“¿Qué está pasando en mi interior?”
En el proceso del sacerdote hay una lucha interna entre lo que siente, lo que tiene que ser y lo que es. Es también ese enfrentamiento interior entre lo que siente que debe demostrar de ser ante la sociedad y lo que se debe replantear en la soledad. Es aquí donde aparece la lucha interna y la situación de buscar su espiritualidad para sostenerse, más que la actividad pastoral. Aquí entra esa conflictividad interior, en donde solo se busca crecer, pero se llega al momento de solo mantener o sostener.
Hace unos años atrás me visitó un hermano sacerdote, que me empezó a contar todo lo referente a su parroquia: los grupos de jóvenes, las actividades con la parroquia, las exigencias pastorales que pedía el obispado, las reuniones sinodales, etc., hasta que le hice la pregunta: “¿Vos cómo estás?”. Eso lo destruyó, casi se largó a llorar y me dijo: “Luis, no sé quién soy”. Eso es algo que, lamentablemente, está pasando en nuestros sacerdotes mucho y me pasó a mí, porque nos llenamos de actividades pastorales y, sumado a lo que se nos puede exigir, llegamos a ser un ente.
Todo esto nos hace pensar que los sacerdotes nos hacemos la pregunta más dura cuando dejamos de predicar o de enseñar: ¿qué está pasando en mi interior?
Un sacerdote puede hablar de Dios durante horas. Puede explicar dogmas y doctrinas, acompañar el sufrimiento ajeno, cargar crisis familiares enteras en sus hombros, escuchar confesiones. Pero, cuando le pregunto por su propio corazoncito, sus propias dudas, su propia soledad…, el silencio se convierte en una habitación sin ventanas. Un sacerdote sostiene las emociones de miles, pero no siempre sabe sostener las propias. Y no porque no quiera, sino porque no lo formaron para eso. Porque nadie le dijo que sería necesario. Porque, en algún momento de su camino, creyó que sentir equivalía a fallar.
Esto lleva a vivir dividido porque se genera una división interna entre ese “personaje sagrado” y la persona real; hasta me animaría a que se suma una más: la persona virtual… Y cuando aparece la división, entra la situación de la lucha entre el cansancio y el alivio, llevándolo a no saber quién es y el para qué hace las cosas.
La identidad del sacerdote es una de las arquitecturas psicológicas más complejas que existen porque es persona, símbolo, figura institucional, mediador espiritual, cuidador emocional, líder moral… y hombre. Todo esto al mismo tiempo, que lo lleva a un costo emocional y afectivo que llega a pagarse con la ausencia de espiritualidad y con el silencio.
Todos tenemos una batalla interior. Capaz que podemos ver al sacerdote bien, pero viene luchando con grandes batallas interiores; pero, cuando vemos al sacerdote mal, logramos comprender que ya se manifiesta lo que viene trayendo hace tiempo adentro suyo. Es importante, por ello, que el sacerdote sea sincero consigo mismo y logre enfrentarse a sí mismo para poder hablar lo que le pasa y dejarse ayudar para resolver aquello que le pasa y le traspasa.
Una de las cosas importantes que debe cuidar en su vida es su espacio y su salud mental, como así también la espiritual, haciendo cortes a actividades pastorales, buscando el espacio para hacer cosas que le apasionen, como: escribir, pintar, leer, estudiar o hacer algún deporte. Buscar entretenerse para recuperar allí su persona y su forma de vivir.
La vida espiritual es transversal a ello, logrando cuidar su guía espiritual, que lo acompañe y ayude en su punto de lucha. El momento de oración y adoración personal fortalece.
Reza por nosotros. Algo bueno está por venir.
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