Rey de Francia: «Escuchar con paciencia es a veces mayor caridad que dar»
Hoy 25 de agosto la Iglesia recuerda a san Luis, rey de Francia, nacido en el año 1214, pocos años después de que san Francisco de Asís fundara la Orden Franciscana. Al morir su padre y cuando alcanzó la mayoría de edad, el joven Luis fue coronado rey de Francia. Su madre desempeñó un papel fundamental en la educación del santo: en una época difícil en que los excesos y la violencia caracterizaban la vida en la corte, la reina se esforzó por enseñar a su hijo piedad y valores cristianos. Entre los maestros de Luis se encontraban algunos frailes menores.
Como gobernante, Luis hizo siempre lo que creyó era su deber, procurando que todas sus acciones fueran a favor de la justicia y buscando la felicidad de sus súbditos. Su reinado ha sido calificado como ejemplar. Tanto en la política interior como en la exterior, su conducta se ajustó a los principios de la moral cristiana. Siempre buscó que en su reino imperasen la paz, la justicia y la armonía. Atendía personalmente las quejas de los oprimidos y desamparados. También nombró comisiones especiales que recorrieron el reino para informar al monarca de los problemas que aquejaban a sus súbditos. San Luis se ganó así fama de bueno y justiciero tanto en Francia como en los países vecinos, donde se lo llamaba para intervenir como mediador cuando surgían conflictos.
San Luis combinó su tarea de gobierno con una vida de piedad y devoción. Una buena parte de su jornada la empleaba en la oración comunitaria y personal, asistía a misa a diario y recibía con frecuencia los sacramentos, escuchaba las predicaciones de sacerdotes y religiosos.
Sólo le quedaba a san Luis testimoniar de un modo público y solemne el gran amor que sentía para con el Señor, y esto lo impulsa a alistarse en una de aquellas “Cruzadas”, llenas de fe y heroísmo, donde los cristianos iban a luchar por su Dios para rescatar los santos lugares de Jerusalén. A san Luis le cabe la gloria de haber dirigido las dos últimas Cruzadas en unos años en que ya había decaído mucho el sentido noble de estas empresas, y que él vigorizaba de nuevo dándoles el sello primitivo de la cruz y del sacrificio. El mayor enemigo fue la epidemia que se propagó entre las tropas francesas como consecuencia del excesivo calor, a causa de esta enfermedad moriría san Luis en tierras tunecinas en 1270, sin haber logrado cumplir su objetivo de liberar los santos lugares.
En el día de su fiesta, pidamos a san Luis su intercesión ante Dios para obrar con rectitud y justicia y buscar su reino en medio de nuestras ocupaciones temporales, porque hasta el cielo no paramos.