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¿Cómo enseñar a nuestros hijos a pedir perdón de verdad?

por Guillermo Wolf
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Pedir perdón no es repetir una palabra por obligación, sino reconocer el daño, asumir nuestra responsabilidad y tratar de reparar

“Pídele perdón a tu hermano”. El niño responde, casi sin mirarlo: “Perdón”. Y ahí termina todo.Pero ¿entendió realmente lo que hizo? ¿Por qué está pidiendo perdón?

Enseñar a pedir perdón no consiste solamente en lograr que nuestros hijos pronuncien una palabra. Queremos que aprendan a reconocer cuándo han lastimado a alguien, asumir su parte y hacer algo para reparar el daño. Jesús da mucha importancia a la reconciliación. Nos enseña que si tenemos algo pendiente con un hermano, debemos buscar primero la paz con él (cf. Mateo 5,23-24).

Antes de decir “perdón”, hay que entender qué pasó

Cuando un niño golpea a su hermano, rompe algo por rabia o dice una palabra hiriente, podemos evitar el “pide perdón ahora mismo” automático.

Tal vez convenga preguntarle: “¿Qué pasó?” “¿Qué hiciste tú?” “¿Cómo crees que se sintió tu hermano?” 

No hace falta convertirlo en un interrogatorio. Se trata de ayudarlo a salir de sí mismo y mirar a la persona que tiene enfrente. Un “perdón” dicho solo para evitar un castigo sirve de poco. En cambio, “Perdóname por haberte gritado. No debí hacerlo” ya implica reconocer algo concreto.

Y hay otra lección importante: el perdón pierde fuerza cuando añadimos de inmediato un “pero”.El acto de perdonar no puede estar condicionado, por ejemplo:  “Perdón, pero tú empezaste.” “Perdón, pero me hiciste enojar.   Quizá el otro también actuó mal. Eso se puede hablar después. Pedir perdón significa comenzar por reconocer que se ha cometido un error; en otras palabras, que uno actuó mal. Pedir perdón también implica reparar

Si nuestro hijo rompió a propósito el juguete de su hermano, decir “lo siento” es necesario, pero quizá no suficiente. Puede ayudar a arreglarlo, compartir algo suyo o participar en su reemplazo. Si hirió con una palabra, no podrá borrar lo dicho, pero sí puede acercarse, reconocerlo y procurar actuar de otra manera la próxima vez.

Aquí el niño aprende algo importante: mis actos tienen consecuencias y, cuando daño algo o a alguien, tengo la responsabilidad de intentar repararlo.

El papa Francisco explicó en su Audiencia General del 13 de mayo de 2015 que “permiso”, “gracias” y “perdón” son palabras fundamentales para la vida familiar. Sobre el perdón, señaló que reconocer que hemos faltado y querer devolver lo que se ha quitado —respeto, sinceridad o amor— ayuda a sanar las relaciones.

Nuestros hijos tienen que vernos pedir perdón

Probablemente esta sea la parte más difícil. ¿Qué pasa cuando somos nosotros quienes perdemos la paciencia? ¿Podemos decirle a un hijo:“Perdóname. ¿Te hablé mal y no debí hacerlo”?

El Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2223 enseña que el hogar debe ser un lugar donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio formen parte de la vida cotidiana. Añade que los padres, cuando saben reconocer sus propias faltas ante sus hijos, están en mejores condiciones para guiarlos y corregirlos. Pedir perdón a un hijo no nos quita autoridad. Le enseña que también los adultos nos equivocamos y que reconocerlo forma parte de vivir con verdad.

No forcemos una disculpa vacía

Hay momentos en los que el niño todavía está enojado. Esto puede sonar repetitivo, pero obligarlo de inmediato a decir “perdón”, a dar un beso y a abrazar al hermano puede producir una escena bonita para los padres, pero no necesariamente una reconciliación real. A veces conviene darle unos minutos para que se calme y, después, volver sobre lo ocurrido. No podemos obligar a sentir arrepentimiento, pero sí podemos enseñar a reconocer objetivamente que una conducta estuvo mal. Con el tiempo, la conciencia va madurando.

El papa Francisco volvió a este tema en su Audiencia General del 4 de noviembre de 2015. Allí describió a la familia como un lugar donde aprendemos a dar y recibir perdón, y aconsejó no dejar que el día termine sin intentar hacer las paces.

Aprender a empezar de nuevo

En una familia vamos a equivocarnos muchas veces. Los hijos discutirán. Los padres perderán la paciencia. Habrá palabras dichas en el mal momento y decisiones que después lamentaremos. Por eso Jesús nos enseñó a rezar cada día: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (cf. Mateo 6,12). La meta no es formar hijos que nunca fallen. Eso sería imposible. Pero si que aprendan de las experiencias vividas, de los errores cometidos, reconocerlos y aprender a perdonar, pedr perdón de corazón, evitar el rencor y la venganza. En definitiva, queremos formar hijos capaces de detenerse, reconocer su error y decir con sinceridad: “Lo que hice estuvo mal. Perdóname. ¿Cómo puedo repararlo?”

Si aprenden eso en casa, no solo aprenderán a pedir perdón. Aprenderán algo mucho más importante: a hacerse responsables de sus acciones, entender que no todo es perfecto en la vida, que se cometen errores, que hay que aprender de ellos, tomar decisiones correctas y responsables ya que toda decisión tiene una consecuencia y a comenzar de nuevo siempre con optimismo y alegría, sin guardar rencor y siempre respetando al prójimo.


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