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A Dios le gusta ver a sus hijos tranquilos

por Pbro. Tomás Trigo
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A Dios no le gusta ver que un hijo suyo se preocupa y no duerme. No le gusta que, por la noche, al acostarse, piense con inquietud en el día siguiente

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A Dios no le gusta ver que un hijo suyo se preocupa y no duerme. No le gusta que, por la noche, al acostarse, piense con inquietud en el día siguiente. Y es razonable que no le guste. ¿No disfrutan los padres viendo dormir a sus hijos pequeños con una cara de infinita paz? Pues Dios también tiene derecho a disfrutar de nuestro abandono en sus manos. 

Es lógico y razonable que le duela nuestra desconfianza. Y seguro que le parece ridícula. ¡Un niño pequeño, que apenas sabe hablar, preocupado por el futuro, cuando resulta que su Padre es el Dios Omnipotente!

«Pero que por la noche, al acostarte, 

te preocupes del día siguiente,

no me gusta, hijo mío.

No seas tonto, ¿sabes acaso cómo haré el día siguiente? 

¿Conoces al menos el color del tiempo? 

Mejor harías en rezar tus oraciones. 

Yo nunca he negado el pan del día siguiente» (Ch. Péguy).

“Mañana, ¿qué pasará mañana? Nada es seguro. ¿Enfermaré mañana? ¿Tendré dinero para los gastos de mañana? ¿Y si pasa lo que puede pasar? ¿Y si no pasa lo que debería pasar? Tal vez tenga que asegurarme más para el mañana. No es por mí, es por mi familia, por mis hijos…” Así pensamos, y perdemos el tiempo y los nervios. Perdemos el buen humor y se lo hacemos perder a los que nos rodean. 

¿Sabemos acaso si el mañana llegará para nosotros? Ni lo sabemos ni Dios tiene intención de decirlo. Porque un Padre como Él merece la confianza plena de sus hijos.

«Ofreced sacrificios de justicia y confiad en el Señor.

Muchos dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha?”

Alza sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro. 

Tú das a mi corazón un gozo mayor que a ellos 

cuando abundan en trigo y vino.

En paz me acuesto y enseguida me duermo, 

porque Tú solo, Señor, me haces vivir seguro» (Sal 4, 6-9).

Ayúdame, Señor, a dejar el mañana en tus manos. Al llegar la noche, rezaré mis oraciones de niño: Padre nuestro, hágase tu voluntad. Te pediré perdón de mis faltas de amor, recibiré tu abrazo de Padre, y dormiré tranquilo, sabiendo que me duermo en tus brazos, y que mañana me darás el pan de mañana.

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