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Salir de la prisión de la autoinvención

por Obpo. Robert Barron
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Desde hace muchos años, mantengo un ministerio en Internet que me permite, a través de los buzones de comentarios, escuchar las preguntas, las quejas y las pontificaciones de miles de personas con respecto a la religión. 

He observado que estos comentarios se ordenan de forma bastante predecible, centrándose en cuestiones como la existencia de Dios, el problema del sufrimiento, la singularidad del cristianismo entre las religiones del mundo y toda la gama de enseñanzas sexuales de la Iglesia.

Pero otro tema que se presenta con notable regularidad es la negación de la objetividad de la verdad y del valor moral. A lo largo de los años me he encontrado con esta postura con frecuencia, pero en las últimas semanas ha surgido una avalancha de objeciones de este tipo a raíz de un reciente video mío sobre el tema. Esta es una respuesta típica: “Apenas treinta segundos, y él [“él” se refiere a mí] ya se comporta como un tonto: ¿valores morales objetivos? No existen en la realidad”. Aunque este caballero se centraba en los valores morales, muchos de los comentaristas de este tema desprecian igualmente la objetividad de las afirmaciones de la verdad.

Aunque, como ya he dicho, esta es una opinión muy extendida, un momento de reflexión revela lo tonta que es esta postura. Puesto que se ha molestado en quejarse de mi punto de vista, es obvio que sostiene que hay algo que está mal en articular una opinión incorrecta, que es algo que no debería hacer. Además, como se dirige al público, debe pensar que esta norma de rectitud no es un mero capricho subjetivo suyo, sino una norma generalmente conocida. En una palabra, se aferra al mismo principio que niega; a saber, que existe algún valor moral objetivo y universal. Además, al atreverse a llamarme “tonto”, también afirma indirectamente la objetividad de la verdad, ya que no podría hacer tal determinación de mi agudeza mental si no creyera en algún criterio epistémico claro. En una palabra, cae en su propia trampa. Incluso el escéptico más radical y minucioso cree en algo cuando lanza su crítica. Puede estar en desacuerdo con la forma en que alguien entiende un valor moral o intelectual, pero lo único que no puede decir coherentemente es que no existe el valor moral o intelectual.

C.S. Lewis, posiblemente el mayor apologista cristiano del siglo pasado, vio este problema y se esforzó por abordarlo en su breve pero maravilloso libro La abolición del Hombre. Tomó como punto de partida una famosa historia contada por Samuel Taylor Coleridge. Según cuenta Lewis, el poeta se encontraba con dos conocidos en presencia de una impresionante cascada. Uno de sus interlocutores anunció que la vista era “sublime”, y el otro que era realmente “bonita”. Coleridge confirmó con entusiasmo la primera caracterización y aparentemente se apartó con disgusto de la segunda. Los autores de un popular libro de composición inglesa (con el que Lewis estaba familiarizado) opinaron que la discriminación de Coleridge carecía de fundamento, ya que cada persona se limitaba a describir las emociones que sentía en presencia de la cascada y no nada intrínseco a ella. C.S. Lewis pensó que esto era una tontería. Más bien, como Coleridge intuyó correctamente, la reacción de la primera persona era adecuada a la calidad real de la cascada, y la reacción de la segunda persona era patéticamente inapropiada para ella. Lo objetivo rige a lo subjetivo y no a la inversa.

La discusión de Lewis recuerda vivamente la distinción de Dietrich von Hildebrand entre lo objetivamente valioso y una respuesta de valor subjetiva. Para von Hildebrand, el objetivo de una buena tutoría es ayudar al alumno a reconocer el valor en los órdenes estético, ético y epistémico y, a continuación, suscitar en ella la respuesta, tanto afectiva como intelectual, acorde con el valor. Una vez más, el lenguaje de los valores no se refiere a los sentimientos, sino a las cosas y acontecimientos que despiertan los sentimientos. Y tanto Lewis como von Hildebrand se remontan en este sentido a Aristóteles, que decía que el objetivo de la educación es hacer que al alumno le guste y no le guste lo que debe. En resumen, los sentimientos y los afectos deben ser formados y no simplemente valorados.

Menciono todo esto porque lo que C.S. Lewis vio en ese libro de composición inglesa hace unos ochenta años, está ahora por todas partes en nuestra cultura; de hecho, es la posición por defecto de prácticamente todos los menores de cuarenta años. Se suele sostener que lo que llamamos “valores” no son más que proyecciones de nuestros sentimientos y caprichos subjetivos y, en consecuencia, cualquiera que se atreva a hablar de una verdad propiamente objetiva o de un valor moral objetivo está participando en un juego de poder opresivo. El resultado de todo esto es que nos hemos encerrado en millones de pequeñas prisiones desde las que no tenemos más remedio que lanzarnos improperios unos a otros. Tal vez la principal ventaja de reconocer el valor objetivo es que nos da la oportunidad de enamorarnos todos juntos de algo bueno, verdadero y bello. Nos permite liberarnos de la prisión de nuestro egoísmo y entrar, juntos, en un viaje de exploración.

Así que no dejes que la gente te seduzca con la retórica de la autoinvención y de la libertad de inventar los propios valores. En definitiva, no hay proyecto más aburrido y asfixiante que eso.

Fuente: Word on Fire

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1 comentario

Liliana Abrate julio 7, 2021 - 1:29 pm

Muy buen artículo! Me gustaría escuchar un comentario del Padre para cerrar la idea.
Gracias

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