Evangelio según san Mateo 22,15-21
Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones.
Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie.
Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?”.
Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa?
Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto”. Ellos le presentaron un denario.
Y él les preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”.
Le respondieron: “Del César”. Jesús les dijo: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”.
Eres sincero
1) Herodianos: Una vez que uno toma la decisión de perdonar, pero por uno, no por el otro, ahí empieza el proceso de sanar los sentimientos. Puede que lleve mucho tiempo sanar cómo nos hicieron sentir, pero nunca es al revés. Nunca se sanan los sentimientos para luego estar listos para perdonar. No es que cuando yo no tenga más dolor entonces ahí puedo perdonar. No va a pasar nunca, porque la herida va a estar ahí siempre. Uno decide perdonar para que el dolor empiece a amainar e irse. Es muy necesario no ignorar las heridas y creo que es bueno saber resolver con madurez lo vivido en el pasado. Sacar el apósito y ver que hay una gracia que puede sanar la herida es fundamental, porque si uno no saca a la luz su herida de la niñez y, si uno no visita ese núcleo emocional de nuestra vida, el perdón no estará terminado. En primera instancia, hay que reconocer que la herida existe y, en segundo lugar, se debe reconocer que fue importante y, en tercer lugar, “que todavía duele”. Hay una herida, fue importante y duele. Sin esto no se puede empezar un tratamiento del perdón. Sin esto vamos a seguir hiriendo gente, cuando uno no reconoce la herida, no puede sanar nunca.
2) Categoría: La otra vez me hicieron esta pregunta “¿Dios es bueno cuando el resultado de nuestra vida no es tan bueno?” Es una tremenda pregunta, porque el cáncer a veces desaparece, la metástasis retrocede y claro, ahí uno dice “Dios es muy bueno”. Pero, ahora bien, ¿decimos lo mismo cuando las circunstancias son difíciles?. Muchas veces decimos Dios es bueno en la sala de maternidad, pero puede que nos cueste decirlo en el panteón del cementerio. Dios es bueno en días de recesión, como en días de provisión “¿Dios siempre es bueno o a veces es bueno?” Creo que la mayoría de nosotros creemos tener firmado un acuerdo contractual con Dios, en donde le prometemos cosas a Dios y como que Dios nos tiene que cumplir ese contrato con lo que uno le pide “Iré a misa los domingos, pero vos cuida de mis hijos”. Por eso, es aprender que hay un Dios cercano, incluso cuando no nos vaya bien en la vida.
3) Personas: Solo podemos ayudar a los demás y escucharlos sin juzgarlos en los aspectos que hemos sufrido. Si no la pasamos, creo que es mejor quedarnos callados. Si vivís un matrimonio al estilo Disney, entonces no des consejos a una pareja rota. Si, como cura, no pasaste nunca una crisis sacerdotal, entonces no des consejos a un cura que no sabe si seguir o no. Hay gente que suena desalmado o desalmada o torpe y hasta ridícula por dar consejos de cosas que no sabe. El hecho de que Jesús haya venido al mundo no elimina el dolor de nuestras vidas, pero sí muestra que Dios no se sentó de brazos cruzados a observarnos cómo sufrimos, porque se transformó en uno de nosotros: lloró la muerte de su amigo Lázaro, tocó la piel del leproso, ayudó a levantar a una mujer que la estaban por apedrear y tuvo un trabajo para atender las necesidades de su Mamá. Él no retrocedió ni se aisló de la realidad, no era como un personaje de Marvel ni era como Batman. Jesús hasta reaccionó al sufrimiento y, como nosotros, trató de esquivarlo. Hasta sintió la sensación del abandono (“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). Jesús no nos dio doctrinas sobre el dolor, sino que lo padeció en sí mismo. Dios entiende perfectamente nuestro dolor, es empático, Jesús comprende nuestro dolor, y nuestras lágrimas se transforman en sus lágrimas. Creo que ahí está la clave: Jesús no viene con doctrinas, a imponernos; viene a acompañarnos y desde allí sacamos enseñanzas. Es un problema que tenemos muchas veces los que estamos en la Iglesia: primero queremos enseñarles doctrinas, pero nos cuesta mostrar lo que hemos vivido y sufrido en la vida. Algo bueno está por venir.
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