Cumplir lo que decimos forma personas responsables, confiables y coherentes con su fe
Enseñar a los hijos a cumplir su palabra es enseñarles que lo que dicen tiene valor. Cuando un niño o un adolescente aprende a respetar un compromiso, desarrolla responsabilidad, perseverancia, honestidad y coherencia. Y, poco a poco, descubre que esas virtudes hacen que los demás puedan verlo como una persona confiable. La confianza no se exige ni se supone: se construye con el tiempo, a través de la verdad, la coherencia y el cumplimiento de la palabra. Al mismo tiempo, nuestros hijos también deben aprender que confiar en los demás no significa hacerlo ciegamente, sino observar sus acciones, reconocer si son honestos y coherentes, y actuar siempre con prudencia.
- “Sí, mamá, después lo hago”.
- “Te prometo que mañana termino”.
- “Yo me encargo”.
Son frases sencillas, pero detrás de ellas existe una gran oportunidad educativa. Cuando un hijo aprende a hacer lo que dijo que haría, se prepara también para compromisos mucho mayores en la amistad, los estudios, el trabajo, el matrimonio, la familia y su relación con Dios.
Jesús nos invita precisamente a hablar con verdad y sencillez: que nuestro “sí” sea sí y nuestro “no” sea no (cf. Mateo 5,37).
La confianza se construye con pequeños compromisos
Un adolescente que dice que sacará la basura y lo hace sin que tengan que recordárselo está aprendiendo mucho más que una tarea doméstica. Está descubriendo que puede asumir una responsabilidad y responder por ella. Lo mismo ocurre cuando promete devolver algo, llegar a determinada hora, ayudar a alguien o terminar una tarea.
El papa Francisco explica en la exhortación apostólica Amoris Laetitia, n. 263, que la educación moral de los hijos necesita una experiencia fundamental: comprobar que sus padres son dignos de confianza. Esa confianza se construye especialmente mediante el afecto y el testimonio. ((AMORIS LAETITIA))
Por eso esta enseñanza comienza también con nosotros.
Si decimos: “Después jugamos”, tratemos de hacerlo. Si prometemos: “Esta noche hablamos”, busquemos ese momento. Y si un imprevisto nos impide cumplir, podemos explicarlo, pedir disculpas y procurar reparar lo prometido.
Así nuestros hijos descubren que cumplir la palabra no significa ser perfecto, sino tomar en serio al otro.
Cumplir incluso cuando ya no tengo ganas
Lo difícil no es comprometerse cuando estamos entusiasmados. Lo difícil es cumplir cuando estamos cansados, aparece algo más divertido o simplemente ya no tenemos ganas. Precisamente allí se va formando el carácter.
La Sagrada Escritura nos invita a no hacer promesas a la ligera (cf. Eclesiastés 5,3-4), y Santiago insiste también en que nuestro sí sea verdaderamente sí (cf. Santiago 5,12).
Un hijo necesita descubrir que un compromiso no depende solamente de cómo me siento en ese momento.
San Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris Consortio, n. 36, recuerda el deber educativo de los padres y presenta a la familia como la primera escuela de aquellas virtudes sociales que necesita toda sociedad. (FAMILIARIS CONSORTIO)
Una pequeña promesa cumplida en casa puede parecer insignificante, pero está formando la constancia y el sentido de responsabilidad que algún día serán necesarios para compromisos mucho mayores.
Cumplir la palabra también es ser integro, coherente, tener unidad de vida
Aquí aparece una dimensión profundamente cristiana.
Podemos enseñar a nuestros hijos a rezar, asistir a Misa y conocer la fe. Pero también tenemos que ayudarles a comprender que esa fe debe reflejarse en la manera como estudian, trabajan, hablan, cumplen sus responsabilidades y tratan a los demás.
San Josemaría insistió especialmente en esta unidad de vida. En Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114, explicaba que el cristiano no puede llevar dos vidas separadas: una relación con Dios por un lado y, por otro, una vida familiar, profesional y social desconectada de la fe. La vida es una sola y toda ella está llamada a estar llena de Dios. (escriva.org)
Hay una conocida frase que expresa muy bien el peligro contrario: “Quien no vive como piensa, termina pensando como vive”. Cuando una persona se acostumbra a decir una cosa y hacer otra, poco a poco puede terminar justificando su manera de actuar y acomodando sus convicciones a su conducta.
Por eso la unidad de vida comienza también en las cosas pequeñas:
- Si digo que voy a ayudar, ayudo.
- Si cometí un error, lo reconozco.
- Si tomé algo prestado, lo devuelvo.
- Si di mi palabra, procuro cumplirla.
San Josemaría lo resumía también al hablar de una “unidad de vida, sencilla y fuerte”, en la que no existen dos modos distintos de vivir según estemos rezando, trabajando o relacionándonos con los demás. Esta enseñanza aparece igualmente desarrollada en sus escritos sobre la vida ordinaria y la santificación del trabajo. (Opus Dei).
Así, nuestros hijos pueden comprender que ser cristiano no consiste solamente en decir que creemos en Jesús, sino en vivir de manera coherente con esa fe. No podemos actuar de una forma en la iglesia, de otra en la casa, de otra en el trabajo y de otra con los amigos, como si fueran vidas separadas. Es normal que haya momentos de alegría, de seriedad o de tristeza, porque cada circunstancia pide una respuesta distinta. Pero la persona debe seguir siendo la misma en lo esencial. De eso se trata la unidad de vida: de hacer que nuestra fe ilumine toda nuestra manera de pensar, hablar y actuar.
¿Cómo enseñar a los hijos a cumplir su palabra?
No hacen falta grandes discursos.
Podemos comenzar con compromisos adecuados a su edad. Si prometen algo, ayudémoslos a recordarlo, pero evitando hacer siempre por ellos aquello que les corresponde. Y cuando cumplan, vale la pena reconocer no solamente el resultado, sino la actitud: “Gracias. Dijiste que lo harías y cumpliste”.
También tenemos que enseñarles algo importante: un “no puedo” sincero vale mucho más que un “sí” que pronunciamos solamente para salir del paso.
El papa Francisco, en Amoris Laetitia, n. 271, propone precisamente educar moralmente mediante pequeños pasos que el niño pueda comprender, aceptar y asumir progresivamente. (Amoris Laetitia)
Formar personas en quienes los demás puedan confiar
San Juan Pablo II escribió en su Carta a las Familias, n. 16, que la educación es, ante todo, una auténtica “dádiva de humanidad” de los padres a los hijos. (GRATISSIMAM SANE) Enseñarles a cumplir su palabra forma parte de esa herencia.
Porque cuando un hijo aprende a decir la verdad, asumir una responsabilidad y cumplir incluso cuando cuesta, no estamos formando solamente a alguien obediente, estamos ayudándolo a convertirse en una persona confiable, honesta y coherente, en un mejor ciudadano y, sobre todo, en un cristiano que procura vivir con unidad de vida: haciendo que su fe, sus palabras y sus acciones vayan en la misma dirección.
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