“Señor tú que has querido que el martirio sea el supremo testimonio de la fe”
Nacido dentro de una acomodada familia de Yorkshire Inglaterra en 1469, fue uno de los cuatros hijos del comerciante Robert Fisher y de su esposa Inés. Su padre falleció cuando él tenía solo ocho años. Siempre mostró una extraordinaria inteligencia. A la edad de 14 años entró en la Universidad de Cambridge y se graduó en Teología. Con solo 22 años fue ordenado sacerdote, se convirtió en el confesor personal y capellán de la Condesa Margaret Beaufort, madre del rey Enrique VII. Juntos fundaron el Colegio de San Juan y el Colegio de Cristo, del cual fue vicerrector, imponiendo el estudio del latín, el griego o el hebreo, los idiomas de la Biblia, para familiarizarse mejor con las Escrituras.
Recién graduado como doctor en Sagrada Teología en 1501, Juan fue nombrado vicecanciller y después canciller vitalicio de la Universidad de Cambridge. Y con apenas 35 años de edad, por insistencia personal del rey Enrique VII, se convirtió en obispo de Rochester.
Con el fallecimiento del rey en el año 1509, comenzaron a surgir las primeras desavenencias entre el obispo Fisher y Enrique VIII, hasta que la relación terminó por romperse cuando este decide divorciarse de Catalina de Aragón, su esposa legítima, para casarse con Ana Bolena, una de las damas de compañía de la reina, pero al no concederle el papa la dispensa, Enrique VIII pidió la ayuda del obispo Fisher, quien se negó a contradecir al papa. El soberano se enfadó tanto que intentó obligar al obispo a jurarle lealtad. Por lo que preparó un acta de supremacía que todo obispo tendrían que firmar para evitar más oposiciones, este fue el nacimiento de la iglesia anglicana, que no reconocía al papa sino al rey como la más alta autoridad jurídica y religiosa. Como san Juan Fisher decidió no someterse fue arrestado en la torre de Londres y el obispado de Rochester le fue retirado.
Tiempo después san Juan se lanzó a la lucha contra la Reforma Luterana que también se estaba expandiendo en Inglaterra. Publicó el libro “Por la verdad y la sangre de Cristo en la Eucaristía” lo que le valió el título de DEFENSOR DE LA FE.
Unos años más tarde, en un hecho sorprendente, Richard Roose, cocinero del obispo Fisher, colocó veneno en la sopa. A consecuencia de ello dos pobres murieron y muchos otros quedaron al borde de la muerte. El obispo enfermó gravemente, pero sobrevivió. Esto impresionó desfavorablemente a la opinión pública, que vio en ello un atentado contra la vida del cura.
Para el siguiente año Tomás Moro, renunció a la Cancillería para no tener que aprobar el divorcio del rey. Un año después, Tomás Cranmer, titular de la sede episcopal de Canterbury, aprobó el divorcio de Enrique VIII y coronó a Ana Bolena como reina de Inglaterra.
Con el nacimiento de los hijos del rey el Parlamento expidió una ley obligando a todos a reconocerlos como legítimos herederos del trono. El obispo Fisher se rehusó a prestar semejante juramento, siendo por eso nuevamente encarcelado. Todos sus bienes fueron confiscados. Santo Tomás Moro, que también se negó a prestar el juramento, fue igualmente preso pocos días después.
Durante el período de su encarcelamiento y el juicio en el que fue condenado a muerte, san Juan Fisher encontró un viejo amigo en la prisión, Tomás Moro. Mientras tanto en Roma el papa Pablo III decidió nombrar cardenal a Juan, como un intento desesperado de salvarlo del martirio, pero Enrique VIII se negó a liberarlo y enviarlo a Roma. Finalmente, el 22 de junio Juan fue despertado por los guardias para avisarle que la ejecución se había fijado a las 10 de ese mismo día. Tomás Moro lo siguió en el martirio unos días después, por eso la Iglesia Católica fija la memoria de los dos santos en el mismo día. Fueron beatificados entre los 52 mártires ingleses por el papa León XIII y canonizados por Pío XI; sus restos descansan en la capilla de san Pedro en Cadenas de la Torre. Ambos son también venerados hoy en día por la Iglesia Anglicana.
“Concédenos San Juan Fisher por tu santa intercesión, la fortaleza para jamás renegar de nuestra fe, porque hasta el cielo no paramos”.