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Meditacion del 9 de junio

por Pbro. Luis A. Zazano
Mateo 5, 13-16

Evangelio según San Mateo 5,13-16.

Jesús dijo a sus discípulos:
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

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La sal del mundo, la luz de la Tierra

1) La sal: el cristiano es aquel que le encuentra el sabor al vivir y quien le pone gusto a la vida. Nosotros tenemos el don de la fe, que nos lleva a mover montañas y a cambiar vidas. Muchos nos necesitan y necesitan de nuestra guía. Hay personas que en estos tiempos le han perdido el gusto al vivir o no le encuentran el sentido. El tener a Cristo te hace tener una cosa, como lentes o anteojos, que te hace ver la vida distinta.

2) Luz: ante tanta oscuridad y situaciones confusas nosotros debemos llevar claridad. Ser claros con nuestras vidas y con los demás. ¿Vos sos claro con lo que decís o haces? ¿O sos de andar en lo gris? ¡Vamos, que con Cristo todo tiene un cambio!

3) En vos: vos sos muy valioso y nadie va a valorarte como vos mismo. No andés esperando de otros que te valoren. Aprendé a valorarte y aceptarte como sos. Querete como sos, porque solo vos podés lograr sacar lo mejor de ti. Viví en Cristo.

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Un año con Jesus

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1 comentario

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ana alvarellos junio 9, 2020 - 2:51 pm

Hemos recibido el don de una realidad increíble, teniendo a Jesús con nosotros podemos llegar a ser lo que nadie podría imaginar ni siquiera remotamente. Jesús sabe que el mundo necesita no palabras ni apariencias y nos ha confiado a cada uno de nosotros este potencial de conversión para que todos podamos llegar a ser hijos y hermanos. O nos dejamos penetrar por el amor y nosotros mismos nos convertimos en este amor o no valemos nada, como la sal que pierde su sabor y como la luz que se mira a sí misma e ilumina solo a sí misma. El mundo nos necesita si dejamos que nos agarre y haga con nosotros lo que quiera, siempre y cuando nosotros sigamos siendo el amor que se entrega y dejemos de lado las preocupaciones por nosotros mismos. El que se entrega vive, el que se agarra a sí mismo está ya muerto; el que se busca pasará la vida perdiendo tiempo, el que se ofrece y ama a sus hermanos encontrará la vida eterna. Aquel que hace de la fe una falsa seguridad para sí mismo dependerá de sus costumbres y del mirarse en el espejo de sus propios miedos. Quien abrirá su corazón y dará su vida por amor a Jesús encontrará todo aquello que ni siquiera podría imaginar junto con los sufrimientos de la tierra y las decepciones de los hombres.

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