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El beato Fulton Sheen y san John Henry Newman

por Editor mdc
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El Arzobispo Fulton J. Sheen (1895-1979) será beatificado por el papa León XIV el 24 de septiembre de 2026, en el 107.º aniversario de su Ordenación Sacerdotal.

Conocido principalmente como el primer —y quizá el más grande— «televangelista», término acuñado para describir su condición de celebridad religiosa, es menos conocido el hecho de que Sheen fue uno de los principales estudiosos del tomismo de su generación y un reconocido profesor de la Universidad Católica de América.

Su prestigio como orador y escritor creció de manera constante hasta sus primeras apariciones en radio y televisión en la década de 1950. Su famoso programa de televisión, Life is Worth Living (La vida vale la pena vivirla), se emitió entre 1952 y 1957 y llegó a millones de espectadores en todo el mundo. Sin embargo, no fue hasta los 54 años cuando dejó el mundo académico para dedicar toda su atención a la evangelización y a recaudar fondos para las misiones en distintas partes del mundo.

Al examinar sus libros y su trabajo en los medios de comunicación, encontramos notables semejanzas con la vida y la obra de san John Henry Newman. Ambos son modelos de santidad y de vida intelectual; utilizaron los medios populares para evangelizar y defendieron la fe religiosa frente al escepticismo de la cultura moderna.

En primer lugar, ambos amaban el conocimiento por sí mismo. Sheen fue un excelente ejemplo del ideal de Newman sobre el «cultivo de la mente» más allá de las fronteras entre las distintas disciplinas. Newman se destacó en los estudios clásicos y en matemáticas durante sus años universitarios; consideró la posibilidad de estudiar Derecho antes de discernir su vocación al sacerdocio anglicano y, siendo estudiante, quedó fascinado por el estudio de colecciones de rocas y minerales.

Del mismo modo, los libros de Sheen revelan un sorprendente dominio de numerosas disciplinas: física, arte, arquitectura, matemáticas, biología, historia, poesía, literatura y muchas más. Como hombres de profunda fe, Sheen y Newman se maravillaban ante la creación de Dios y encontraban en ella el eco de su voz y las huellas de su obra.

Ambos llegaron también a ser hábiles polemistas y excelentes debatientes. Pero ninguno comenzó siendo así, lo cual pone de manifiesto la importancia del esfuerzo y del cultivo de los hábitos morales e intelectuales. En la universidad, el profesor de debate de Sheen le dijo que era un pésimo orador. Sin embargo, también le prometió que aquello cambiaría.

Sheen trabajó con constancia y disciplina para mejorar como orador y, con el tiempo, llegó a convertirse, según algunas apreciaciones, en la figura religiosa pública más reconocida de la historia de la televisión estadounidense. Incluso ganó un premio Emmy en 1952 como «Personalidad televisiva más destacada». Lo sorprendente es que nadie en la industria del entretenimiento esperaba que su programa tuviera éxito: ¿quién querría ver a un obispo católico impartiendo una lección de filosofía con nada más que una pizarra? La dedicación, disciplina y esfuerzo de Sheen por superarse le permitieron desarrollar unas capacidades que después pondría poderosamente al servicio de la Iglesia y del mundo.

De manera semejante, Newman era tímido y algo torpe cuando era niño, pero tenía un profundo deseo de agradar a sus maestros, crecer en virtud y glorificar a Dios. Mediante el estudio, el trabajo constante y una vida virtuosa, llegó a convertirse en uno de los pastores e intelectuales más importantes e influyentes de su época.

Sheen se dedicó intensamente a sus estudios en la Universidad Católica de América, sobresalió en filosofía y presentó una tesis que recibió los máximos honores. Posteriormente amplió ese trabajo para obtener una especie de «superdoctorado», o grado de agrégé, en la Universidad Católica de Bélgica, convirtiéndose en el primer estadounidense en alcanzar esta máxima distinción. Su tesis ampliada fue publicada como el libro God and Intelligence in Modern Philosophy (Dios y la inteligencia en la filosofía moderna).

Sheen recurrió a santo Tomás de Aquino para criticar las filosofías modernas y ofrecer un fundamento mejor. Mientras algunos filósofos modernos habían reducido la mente a una simple máquina de procesos racionales, semejante a la de un animal avanzado, Sheen sostenía que la mente humana no solo razona, sino que también realiza juicios comparativos y aprehende realidades que no pueden reducirse completamente a palabras y fórmulas.

Newman formuló ideas semejantes al señalar que nuestras mentes no solo razonan, sino que también perciben, sienten, captan, juzgan, comprenden, confían y creen. Esto significa que nuestra mente es capaz de abrirse a las realidades invisibles de Dios y de los ángeles.

En segundo lugar, a Sheen le preocupaba que los filósofos modernos hubieran causado un gran daño a la cultura moderna al intentar sustituir a Dios por el hombre, ya fuera rebajando a Dios al nivel de las criaturas o elevando la mente, la voluntad o las pasiones humanas a la categoría de divinidad.

Newman percibió una reducción semejante de Dios en su propia época. Le preocupaba que Dios fuera tratado simplemente como una especie de «resplandor divino» presente en la naturaleza. Tanto Sheen como Newman insistían en que existe una distancia radical, incluso infinita, entre el Creador y su creación. Sin embargo, precisamente esa distancia pone aún más de relieve el amor radical de nuestro Creador, que se encarnó, sufrió, murió y resucitó para salvarnos y santificarnos.

Sheen hace afirmaciones muy contundentes acerca de la necesidad de Dios en la vida intelectual y universitaria, plenamente en consonancia con el pensamiento de Newman en The Idea of a University (La idea de una universidad) y con sus enseñanzas sobre la fe y la razón.

En un impactante ensayo, «Education and the Deity-Blind» («La educación y los ciegos ante Dios»), Sheen sostiene que una universidad que rechaza a Dios es más un lugar para «desaprender» que para aprender, y que los estudiantes que estudian en una universidad sin Dios tendrán después que «desaprender» aquello que aprendieron de manera desordenada. Al igual que Newman, Sheen afirmaba que Dios es necesario para que pueda existir una verdadera unidad del conocimiento y que, sin Él, nuestra vida intelectual y moral comienza a desintegrarse.

Tanto Sheen como Newman dieron prioridad a su sacerdocio, al servicio y a la tarea evangelizadora por encima de sus intereses académicos. Aunque para Sheen resultaba doloroso y exigente, realizó enormes esfuerzos para planificar, diseñar y llevar a cabo sus transmisiones televisivas, consciente de que se encontraba ante un momento cultural de gran necesidad al que podía dirigirse.

La amenaza de una guerra nuclear, las secuelas de la Gran Depresión y la irrupción de filosofías nocivas que comenzaban a penetrar en la cultura hicieron que su mensaje en Life is Worth Living fuera como un torrente de lluvia sobre almas castigadas por la sequía.

Newman tampoco era ajeno al dolor y al sufrimiento que implicaban escribir y hablar en público. Sin embargo, encontró igualmente audiencias receptivas en Oxford, Dublín y Birmingham, personas sedientas de una unión entre fe e intelecto en medio de la Revolución Industrial y del creciente relativismo religioso.

Al igual que Newman, Sheen soportó todo esto con paciencia, gran fe y espíritu de servicio. Incluso después de sufrir falsas acusaciones, calumnias y los consiguientes años de silencio y vida oculta, ambos hombres fueron reivindicados por los papas.

Newman fue creado cardenal por el papa León XIII después de años de incomprensiones y falsas acusaciones provenientes de otros clérigos. Sheen, antes de morir, recibió la visita de san Juan Pablo II, quien lo abrazó y le dijo: «Has escrito y hablado bien de nuestro Señor. Eres un hijo leal de la Iglesia». Aquellas palabras debieron de ser como un bálsamo para el alma de Sheen, cuyo programa de televisión, conocido en todo el mundo, había sido cancelado injustamente debido a la animadversión personal del arzobispo Francis Spellman hacia él.

En conclusión, para quienes aman la obra de Newman no resultará sorprendente saber que Sheen leía y disfrutaba sus sermones y poemas, que además cita en sus propios escritos. No está claro si Sheen llegó a leer otras obras de Newman, pero las semejanzas entre ambos siguen siendo notables.

Los dos amaban la poesía, las artes y el buen sentido del humor. Sheen hace referencia a The Dream of Gerontius (El sueño de Geroncio) en un ensayo sobre el «miedo a la muerte», en el que afirma que el Purgatorio implicará el dolor de «no haber amado nunca lo suficiente».

Ambos amaron profundamente a Dios y al prójimo, y crecieron en la caridad especialmente mediante su devoción a la Santísima Virgen María y a nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. La fortaleza y el impulso de Sheen nacían de su hora santa diaria de adoración, práctica que nunca abandonó a lo largo de toda su ocupada vida y que estableció lo que hoy constituye un referente de devoción en los seminarios estadounidenses.

Sheen llamó a la cruz de Cristo, que encontramos místicamente en la Eucaristía, el «depósito de la Vida Divina», y citó el extraordinario sermón de Newman «La Cruz de Cristo, medida del mundo», un apropiado resumen de la profunda afinidad espiritual entre Newman y Sheen:

«…la grande y sobrecogedora doctrina de la Cruz de Cristo, que ahora conmemoramos, puede llamarse apropiadamente, hablando en sentido figurado, el corazón de la religión… Implica la fe en la verdadera divinidad de Cristo, en su verdadera Encarnación y en la condición pecadora del hombre por naturaleza; y prepara el camino para la fe en el sagrado banquete eucarístico, en el cual Aquel que una vez fue crucificado se entrega siempre a nuestras almas y a nuestros cuerpos, verdadera y realmente, en su Cuerpo y en su Sangre.

Pero, además, el corazón permanece oculto a la vista; está cuidadosa y seguramente protegido… En cuanto a este mundo, con todos sus placeres y también sus desengaños… no confiemos en él; no le entreguemos nuestro corazón; no comencemos por él. Comencemos por la fe; comencemos por Cristo; comencemos por su Cruz y por la humillación a la que ella conduce. Dejémonos atraer primero hacia Aquel que ha sido levantado en alto, para que Él, junto consigo mismo, pueda darnos gratuitamente todas las cosas».

Beato Fulton Sheen y san John Henry Newman, rueguen por nosotros.

Recursos mencionados en el artículo

Autor: Robert Kirkendall Fuente: Cardinal St. John Henry Newman


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