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Ceuta y la conversión “a la ignaciana”

por Pbro. José Luis Pinilla
inmigrantes

Estaba intentando asociarme personalmente al proceso de conversión de san Ignacio de Loyola que hoy se revive con motivo de los 500 años de su famosa herida en Pamplona. Un hecho que por su convalecencia le dejó confinado (y no precisamente por el Covid-19) y que, forzado por dicha situación, se sintió llamado para ir a lo esencial. Quizás esa experiencia de buscar lo esencial se produjo en muchos corazones con motivo de los efectos y confinamientos de la pandemia.

Todos decíamos que nos encaminábamos hacia una nueva normalidad. Y la preocupación –desde el Papa hasta la de muchos actores sociales– era como atender y dar respuesta a los afectados por la nueva normalidad previsible ante las grandes tragedias que empezarían. Y que ya están alumbrándose, aunque muchos las ocultan con tal de hacerse la foto con los positivo de la crisis, obviando el negativo –en negro– de una foto que desvela negrura, dolor, muerte, tragedia, etc., que sobrevendrá, también, en el trabajo, en los salarios, en la vivienda, en tantas situaciones sociales, exclusiones, empobrecimientos…
El P. General Arturo Sosa inaugurando ese acontecimiento Ignaciano me parecía que aludía a ello con una percepción acertada. “Antes se hablaba de ir a la nueva normalidad. Ahora ya se ha borrado la palabra ‘nueva’”. Y la expresión común es que volvemos a la normalidad. Es decir a lo de siempre. ¡Qué pena!

La “cruda” normalidad

El golpe de los acontecimientos recientes de Ceuta nos ha devuelto esa “cruda” normalidad pero más acentuada si cabe. Con cifras de huidos –empujados y/o libremente– que están variando según la respuesta política social y humanitaria… Sin olvidar la impactante fotografía de los emigrantes más débiles, por edad, vulnerabilidad, enfermedad y desamparo –que fueron muy humanitariamente acogidos y atendidos por el ejército, guardias civiles, policía local, Cruz Roja, vecinos de lugar, etc.
Es claro, y en eso participan muchos comunicados de grupos y asociaciones y a los que he consultado (Inmaculada, Xabier, Jenn, Emilio, Red Migrantes con Derechos, Subcomisión Episcopal, Gabriel Delgado, etc.) que no estamos ante un problema migratorio, sino ante un desafío que, ampliando el foco, se nos desvelará no solo humanitario, sino político geoestratégico, ético…
Estamos ante una repetición histórica donde los empobrecidos son mechas para encender con el fuego de una gasolina de un mechero (Marruecos) que es alimentado por partidos populistas y tuits desalmados mientras otros muchos intentan que no prenda. Nuevamente los pobres utilizados como mercancía de intercambio de gobernantes sin escrúpulos (ojo, los unos y los otros).
Y estamos ante una confusión nuevamente repetida: Europa –y España en ella– cree que la política de inmigración consiste en darle dinero a gobiernos dictatoriales y corruptos (Turquía o Marruecos que tanto me da). Una forma de externalización de fronteras para que estén cada vez más lejos de nuestras concertinas. Y, mientras tanto, se sigue recortando y devaluando la verdadera cooperación internacional.

Utilización de los niños

Sin olvidar la espuria utilización de los niños más pobres en este intercambio, Los niños y niñas son como los “nadies” de Eduardo Galeano. No son aunque sean. No cuentan. A pesar de una triple vulnerabilidad: como menor, migrante e irregular.

Urge un pacto de política migratoria europea, como en repetidas ocasiones ha insistido el papa Francisco, una gobernanza, un plan común que tenga en cuenta a la persona, que nos ayude a no caer en la tentación de denominar a esta situación como “invasión”. No instrumentalicemos a las personas migrantes en detrimento de intereses políticos, eso puede distorsionar más que esclarecer. Un reto urgente: combatir los discursos que remueven las vísceras y no cabezas para pensar juntos en verdaderas soluciones. Busquémoslas entre todos dice el cardenal Omella.

Empecé intentando escribir sobre los 500 años de la conversión de S. Ignacio. Y he terminado asomándome a las playas de Ceuta: miles de refugiados son arrojados a las playas, expulsados en caliente –y en frío–, pronto serán encerrados en campamentos inmundos, ante el silencio de muchas conciencias –incluso cristianas y católicas– que no perciben que “a veces vuelve el látigo enterrado a silbar en el aire de la cúpula y una gota de sangre (¡miles! digo yo) como un pétalo cae(n) a la tierra y desciende(n) al silencio”. Que así cantaba Neruda. ¡Estoy horrorizado!

No estamos en una nueva normalidad. Estamos en la misma de antes, si no somos capaces de aceptar también “propuestas de conversión”. Quizás valga la de san Ignacio, que va más allá de una mera “cuestión religiosa” y que radica en la superación del “individualismo imperante”. Sea de naciones, grupos o personas. Pero hoy, 500 años después de su muerte, también es posible que “cualquier persona más allá de sus creencias religiosas no ponga el centro en sí mismo sino en los demás, superando así el individualismo imperante y generando un mayor compromiso social y político” (Arturo Sosa, SJ).
Deseo que las orillas de Marruecos y España se conviertan en playas hospitalarias, porque esto es convertirse en tierras fecundas. Además, la defensa de los derechos humanos, y la hospitalidad –allá y acá– son exigencia de humanidad, tanto para quienes reciben como para el que es recibido. No conoce límites ni fronteras. Comporta acoger al prójimo cercano –también en su tierra de origen– que tiene derecho a NO emigrar, no lo olvidemos, pero también acoger al extraño, al lejano, al desconocido, al extranjero y, en nuestro caso, al inmigrante y/o refugiado con quien tenemos el deber inmediato, al menos, de saber su nombre y su historia; saber las causas por las
que huye (hambre y/o guerra, ¡me da lo mismo!). Todos ellos entran en mi mundo y se convierten en prójimos-próximos. Y es que la hospitalidad moviliza procesos de reconocimiento recíprocos.

Qué he hecho, qué hago y qué debo hacer por Cristo

Hablamos de la situación de normalidad –no nueva– donde la crisis social, agravada por la pandemia, acaba de empezar… las desigualdades se han acentuado, lo cual se traducirá en más gente para quienes el dilema es emigrar o morir. ¿Quién puede parar ese movimiento?
Delante de mi Dios pobre, en la cruz del desierto, en el Sáhara, en todas las fronteras del dolor humano de la emigración (Lampedusa, Arizona, el Estrecho…), mi conversión ignaciana me empuja a preguntarme qué “he hecho, qué hago y qué debo hacer por Cristo”. Y a continuar arrodillándome –como Ignacio cuasi desnudo en Manresa, Monserrat , Jerusalén–, pues hay heridas que curar, lágrimas secar, hermanos a quienes amar, y todo eso se hace mejor de rodillas. Desde abajo. Con los empobrecidos. Imprescindibles actores de la actuación social y política.
Es lo más urgente, pienso en el alba de este día, arrodillarse ante los pobres, ponerse a su altura… Acogerlos, en los brazos, cubrirlos con una manta, agacharme –incluso dentro del agua– para elevar al bebé medio ahogado y salvarlo. Continuaré arrodillándome como sepa, como pueda y donde pueda. Para que los pobres me perdonen y para ayudarlos a ponerlos en pie. Y así también, otra vez, convertirme yo también en la nueva –esta vez sí– normalidad. Así también yo me levantaré. Con ellos. Y caminaré, como Ignacio tras su conversión, cojeando, descalzo, despojado… y libre.

Fuente: Vida Nueva

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