María, tú glorificaste al Padre con un cántico de alabanza, gratitud y humildad: “Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador”. Enséñanos a reconocer la mano de Dios en nuestra historia y a darle gracias por todo.
Ese encuentro en tu Visitación a tu prima Isabel es un Pentecostés doméstico y familiar; una invitación a reconocer que el Espíritu Santo sigue actuando hoy de manera sencilla y cotidiana en el seno de nuestros hogares y comunidades.
Gracias, Madre de la ternura, por tu ejemplo de amor, por tu confianza plena y por abrirte a la gracia del Espíritu. Ayúdanos a comprender la profundidad de tu servicio y de tu entrega, para ser testigos fieles de la alegría del Evangelio en nuestra vida.
Amén
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