Hoy la Iglesia celebra el nacimiento de María
Me conmueve pensar que, antes de ser la Madre de Jesús, antes de pronunciar aquel «hágase en mí según su palabra», antes de que su nombre apareciera en las páginas del Evangelio, María fue simplemente una niña. Una vida pequeña, escondida, desconocida para el mundo. Y, sin embargo, en ella Dios estaba preparando el comienzo de algo inmenso.
La Iglesia contempla su nacimiento como una aurora. San Juan Pablo II veía en él el anuncio de la alegría porque, con María, comienza a asomar el mundo nuevo que Dios prepara. Benedicto XVI la llama «aurora de nuestra salvación». Quizás ahí encontremos una primera enseñanza: Dios suele comenzar sus grandes obras en lo pequeño, en aquello que todavía nadie ve.
Francisco nos recuerda tantas veces ese modo de actuar de Dios. María es pequeña, sencilla, elegida para ser Madre de Dios. Una niña que todavía no sabe qué habrá de suceder con su vida, pero en la que ya está comenzando a desplegarse el proyecto de Dios. Y esto me invita a mirar la propia vida de otra manera. ¿Cuántas veces esperamos que Dios se manifieste en acontecimientos extraordinarios mientras Él está obrando silenciosamente en lo cotidiano? ¿Cuántas veces desvalorizamos nuestros pequeños comienzos, nuestros gestos escondidos, porque nos parecen demasiado insignificantes?
María me recuerda que lo pequeño ofrecido a Dios puede convertirse en morada de lo infinito. La Iglesia celebra su nacimiento nueve meses después de la solemnidad de la Inmaculada Concepción. María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción. No por mérito propio, sino por pura gracia y en atención a los méritos de Cristo. Toda su historia es, desde el comienzo, un don recibido. Y quizás esta sea una de las enseñanzas más profundas de este misterio: la gracia siempre nos precede.
Antes de que nosotros busquemos a Dios, Él ya nos está buscando. Antes de que podamos responder, su amor ya nos sostiene. Antes de nuestros aciertos y de nuestros errores, existe una mirada que nos abraza. María no comienza su historia haciendo algo extraordinario. Comienza simplemente recibiendo la vida. Aquí encuentro una conexión profunda con aquello que Ignacio Larrañaga descubre en ella: María es mujer del silencio, de la receptividad, de esa disponibilidad interior que permite que Dios encuentre espacio para actuar. Su silencio no es vacío. Es presencia. No es pasividad. Es apertura.
Tal vez por eso María sea tan cercana a quienes buscamos aprender a contemplar. Contemplar es, de alguna manera, aprender de ella: hacer silencio, soltar nuestras explicaciones, dejar de querer controlarlo todo y permitir que la realidad sea recibida como don.María nos enseña que no necesitamos comprenderlo todo para confiar. Su vida comenzará en el silencio y llegará hasta el pie de la cruz. Entre ambos extremos habrá incertidumbres, alegrías, pérdidas, encuentros y silencios de Dios. Pero ella permanecerá disponible. Por eso, celebrar su nacimiento no es solamente recordar que nació la Madre de Jesús. Es celebrar que Dios puede comenzar algo nuevo en una vida que se abre a Él.
Quizás hoy pueda preguntarme: ¿Hay algo pequeño en mi vida que Dios me está invitando a cuidar? ¿Puedo dejar de buscar respuestas y aprender simplemente a estar? ¿Puedo confiar en que la gracia está obrando, aun cuando todavía no pueda verla? María nace pequeña y escondida. Y desde ese comienzo humilde, Dios prepara la llegada de Cristo. Tal vez nuestra vida también sea así. Tal vez Dios esté haciendo germinar, en algún rincón silencioso de nosotros, algo que todavía no alcanzamos a comprender.
Quizás solo necesitamos permanecer disponibles.
Como María.
En silencio.
Confiando.
Dejando que Dios haga.
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