San Justino, padre de la Iglesia, mártir
San Justino no fue sacerdote, sino simplemente un laico, y fue el primer apologista cristiano. Se llama apología al que escribe en defensa de algo. Y Justino escribió varias apologías en defensa del Cristianismo. Sus escritos ofrecen detalles muy interesantes para saber cómo era la vida de los cristianos antes del año 200 y cómo celebraban sus ceremonias religiosas.
San Justino nació alrededor del año 100, en la antigua Siquem, en Samaria, Tierra Santa. Sus padres eran paganos, de origen griego y le dieron una excelente educación, instruyéndolo lo mejor posible en filosofía, literatura e historia.
Durante mucho tiempo buscó la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega, pero se dió cuenta que no le enseñaban nada seguro sobre Dios.
Un día que paseaba junto al mar, meditando acerca de Dios, vió que se le acercaba un venerable anciano el cual le dijo:”Si quiere saber mucho de Dios, le recomiendo estudiar la religión cristiana porque es la única que habla de Dios, de manera que el alma queda plenamente satisfecha”, y le recomendó pedirle a Dios la gracia de lograr saber más acerca de él y la lectura de la Santa Biblia.
Justino se dedicó a leer la Biblia y allí encontró maravillosas enseñanzas que no había logrado encontrar en otro libro, y en adelante el estudio de las Sagradas Escrituras fue para él lo más provechoso de toda su existencia.
En sus libros, sobre todo en “Diálogo con el Judío Tifón” nos cuenta que tuvo un largo camino filosófico en busca de la verdad, luego del cual llegó a la fe cristiana.
Con las vestimentas características de los filosóficos, recorrió varios países y muchas ciudades, discutiendo con los paganos, los herejes y judíos, tratando de convencerlos de que el cristianismo es la religión verdadera.
Fundó una escuela en Roma, donde enseñaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, la consideraba como la verdadera filosofía. En ella había encontrado la verdad y el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado y decapitado en el año 165, bajo el reino de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien Justino había dirigido su “apología”.
Las actas del martirio de San Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad. Justino es llevado ante el alcalde de Roma y empieza entre los dos un diálogo emocionante:
•Alcalde: ¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?
•Justino: Durante mis primeros treinta años me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión.
•Alcalde: Loco debe estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio.
•Justino: Ignorante fui cuando no conocía esta Santa Religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión.
•Alcalde: ¿Y qué es lo que enseña esa religión?
•Justino: La religión cristiana enseña que hay un solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos, la tierra y todo lo que existe. Y que su hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre para salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos, y que juzgará a cada uno según haya sido su conducta.
•Alcalde: ¿Y usted persiste en declarar públicamente de que es cristiano?
•Justino: Si, declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y que quiero serlo hasta la muerte.
El alcalde preguntó a los amigos de Justino si ellos también se declaraban cristianos y todos dijeron que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser amigos de Cristo.
•Alcalde: Y si yo lo mando a torturar y ordeno que le corten la cabeza, ¿Ud. qué es tan elocuente y tan instruido, cree que irá al cielo?
•Justino: No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos, tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo.
•Alcalde: Por última vez le mandó: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza. ()
•Justino: Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su Santa Religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada más que deseamos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo.
Los otros cristianos gritaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir.
Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer fueron azotados cruelmente y luego le cortaron la cabeza.
Y el antiguo documento termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.”