Inicio Espiritualidad ¿Qué significa ser apóstol en este mundo en el que Dios parece estar ausente?

¿Qué significa ser apóstol en este mundo en el que Dios parece estar ausente?

por Pbro. Carlos Padilla E.
jesus

En una ocasión una persona me dijo: «Siento que desde que estoy en Schoenstatt no hago apostolado». Me quedé pensando. ¿Qué significa hacer apostolado?

Pareciera que para algunos hacer apostolado es lograr que otros se conviertan y crean, esos que ahora están lejos y no creen, y parecen perdidos. Puede ser. Pablo recorría tierra pagana buscando la salvación de los perdidos, de los que no conocían a Dios. Hay otros que ven su apostolado como una lucha sin cuartel por defender la verdad absoluta. Son un tipo de católico activo, luchador, defensor de los valores cristianos, que no guarda silencio y alza su voz. Piensan que con sus palabras, con su coherencia, con sus actos valientes, lograrán que se imponga la verdad y conseguirán que se destierre para siempre la mentira. Habrán vencido en esta lucha cruenta contra el Maligno. Estarán incluso dispuestos a sufrir el martirio si al decir lo que creen eso les acarrea desdichas y rechazos. Cuando los condenen por sus creencias se sentirán seguros abrazados a Dios. Esa imagen de ser apóstol está muy viva a mi alrededor. Son soldados de Cristo que están dispuesto a dar la vida por su rey. Pienso en Pedro que se resistía a dejar morir a Jesús sin usar su espada para defenderlo. Se sentía como su protector, su guardaespaldas. Reconozco que, al escuchar la palabra apóstol, surgen otros sentimientos en mi corazón. Tal vez no encajo en esa imagen de apóstol, no me enciende el alma. Para mí ser apóstol es algo diferente a una lucha sin cuartel por defender verdades absolutas. O por lo menos es así como yo lo vivo. El cristianismo se contagia por envidia. No logro convencer a nadie del valor de aquello en lo que creo con palabras y argumentos. Los ejemplos arrastran. Mi forma de enfrentar la vida, la enfermedad, la muerte, los contratiempos, las dificultades es decisiva. Esa actitud mía en lo bueno y en lo malo es lo que arrastra. La envidia es la que mueve el corazón. Quiero vivir como tú vives, con esa altura, con esa mirada, con esa libertad y paz interior. Y entonces quiero conocer a aquel a quien tú amas. Así se contagia. Así es fecundo el apóstol. Me gusta mirar a Jesús camino al Calvario. Entregado a su Padre. Cargando el dolor del rechazo y el amor profundo que profesaba por el hombre. Veo que Jesús no quiso imponer su verdad. Claro que quería que los hombres cambiaran su corazón y sus ideas. Quería que fueran más de Dios y menos mundanos. Quería que fueran misericordiosos con su hermano. Pero no forzó el corazón del hombre, no se impuso con la fuerza. Nunca les exigió a los hombres su misma mirada. No se impuso nunca por medio de la ira, de la violencia. Eligió como camino la ternura y su mirada siempre reflejó esa misericordia infinita. Y llamó a los suyos para que fueran apóstoles, enviados en la fuerza del Espíritu Santo, en su nombre, según sus formas. Los eligió para enviarlos al mundo. ¿A luchar, a vencer? Pienso que esto no es una guerra. Aunque dentro de mí y en el mundo el bien y el mal estén enfrentados. Pero veo que Jesús ya ha vencido a la muerte. Y veo que el poder del amor es más grande que el del odio. Por eso siento que mi actitud no es la de un guerrero. No soy beligerante, no soy un soldado. Al menos esa no es mi forma. Creo que tampoco fue la manera de Jesús. No lo fue entonces cuando hubiera sido posible reunir un ejército de fieles armados para vencer a los fariseos, a los romanos, a muchos más. Pero esa no era la lucha de Jesús. No era ese su Reino. El suyo era el reino del amor, de la misericordia, de la paz, de la aceptación, de la ofrenda. A menudo pienso que soy un mal apóstol. Porque no lucho con esa fuerza por defender los valores divinos, las normas inamovibles, enfrentado a todos los enemigos de Dios, amigos del demonio. No veo las cosas blancas o negras. He aprendido a ver matices, tonos grises, distintos colores. Y es cierto que me siento turbado ante la fuerza del mal en este mundo, de la injusticia que parece imponerse con su fuerza. Pero no me desanimo ni pierdo la esperanza. Para mí ser apóstol, ser enviado es algo más hondo. Implica una pertenencia a Dios, una forma de vivir, una actitud ante la vida. Es el apostolado del ser el que más importa. Implica en mi vida el deseo de echar raíces en el corazón de Jesús, en la tierra de María. S. Pablo era apóstol: «Les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús. Andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba también y discutía con los helenistas; pero éstos intentaban matarle». No vivía con violencia tratando de imponer la verdad. Simplemente contaba lo que le había pasado, su experiencia, su humillación camino a Damasco. Y el regalo de esa llamada de amor cuando cambió su vida para siempre. Desde entonces nunca dejó de predicar, de escribir, de contar su historia. Me identifico con su forma de enfrentar la vida. Aunque intentaban matarlo, por no pensar como ellos, Pablo seguía adelante hablando de la misericordia que Dios le había manifestado un día en el desierto. Entonces pienso que hago apostolado con mi forma de enfrentar la vida, con mi actitud en la enfermedad. Con mi manera de acoger al que sufre, al abandonado, al rechazado por otros. Es mi apostolado del ser. 

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