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¿Educas hijos optimistas o pesimistas?

por Luz Ivonne Ream
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Debes observar las actitudes y reacciones en tu vida diaria para darte cuenta

Las personas optimistas ven oportunidades y soluciones en los problemas; las pesimistas ven problemas en cada solución. Actitud de vida, eso es todo.

No hay nada como rodearnos de personas optimistas, alegres, dicharacheras; de esas que te sacan la risa aún en medio del dolor más profundo.

Pero ¿cómo saber si eres optimista o todo lo contrario? Tan solo observa las actitudes, el comportamiento y las reacciones que tienes en tu diario vivir para que te des cuenta.

  • Sueles ver el lado positivo o negativo en las cosas.
  • Te sientes víctima de la vida: nadie me quiere, todos me tratan mal, siempre la traen contra mí. O, por el contrario, eres responsable de ti y de tus acciones.
  • Arrugas de la frente. En el lenguaje no verbal las horizontales son más de las personas optimistas, de esas que se asombran de las cosas. Las verticales, lo contrario.
  • Te fijas en lo que te falta en vez de agradecer por lo que tienes o por lo que has logrado.
  • Tienes confianza en ti mismo o, por el contrario, te falta seguridad.
  • Te das por vencido fácilmente o tienes una enorme capacidad de resiliencia y perseverancia.

Tanto a ser optimista como pesimista son patrones o conductas que se aprender y se heredan, tanto por los genes como por lo que vimos.

Es decir, son costumbres que se vuelven hábitos, que aprendimos desde pequeños y transmitiremos a nuestros hijos.

Por supuesto que lo ideal es haber aprendido a ser optimistas, pero si siempre vimos una mamá quejona, una papá agobiado y tristón difícilmente seremos positivos y lo más triste y hasta peligroso es que ese será el patrón de conducta que emularemos y que pasaremos más adelante.

Ahora, los papás, ¿cómo podemos ayudar a que nuestros hijos sean más optimistas?

  • Seamos modelos que seguir. Con nuestra actitud alegre y confiada, con palabras en positivo, con frases alentadoras enseñemos lo que es el optimismo. Actuemos lo que es ser una persona así. Y aunque por dentro estemos llorando, mostremos que sí se puede vivir esperanzados.  “Si, hijito, tengo un problema en el trabajo, pero estoy trabajando para que se solucione. Ya verás como pronto se arregla. Todo va a estar bien”.
  • Enseñemos a nuestros hijos a que encuentren el lado positivo de las cosas, el “cómo sí”. Todo, absolutamente todo tiene un lado luminoso y depende nuestra actitud poderlo descubrir y encontrar el para qué.
  • Enseñemos a nuestros hijos a que busquen y encuentren soluciones. Cuando nos llegan con algún problema, dificultad o contrariedad, claro, como no les queremos ver sufrir y, además es lo más fácil, les damos soluciones o les decimos cómo resolver el asunto. Esto no les ayuda. Necesitamos encauzarles, enseñarles a pensar y a que usen su libertad de una forma inteligente y responsable. Que ellos resuelvan y se responsabilicen de sus actos y decisiones.
  • Enseñemos a nuestros hijos a que busquen y encuentren sus fortalezas, las exploten y, sobre todo, las pongan al servicio de los demás. Que ellos sepan que todos tenemos debilidades, pero que son más nuestras fortalezas. No todos somos buenos en todo ni para todo. Cada uno tenemos capacidades y talentos muy particulares que debemos descubrir y embellecer.
  • Felicitemos a nuestros hijos, pero cuando se lo merezca y valga la pena. Nos ha dado por quererles felicitar por todo y para todo y esa acción va perdiendo su valor.
  • Cuidemos la forma en que les corregimos. Nada de palabras, frases peyorativas, nada que les insulte o les haga sentir que no valen. Por ejemplo, si el hijo reprueba el examen. En vez de decirle palabras como “inútil” o “eres un burro, un bueno para nada”, enfocarnos en frases alentadoras, pero coherentes: “Hijito, reprobaste un examen y eso nos enseña que hay un área de oportunidad para ti en la que debes trabajar. Aquí estoy para ayudarte a que la superes”.

Una actitud optimista -positiva- será ingrediente principal para abrazar la vida a plenitud y para adaptarnos a cualquier cambio. Eduquemos hijos felices -optimistas- porque así vivirán más, se enfermarán menos y tendrán relaciones sanas y más duraderas.

 

 

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