión que no va a cambiar. Que el mejor camino es el que recorro ahora. Y las elecciones que he tomado han sido las mejores. Porque si no, corro el riesgo de vivir volcado hacia atrás sin mirar hacia delante. Como si quisiera arreglar el pasado para que el futuro sea otro, mejor, más valioso, más pleno. Me parecen mejores otros tesoros y miro en menos, con cierto desprecio, el tesoro maravilloso sobre el que vivo. Alguien valora lo que tengo y yo no me lo creo, me parece inútil el comentario o el elogio. Como si al hacerlo estuvieran en un error porque sin duda el mejor tesoro les pertenece a otros.
Hay un cuento en el que al final el tesoro se encuentra en el interior del que lleva toda su vida buscando fuera lo que tiene dentro. Y me ha parecido siempre real. Tengo dentro de mí un tesoro escondido pero no lo valoro. Me parecen mejores los tesoros ajenos, esos que son inalcanzables. Me gustaría tenerlos a mi alcance pero no lo consigo. Son tesoros esquivos. Como si me gustara más la vida que otros viven, más que la propia. ¿Qué sentido tiene vivir envidiando? ¿La envidia me dará lo que aún no poseo? Creo que el camino más seguro hacia el tesoro es hacia dentro de mí mismo, no hacia fuera. El tesoro que Dios ha puesto en mi alma es lo que le dará sentido a mi existencia. Saberlo me hará encontrar la paz porque dejaré de compararme. Tengo un tesoro inmenso en mis entrañas. Dentro de mí está Dios iluminando mi camino. Dentro de mí habrá paz en medio de tantas guerras. Es el tesoro más importante que marca mi vida para siempre. No tengo miedo de enfrentarme a él, porque en él seré feliz para siempre. Si aprendiera a mirarme como me mira Dios. Si lograra alegrarme con la belleza oculta entre miserias y torpezas. Si pudiera saber siempre lo que más me conviene.
Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC
Subscribe to get the latest posts sent to your email.