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Todos estamos llamados a participar de La Gloria de Dios

por Card. Rubén Salazar Gómez
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En este segundo domingo de Cuaresma, se nos presenta un pasaje bellísimo que es el pasaje de la Transfiguración del Señor, escuchemos con atención el trozo del Evangelio en que nos dará este acontecimiento.

Del santo Evangelio según SAN MATEO 17, 1-9


EN aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía con el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.  De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», 
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escúchenlo», Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: 
«Levántense, no teman». 
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: 
«No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». 
Palabra del Señor. 

Transcripción de La Voz del Pastor del 8 de marzo de 2020

Transfiguración del Señor porque la Iglesia nos trae este episodio en el contexto de la Cuaresma, porque la Iglesia quiere que nosotros tomemos conciencia, ¿de para qué? en nuestra vida ¿para dónde vamos? ¿cuál es el sentido que nos abre la palabra de Dios? ¿cuál es el sentido del dominio de nosotros mismos? ¿qué debemos tener por el ayuno y la penitencia? ¿cuál es el sentido de la oración? y la respuesta en este episodio de la vida del Señor es perfectamente claro, todos nosotros estamos llamados a participar de la gloria de Dios.

 Todos nosotros estamos llamados a participar de la vida en plenitud de Dios, como se manifiesta en cristo nuestro Señor transfigurado, el Señor deja entrever con esa luz, que lo invade todo a él deja entrever claramente, el final de su vida y de su pasión y de su muerte, la resurrección, que es la glorificación de Él como nuestra cabeza, como la cabeza de nosotros que somos el cuerpo la Iglesia y que por lo tanto todos estamos llamados a caminar a través de la muerte, hacia la gloria plena de la vida de Dios en nuestro corazón y en nuestra vida toda nuestra existencia.

 Por eso nosotros hoy podemos decir miren vamos hacia esa Transfiguración nuestra, la vida humana aquí en este mundo, es una vida difícil, triste, tenemos tantas limitaciones, las limitaciones físicas, muchas debilidades, las enfermedades, la muerte, pero hay también tantas limitaciones de nuestro corazón que es limitado, que se egoísta, todo toda la vida vamos a ir en una cierta medida como en una lucha feroz contra nosotros mismos para poder seguir adelante, pues bien ese no es el destino final del ser humano, esta vida de dificultades de luchas de muerte, no, nuestro destino es participar de la vida misma de Dios, esa vida esplendorosa, que nosotros contemplamos en la figura de cristo transfigurado, es una vida de plenitud, de felicidad auténtica, porque es la plenitud del amor el ser humano ha sido creado para amar y ser amado, o podríamos decir mejor para ser amado y amar.

 A veces las personas incapaces de amar son porque nunca han recibido un verdadero amor en su familia a lo largo de su vida, y por lo tanto tienen siempre esa frustración terrible de no haber sido amados y por lo tanto ser incapaces de amar, pero la realidad es que Dios nos da su amor, San Pablo nos dice que Dios ha derramado por medio del Espíritu Santo su amor en nuestros corazones, la muerte y la resurrección de Cristo son precisamente eso el Señor viene a romper en nuestra existencia todo lo que significa muerte, que es el pecado, y a darnos la posibilidad de vivir ya acá en medio de todas las limitaciones y dificultades, esa vida de plenitud futura, el Señor por lo tanto nos permite con tantas muestras de su amor que tenemos que aprender a darnos cuenta de ellas a discernirlas, a descubrirlas, nos va dando muestras de lo que será esa vida futura, esa vida de plenitud de amor a Dios y a los demás, entonces seremos plenamente felices, para halla vamos, pues vale la pena luchar, vale la pena esforzarse, vale la pena vencer la tentación, vale la pena dominar las pasiones, vale la pena estar en una actitud permanente de salir de sí mismo, para ir a los demás para tender la mano al que sufre y al que lo necesita para atender en la lucha permanente por un mundo más justo, más fraterno, un mundo en paz, vale la pena.

Porque nuestro destino es el de plenitud el de felicidad absoluta San Pablo dice las tribulaciones de este mundo no tienen nada que ver con la gloria futura son mínimas, son mínimas, que pasa es que a veces nos parecen excesivas y nos dejamos como aplastar por las realidades de las dificultades, las enfermedades que vivimos en este mundo, pero no, nuestro destino a nosotros, es el destino de la felicidad plena que nace del amor total más allá de nuestra muerte, en la unión plena con Dios y con los demás, caminemos hacia ella con alegría aún en medio de las dificultades y problemas.

 La bendición de Dios todopoderoso, Padre Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes, y permanezca para siempre, Amén.

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