De Calcuta a la Amazonia ecuatoriana pasando por Bilbao - Misioneros Digitales Católicos MDC
Portada » De Calcuta a la Amazonia ecuatoriana pasando por Bilbao

De Calcuta a la Amazonia ecuatoriana pasando por Bilbao

de calcuta a la amazonia

Me han inspirado el título y contenido de este artículo las experiencias de dos personas amigas, residentes como yo en Bilbao. Han sido las de Íñigo que pronto terminará Medicina, y que el año pasado estuvo en Calcuta ayudando en los servicios humanitarios que prestan allí las Hermanas de la Caridad. Y las de Amaia, que este verano ha viajado a Ecuador con religiosas de otra Orden, para una labor similar en la Amazonia ecuatoriana. 

Ninguno de los dos se conocen pero su trabajo humanitario les ha dejado idéntica convicción: la de haber sido ellos los más agraciados, seguros de haber recibido muchísimo más de lo que han dado.

Íñigo, por ejemplo, decía que a pesar de su ilusión por la ayuda que podía prestar, cuando llegó a Calcuta le asaltó el temor de no estar a la altura de lo que le esperaba. Y escribía: “Los primeros días me invadió una profunda insatisfacción: pensaba que mi labor allí no estaba siendo tan provechosa como yo quería, porque podía dar más, que aquella gente merecía más de lo que yo era capaz de entregar. Esa tensión interior me hacía dudar, pero con el tiempo entendí que ese sentimiento no era un fracaso, sino el inicio de una mirada nueva: reconocer que no se trata de hacer grandes cosas, sino de estar presente, de mirar a cada persona concreta y amarla con todo el corazón.”

Ese descubrimiento le hizo serenarse, y lo vio confirmado al recordar la advertencia que escuchó el primer día; por eso agregaba: ”Fue entonces cuando las palabras que nos dijeron al llegar cobraron sentido: ‘tened claro que no hemos venido a cambiar el mundo; ni siquiera la Madre Teresa acabó con toda la pobreza de Calcuta, sino a amar sin medida al rostro que tenéis delante’”.

 Efectivamente, los ideales genéricos por grandes que sean, como “cambiar el mundo”, se difuminan si no les damos vida con obras y gestos pequeños; ayudas empapadas de amor a Dios hacia las personas de carne y hueso que tratemos. Mirarlas como Íñigo trató de hacerlo: como lo habría hecho Cristo de haber estado allí. Por eso, me confiaba: “Descubrí que, en cada gesto sencillo de servicio, en cada caricia, en cada mirada limpia, Él estaba presente, haciéndose cercano y convirtiendo lo pequeño en algo muy grande. Fue entonces cuando aquellas palabras del Evangelio: ´Cada vez que lo hicisteis con uno de los míos, a mí me lo hicisteis´, pasaron a convertirse en la clave de todo: servir al pobre es servir a Cristo mismo, y amar en lo concreto es abrirse al infinito.”

Con semejantes experiencias se comprende que concluyera así: “Servir al prójimo es un privilegio inmenso, la mayor de las dignidades, porque en ese servicio gratuito descubrimos que recibimos mucho más de lo que damos. Allí brota una alegría que no depende de lo que tenemos, sino de sabernos parte del plan de Dios”. 

Amaia, por su parte, desconociendo esas vivencias, las descubriría casi idénticas, cuando a finales del pasado mes de julio salía de Bilbao hacia Ecuador para una labor similar a la de Íñigo en Calcuta. Antes de partir me dijo que iba con unas religiosas que trabajan en aquel país y tratarían de ayudar a muchas personas en situaciones muy precarias. A mediados de agosto le envié un WhatsApp diciéndole que pedía al Señor para que su trabajo fuera muy fructuoso, en favor de las personas interesadas y de ella misma. No recibí contestación.

Sin embargo, apenas regresar llegó su respuesta y comprendí su silencio, porque escribe: “allí estábamos sin móvil y sin distracciones”. Transmito escuetamente, con frases textuales del escrito que me ha enviado, algo de sus vivencias ecuatorianas: “Primero de todo gracias por escribirme y acordarse de rezar. Lo agradezco mucho. Volví ayer de Ecuador y la verdad es que ha sido un viaje muy enriquecedor. (…) Hemos conocido muchas realidades diferentes. También me ha servido para reconocer quién soy verdaderamente, y qué debo cambiar”.   

 En su escrito repite esta idea que considero central y luminosa: “La misión ha sido dura pero enriquecedora; me llevo mucho más de lo que he dado”.  Es la misma gozosa experiencia de Íñigo, al considerarse enriquecido por un trabajo de entrega a los demás, y sentir íntimamente la alegría de haber recibido mucho más lo que había ofrecido.

Como “no hay dos sin tres”, me ha dejado absolutamente perplejo que, apenas tres días después del testimonio de Amaia, otra persona amiga en este caso no residente en Bilbao, me haya referido idénticas experiencias en un trabajo similar. Tinita -que así se llama- me manifestaba sonriente su convicción de haber recibido mucho más de lo que había dado. La única diferencia es que ha sido en África, concretamente en Camerún, donde ha ofrecido su ayuda humanitaria por tercer año consecutivo. Decía en broma que este servicio crea adicción; y al recordarle yo que lo importante era el íntimo gozo que se recibe, me comentó chistosamente que a lo mejor estaba ahí la causa de la adicción.  

Aunque pueda sorprender, san Pablo se adelantó a estos testimonios, porque ya experimentó esa felicidad, nacida del amor de Dios, en pago a la entrega a los demás. Y lo que hizo fue imitar a Jesús, primero y modelo universal en darse a todos hasta el fin. Lo testimonia san Pablo al despedirse de los presbíteros de Éfeso; después de recordarles su propia entrega en aquella iglesia, les dice: “Bien sabéis que trabajando con mis propias manos he ganado el sustento para mí y quienes están conmigo. En todo os he enseñado que trabajando así se debe socorrer a los necesitados, teniendo presente aquellas palabras de Jesús, que dijo: ‘Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos, 20, 35). La alegría de Jesús resucitado después de su entrega amorosa en la Cruz es la fuente de toda verdadera alegría.

San Pablo la saboreó mucho antes que Íñigo y Amaia, por su entrega a todos sin excepción, según había escrito a los romanos: “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor” (Rm 1, 14). Y los cristianos estamos especialmente llamados a seguir los pasos del Señor como lo han hecho sus discípulos a lo largo de XXI siglos. Por eso, el título de este artículo bien podría haber sido: alegres de Jerusalén al Cielo pasando, no solo por Bilbao, sino por todas las ciudades del mundo.

Ya habrá adivinado el lector la reflexión conclusiva: las oportunidades de hacer servicios de entrega a los demás, las tenemos todos sin movernos de la ciudad donde vivamos. Y esto, empezando por el seno de la propia familia, porque nunca faltan ocasiones de darnos y servir a cada persona singular; primero en casa, y después en el amplio entorno de nuestra convivencia.

 ¿Quién no conoce a personas -mayores y no tan mayores- necesitadas de atención?: de ser escuchadas dedicándoles generosamente nuestro tiempo. De hacerles compañía si vemos que están algo marginadas. De hacerles llegar unas palabras de consuelo que levanten su estado de ánimo. De visitarlas si están enfermas o impedidas.  De rezar por ellas diciéndoles que lo hemos hecho. 

Pensemos, en fin, que en todos esos modos de entrega a los demás, podemos y debemos ser con la gracia de Dios, como el puente por el que cada una de esas personas experimente que es el Señor quien, sirviéndose de nosotros como instrumentos, llega también a sus vidas para reconfortarlas y llenarlas de esperanza. 


Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Artículos relacionados

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Asumimos que está de acuerdo con esto, pero puede optar por no aceptarlas si lo desea. Acceptar Leer más

Privacidad & Políticas de Cookies

Discover more from Misioneros Digitales Católicos MDC

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading