Hoy, 29 de diciembre, la Iglesia celebra a Santo Tomás Becket, Arzobispo de Canterbury y mártir de la Iglesia Católica.
Tomás nació en el año 1118 en la ciudad de Londres, Inglaterra, en el seno de una familia trabajadora de origen normando. Desde muy joven, nuestro futuro santo, comenzó su educación con los monjes de la abadía de Merton en Surrey, iniciando desde muy temprana edad la carrera eclesiástica. Más tarde, completó su formación estudiando derecho canónico y civil en la Universidad de Bolonia, Italia.
Al morir su padre, en 1142, Tomás debió enfrentarse a fuertes dificultades económicas, pero la enorme capacidad y las nobles virtudes que había demostrado hasta el momento, le valieron para conseguir un empleo como ayudante del Arzobispo Teobaldo de Canterbury. En poco tiempo, el futuro santo, se ganó la confianza del Arzobispo y juntos realizaron numerosos viajes por Francia, Italia y otros países europeos. En 1154, Tomás fue nombrado diácono de la diócesis de Canterbury y puesto a cargo de la administración de los bienes del arzobispado y otras tareas de importancia.
Como ayudante del Arzobispo, Tomás realizó diferentes viajes diplomáticos a Roma para tratar asuntos de suma importancia con el Papa Eugenio III. Debido a su intervención, el futuro santo logró establecer una relación de amistad entre el Sumo Pontífice y el Rey Enrique II de Inglaterra, por esto, como muestra de agradecimiento, y por recomendación del Arzobispo Teobaldo, el monarca inglés nombró a Tomás Canciller de Inglaterra, llegando a convertirse en su hombre de confianza.
Como Canciller y persona de confianza del Rey, la vida del futuro santo se volvió agitada y colmada de compromisos, pero esto no le impidió dedicarse a la atención de los pobres, a quienes acudía con generosidad y libertad de acción a pesar de su cercanía con el monarca, de quien se había convertido en amigo.
Cuando en 1161 murió el Arzobispo Teobaldo, Enrique II entendió que el mejor candidato para sucederlo era Tomás quien, en un principio, no se consideró digno de tal designación. Ante el rechazo, el monarca le insistió de manera incansable y, de modo profético, el futuro santo le respondió: “Si me haces Arzobispo te arrepentirás. Ahora dices que me amas, pero ese amor se convertirá en odio. Si acepto ser Arzobispo me sucederá que el rey que hasta ahora es mi gran amigo, se convertirá en mi gran enemigo”. Luego, por la intervención de un Cardenal de confianza del Papa Alejandro III, Tomás decidió aceptar el nombramiento y renunció a su cargo de Canciller.
El 3 de junio de 1162, Tomás fue ordenado sacerdote y consagrado Arzobispo de Canterbury al día siguiente, convirtiéndose en servidor del Rey de Reyes. El nombramiento fue acompañado por el apoyo ilimitado de Enrique II, quien nunca creyó que de esta forma no sólo perdería a su servidor y amigo, sino que también ganaría en él un fuerte adversario para los oscuros planes que tenía contra la Iglesia Católica.
Como Arzobispo, Tomás pidió a sus ayudantes que en adelante le corrigieran en total confianza cualquier falta que notaran en él. Entregado plenamente al Señor, el futuro santo se sumió a una estricta disciplina para crecer en la virtud de la humildad. Habiéndose convertido en un pastor de almas, desarrolló un gran amor por la Eucaristía. Durante la celebración de la santa misa, Tomás llegaba a emocionarse hasta las lágrimas.
El nuevo Arzobispo debió enfrentarse no sólo a los abusos que sucedían en el interior de la Iglesia, sino también a la amenaza externa del avance del monarca contra la jurisdicción eclesial. La enemistad entre Tomás y Enrique II se vio acentuada cuando, en 1164, el rey intentó limitar la libertad y la independencia de la Iglesia Católica en Inglaterra con las Constituciones de Clarendon. Cuando le pidieron a Tomás que suscribiera este documento que restringía las prerrogativas eclesiales, este lo rechazó con gran valentía exclamando: “En el nombre de dios omnipotente, no pondré mi sello”.
Una antigua tradición, cuenta que, indignado por el rechazo del Arzobispo Becket, Enrique II le respondió: “Tu eres de los míos, yo te elevé de la nada y ahora me retas”; pero el futuro santo le replicó: “Pedro fue elevado de la nada y sin embargo gobernó la Iglesia”. “Sí”, le contestó el monarca, “pero Pedro murió por su Señor”. “Yo también moriré por el cuando llegue el momento”, respondió Tomás. “¿Entonces, no cederás a mí?, preguntó Enrique II. “No lo haré”, concluyó Becket.
Viendo amenazada su vida, el futuro santo debió exiliarse en Francia, donde permaneció durante seis años. Por recomendación del Sumo Pontífice, primero se alojó en el monasterio Cisterciense en Pontigny, pero tras la amenaza del rey de eliminar a todos los monjes cistercienses de Inglaterra si continuaban protegiendo a Tomás, en 1166, se mudó a la abadía de San Columba Abbey en Sens, que contaba con la protección del rey de Francia.
Con la mediación del Papa Alejandro III, Becket y Enrique II lograron alcanzar una paz formal. Con el anhelo de que desistiera al volver a su diócesis, el monarca inglés aceptó el pedido de Tomás de que se respetara la libertad de apelar a Roma. Sin embargo, contrariamente a los deseos del rey, cuando el Arzobispo regresó, se mantuvo fiel a sus principios y a la Iglesia y desautorizó a los obispos que habían usurpado su lugar y pactado con el rey y los exhortó a prometer obediencia al Papa.
Enterado de estos sucesos, Enrique II, quien se encontraba en Normandía, habría exclamado: “¿No hay nadie que me libere de este sacerdote turbulento?”. Movidos por estas palabras, cuatro caballeros partieron hacia Londres. Al llegar a la Catedral de Canterbury, exigieron la presencia del Arzobispo, pero algunos sacerdotes intentaron esconderlo y Becket los reprendió. Los hombres del rey preguntaron por el “traidor”, pero el futuro santo se presentó ante ellos exclamando: “Estoy aquí, pero no como traidor, sino como obispo y sacerdote de Dios”. Vestido con los ornamentos sagrados, Tomás Becket murió mártir bajo la espada de los cuatro sicarios. Era diciembre del año 1170. Sus últimas palabras fueron: “Muero voluntariamente por el Nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia”. El 21 de febrero de 1173, el Papa Alejandro III incluyó el nombre de nuestro mártir en la lista de los santos.
En el día que lo celebramos, le rogamos a Santo Tomás Becket que interceda ante Dios para que, como él, sepamos defender los valores de la Santa Iglesia Católica, porque algo bueno está por venir.