Mientras tus labios pronuncian piadosamente los padrenuestros y los avemarías cual una música de fondo, tu corazón y tu mente son movidos por el Espíritu Santo a entrar en contacto con los Misterios de la vida de Jesús y de María.
No te olvides: no son hechos del pasado. En Cristo Resucitado, en el Viviente, todos y cada uno de los acontecimientos de su vida terrena han entrado a formar parte de la eternidad. En el Corazón de Cristo Glorioso está cada instante de su vida entre nosotros, por lo cual todo es –místicamente- actual y eficaz.
Y existe aún otro “lugar” donde cada paso de la vida del Verbo hecho carne es custodiado celosamente: el Corazón de su Madre. Rezar el Santo Rosario es ingresar en el Mundo interior de Ella, en ese tabernáculo purísimo donde guardaba y meditaba todo. Rezar el Rosario es mirar al Hijo con sus ojos, es escucharlo con sus oídos, es tocarlo con sus manos, es amarlo con su amor.
De la mano de María, quiero proponerte en cada misterio que anuncias recorrer tres pasos. Podría ser uno solo o tal vez diez, pero creo que en estos encontrarás abundante vida espiritual, gracias incontables, fecundidad personal y apostólica. Significa dejar aquí actuar la inteligencia, razonando movida por la gracia sobre lo que Dios me pide a mí, en concreto, aquí y ahora. Así las virtudes del Señor y su Madre te invitarán a pensar en cuáles de ellas debes aún profundizar, qué defectos tienes que combatir, que dimensiones de tu cristianismo aún están apenas esbozadas.
Cada misterio te dejará una enseñanza, que no será siempre igual, porque en cada paso y etapa el Señor puede ir pidiéndote cosas nuevas, y porque todo lo que se refiere a Él es inagotable.
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Pedir
Pedimos porque no podemos ser buenos ni mucho menos santos con nuestras propias fuerzas. Porque “Sin Él, nada podemos hacer”. Porque todo es gracia, y no podemos ni siquiera imaginarnos lo bueno si no nos lo concede el Señor. Si quedas fascinado con la pureza de María, pídela con confianza y constancia. Si te sorprende la humildad de José, suplica con insistencia, y la recibirás. Si quisieras tener más ardor en el Anuncio del Reino o deseas convertirte de verdad, o quieres abrazar la Cruz como lo hizo Él pero sientes que no tienes fuerzas, no dejes de implorar.
Y no pidas solo para ti: en cada Rosario hay sitio para todos tus hermanos. Es probable que muchas veces mientras reces vengan a tu mente rostros, situaciones, recuerdos, vivencias, temores, vinculados con otros hermanos. Cada vez que eso suceda, no te desanimes: pon a cada uno de ellos –y toda su vida- en presencia de Jesús y de María. ¡Cuántas bendiciones para tu familia, tus amigos, tu comunidad, puedes alcanzar con esta oración!
Contemplar, reflexionar, pedir: así puede transcurrir con fruto cada decena. Intentaré ayudarte para que así sea.
Autor: Padre Leandro Bonnin