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Un Doctor de la Iglesia para las aulas: Newman y Escrivá, parte dos

por Pbro. Juan Rodrigo Vélez

Hoy, 9 de octubre, toda la Iglesia celebra la fiesta de san John Henry Newman, por primera vez como Doctor de la Iglesia.

Se conmemora el aniversario de aquella lluviosa noche de 1845 en la que, en Littlemore, Newman se arrodilló ante el beato Domingo Barberi y pidió ser recibido en la Iglesia católica. Y este es el primer año en que su memoria figura en el Calendario Romano General, de modo que los católicos de todo el mundo pueden celebrarla.

Ambos reconocimientos llegaron el otoño pasado, cuando miles de profesores se reunieron en Roma para el Jubileo del Mundo Educativo. En el transcurso de cinco días, el papa León XIV concedió a Newman dos grandes títulos.

El 28 de octubre de 2025, sexagésimo aniversario de la declaración del Concilio Vaticano II sobre la educación cristiana, Gravissimum Educationis, el Papa publicó una carta apostólica titulada Diseñar nuevos mapas de esperanza. En ella nombró a Newman copatrono de la misión educativa de la Iglesia, junto con santo Tomás de Aquino.

Hay aquí una hermosa simetría. Fue el papa León XIII, el anterior pontífice que llevó ese nombre, quien nombró a santo Tomás de Aquino patrono de las escuelas y universidades católicas en 1880, un año después de haber creado cardenal a Newman. Ahora, el nuevo León ha colocado a ambos santos uno junto al otro.

Después, el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, durante la Misa de clausura del Jubileo, el papa León proclamó a Newman como el trigésimo octavo Doctor de la Iglesia.

¿Por qué este hombre? ¿Por qué elegir a un inglés del siglo XIX como referente para las escuelas y universidades del siglo XXI? ¿Y por qué alguien que siente una especial devoción por san Josemaría Escrivá podría encontrar en Newman un espíritu afín?

Un fundador que no «tuvo éxito»

La sorprendente respuesta comienza con lo que parece un fracaso.

En 1851, el arzobispo Paul Cullen pidió a Newman que fundara una universidad católica en Irlanda. El país todavía sufría las consecuencias de la Gran Hambruna y muchos irlandeses sentían resentimiento hacia los ingleses. Algunos obispos ni siquiera querían que se estableciera aquella universidad. Y, sin embargo, fue a Newman, un inglés, a quien se le encomendó fundarla y dirigirla.

Aceptó el encargo mientras trasladaba su Oratorio a Edgbaston, resolvía una disputa con el recién creado Oratorio de Londres y enfrentaba un juicio por difamación. Durante tres años tuvo que esperar mientras los obispos debatían el proyecto. Finalmente, la universidad abrió sus puertas en noviembre de 1854 con veinte estudiantes.

Newman se entregó por completo a aquella tarea. Elaboró los planes de estudio y contrató profesores. Utilizó su propio dinero para reparar edificios y construir una iglesia universitaria. En 1855 abrió una facultad de medicina, porque Dublín contaba con muy pocos médicos católicos.

Quería que los laicos ocuparan cátedras y asumieran la administración financiera de la institución, pero encontró oposición. En 1858, agotado, presentó su renuncia. Según sus propios cálculos, había cruzado el mar de Irlanda cincuenta y seis veces.

Y, sin embargo, la semilla dio fruto. La Universidad Católica se convirtió en el University College Dublin. Sobre todo, las conferencias que Newman escribió para aquella institución dieron origen a La idea de una universidad, una obra que todavía se estudia en centros universitarios de todo el mundo.

Lo que Newman no pudo llevar a cabo en Dublín, otro fundador lo hizo realidad un siglo después en Pamplona.

El 17 de octubre de 1952, el pequeño centro universitario impulsado por san Josemaría Escrivá abrió sus puertas con una Misa del Espíritu Santo y cuarenta y un estudiantes. En 1962 fue reconocido como Universidad de Navarra.

Desde el principio, Escrivá confió aquella institución a profesores laicos, solteros y casados, hombres y mujeres. Al igual que Newman, pronto incorporó una facultad de medicina y animó a sus médicos a reconocer y servir a Cristo en sus pacientes.

Newman había abierto una puerta que su propia época mantuvo cerrada; Escrivá pudo atravesarla.

El conocimiento como fin en sí mismo

La primera gran afirmación de Newman es que el conocimiento tiene valor por sí mismo.

«El conocimiento es capaz de ser su propio fin», escribió.

Una universidad no existe principalmente para formar trabajadores, sino para formar mentes: personas capaces de comprender la realidad en su conjunto, de reconocer principios y relaciones, y no simplemente de acumular datos.

Esa formación, añadía, termina siendo extraordinariamente útil. Una mente bien formada sirve a la sociedad, a la política y a la Iglesia. Pero la utilidad es el fruto, no la raíz.

El papa León retomó precisamente esta idea en su carta. Inspirándose en Newman, advirtió contra una concepción de la educación que mide todo según su función y utilidad práctica.

Quien haya visto cerrar un departamento de filosofía o haya escuchado a un estudiante preguntar únicamente «¿esto va a entrar en el examen?», comprenderá lo oportuna que resulta esa advertencia.

Escrivá abordó la misma cuestión desde la perspectiva de la vida espiritual.

Para él, estudiar bien es el trabajo profesional del estudiante, una ofrenda que puede presentar ante Dios.

«Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración», escribió en Camino (n.º 335).

Newman defiende la dignidad del conocimiento; Escrivá muestra cómo pueden santificarse las horas dedicadas a adquirirlo.

Aquí existe una diferencia de énfasis entre ambos. Newman sostenía que el fin directo de una universidad es el conocimiento, mientras que Escrivá consideraba la formación cristiana de sus estudiantes como parte esencial de su misión.

Pero los dos rechazaban reducir el aprendizaje a una simple herramienta.

El círculo necesita su centro

La segunda gran afirmación de Newman es que todo el conocimiento forma un círculo.

Cada ciencia complementa a las demás. La teología pertenece a ese círculo, no como invitada, sino como uno de sus miembros.

Si se la excluye, otras disciplinas intentarán responder preguntas que le corresponden. La física pretenderá pronunciarse sobre el sentido último de la existencia; la economía, sobre la naturaleza de la persona humana.

Escrivá expresó una idea muy semejante con su habitual claridad:

«Un hombre que carezca de formación religiosa es un hombre cuya educación está incompleta… Una Universidad de la que la religión está ausente es una Universidad incompleta» (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n.º 73).

Ambos promovieron el estudio de todas las disciplinas sin temor a la verdad y respetaron la legítima autonomía de cada ciencia.

La verdad es una porque Dios es uno.

El conocimiento no es santidad

Pero Newman no era un admirador ingenuo de la educación.

Sabía que una mente cultivada puede ser aliada de la fe o, precisamente porque se parece tanto a la virtud, convertirse en su enemigo más sutil.

La educación liberal, afirmaba, forma a un caballero, no necesariamente a un cristiano.

Entonces escribió una de sus frases más célebres:

«Intentad labrar una roca de granito con navajas de afeitar, o amarrar un barco con un hilo de seda; solo entonces podréis esperar que instrumentos tan agudos y delicados como el conocimiento humano y la razón humana sean capaces de enfrentarse a esos gigantes que son la pasión y el orgullo del hombre».

Por eso, para Newman, lo que hace cristiana a una universidad no es únicamente su plan de estudios, sino también las personas que la integran.

Estableció pequeñas residencias estudiantiles en las que jóvenes tutores convivían con los alumnos, para que la enseñanza pudiera transformarse en amistad.

Cor ad cor loquitur: el corazón habla al corazón.

Los profesores forman a sus estudiantes tanto por lo que son como por lo que enseñan.

Escrivá llamó a esto el «apostolado de amistad», y también comprendió que necesitaba un ambiente propicio donde desarrollarse.

Durante una visita a Oxford mostró especial interés por sus colegios residenciales y su sistema de tutorías. Posteriormente impulsó residencias universitarias en numerosas ciudades.

También advirtió a los estudiantes contra el peligro de llevar una «doble vida», con la oración por un lado y los estudios, el trabajo y la familia por otro.

La vocación cristiana, les dijo en el campus de Navarra en 1967, consiste en «hacer de la prosa de cada día, verso heroico».

Ambos santos creían que la virtud abre la mente a la verdad y que la amistad con personas buenas ayuda a los jóvenes a crecer tanto en virtud como en conocimiento.

Doctor y santo

Resulta especialmente significativo que Newman haya sido proclamado Doctor de la Iglesia el día de Todos los Santos.

La Iglesia no concede ese título únicamente a las mentes brillantes. Un Doctor de la Iglesia debe destacar tanto por la eminencia de su doctrina como por su santidad.

Las enseñanzas de Newman sobre la conciencia, el desarrollo de la doctrina y la universidad nacieron de una vida de oración, sacrificio y obediencia, incluida aquella difícil obediencia que vivió en Dublín.

Los Doctores de la Iglesia no son figuras de museo. Son maestros que siguen enseñando.

Con Newman, la Iglesia ha ofrecido a sus escuelas y universidades un Doctor que conoció las aulas desde dentro: el tutor que se sentaba junto a los estudiantes con dificultades, el rector que se preocupaba por los salarios y las goteras de los edificios, el sacerdote que rezaba por cada uno de sus alumnos por su nombre.

Y en las universidades inspiradas por san Josemaría, desde Pamplona hasta Bogotá, Manila y Nairobi, la visión de Newman ha encontrado nuevos e inesperados hogares.

Para celebrar esta fiesta

En esta festividad, podemos honrar a nuestro más reciente Doctor de la Iglesia de tres maneras.

Primero, reza por algún profesor que conozcas y hazle saber cuánto agradeces su labor.

Segundo, lee uno de los discursos de La idea de una universidad. El quinto, dedicado al conocimiento como fin en sí mismo, es un buen punto de partida.

Y tercero, ofrece a Dios tu próxima hora de estudio o de trabajo, pidiendo a san John Henry Newman que ayude a nuestras escuelas y universidades católicas a convertirse en aquello con lo que él soñaba: lugares donde la fe y la razón, la mente y el corazón, vivan en amistad.

San John Henry Newman, Doctor de la Iglesia y patrono de los educadores, ruega por nosotros.

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Fuente: cardinaljohnhenrynewman.com


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