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El mundo está en rebelión y la Iglesia se encuentra en la cruz

por Mons. Charles Pope
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Durante el tiempo de Pascua reflexionamos sobre el resplandor de la Resurrección y las primeras semanas de la Iglesia, sumergidos en la alegría de la Pentecostés y la evidencia de milagros y crecimiento.

Pero en la liturgia, también leemos de los Hechos de los Apóstoles: de las persecuciones, del encarcelamiento de Pedro y Pablo, e incluso de las luchas internas con el engaño de Ananías y Safira. Aun cuando la Iglesia estaba luchando para «ponerse al día», hubo obstáculos y desacuerdos internos. Los Hechos de los Apóstoles continúan describiendo tormentas incluso mayores en el futuro, a medida que el debate sobre la conversión de paganos se caldeó.

La Iglesia rara vez ha encontrado un período libre de estas realidades contrarias: la vida de la resurrección se mezcló con las dificultades de vivir en el mundo, gobernado por un ángel caído, y nosotros, con la naturaleza débil. En cuanto a la Iglesia, existe este dicho: Ecclesia semper reformanda(La Iglesia siempre está en necesidad de reforma). Por lo tanto, la cruz.
A menudo nos preguntamos por qué el Señor parece mantenernos cerca de la cruz. Tanto como individuos y como Iglesia, tenemos períodos frecuentes de dificultad y reveses que nos desalientan. En nuestros tiempos, lamentamos el colapso de la Cristiandad y nos quejamos del hecho de que incluso dentro de la Iglesia haya graves divisiones e incertidumbre. Algunos de nosotros, los estadounidenses de mayor edad, recordamos los últimos vestigios de la Cristiandad y traemos a la memoria un tiempo que, aunque no sin pecado, parecía más ordenado y organizado en torno a los ideales cristianos, aunque se vivieran imperfectamente. La Iglesia también parecía más segura y ordenada. Pero incluso en aquellos años de posguerra de grandes diócesis católicas y fuertes lazos culturales, había grietas justo debajo de la superficie. Europa ya había descendido al invierno actual de la incredulidad; el ateísmo, el comunismo y el secularismo iban en aumento. Las luces de la Cristiandad se apagaban en Europa mucho antes de la revolución cultural de fines de la década de 1960 en los EE. UU.

Después de esto y de la confusión de los años setenta y ochenta, la rebelión incluso se extendió por toda la Iglesia. En la década de los noventa, algunos de nosotros, que somos más tradicionales, teníamos la sensación de que la Iglesia quizás estaba recuperándose. La publicación del Catecismo y el fuerte y vigoroso compromiso de la cultura por parte del Papa Juan Pablo II -con su afirmación confiada y gozosa de la doctrina- dieron la sensación de que podríamos estar saliendo de un largo período de incertidumbre y reorganización. En los últimos años, sin embargo, hemos visto surgir viejas grietas; la Iglesia parece una vez más plagada de divisiones en los niveles más altos. Algunos de nosotros nos sentimos inseguros; la claridad que anhelamos parece oscurecida tanto por los comentarios de algunos de nuestros pastores como por el silencio de otros.

Entonces, nos encontramos una vez más en la cruz. Aparentemente, el Señor ve la necesidad de una mayor purificación para cada uno de nosotros y para la Iglesia.

La cruz a menudo puede desanimarnos. Podemos preguntarnos por los caminos de Dios, pero también debemos recordar que la cruz no fue el plan original de Dios. Él primero nos ofreció el paraíso, si confiábamos en Él y no insistíamos en el conocimiento del bien y el mal para nosotros mismos. Adán y Eva rechazaron la confianza y prefirieron la soberbia. Hicieron esa elección sabiendo que el resultado sería el sufrimiento y la muerte. Cada uno de nosotros ha ratificado esa decisión en innumerables ocasiones, y el Señor no deja de lado nuestra elección. Él nos toma en serio y no se limita a anular nuestra decisión como la elección de tontos. Tampoco nos rechazó. Él se encuentra con nosotros en la cruz, en el rincón del sufrimiento y la muerte, en nuestro punto de decisión. Es aquí donde hace su trabajo más profundo.
Si, entonces, nos encontramos al pie de la cruz, tal vez deberíamos actuar de esa forma. Es fácil quejarse, y pronunciarse en contra del error es importante, pero quienes estamos preocupados por el estado de la Iglesia podríamos considerar algo más que lamentar o censurar la condición de las cosas. Al pie de la cruz, debemos sufrir con el Señor por el bien de la Iglesia.

Ahora es el momento de multiplicar nuestras oraciones siendo más fieles al Rosario y añadiendo la Coronilla de la Divina Misericordia. El Señor puede estar llamándonos al ayuno y la abstinencia más allá de los meros requerimientos de la Cuaresma. Tal vez nos está llamando a la adoración eucarística, al aumento de las visitas a nuestra iglesia o a la asistencia a la misa diaria. Además, debemos prestar atención a nuestros propios pecados con mayor seriedad. Quizás exista un pecado o una actitud pecaminosa que podemos controlar por la gracia de Dios.
Aquí nos encontramos en la cruz. ¿Qué nos pide el Señor sino que nos unamos a Él en su obra redentora por la Iglesia, su cuerpo y su desposada? ¿Qué te está pidiendo el Señor?

El arzobispo Fulton Sheen destacó los innumerables esfuerzos por reformar la Iglesia (reuniones de comités, sínodos locales y mundiales, paneles distintivos, «programas de renovación»), pero lamentó que haya una cosa que nadie se haya atrevido a intentar: la santidad.

También en estos tiempos, debemos pronunciarnos y expresar nuestra preocupación por la condición de la Iglesia y sus líderes, pero si no unimos nuestra preocupación con la cruz y con cualquier aspecto de la cruz que el Señor nos pida, corremos el riesgo de ser simples quejosos que aportan más calor que luz.

Nos encontramos en la cruz; la mayoría de nosotros lo sabe. ¿Qué pedacito de la cruz es tuyo?

 Traducción: Guiliana Rivas


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