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Vocación y formación del catequista: el reto de la coherencia

por Catequesis Familiar
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El capítulo III del Directorio para la Catequesis dice que el catequista es una persona llamada por Dios con una vocación que lo capacita para el servicio de la transmisión de la fe y para la tarea de iniciar en la vida cristiana. Lo define como testigo de la fe y custodio de la memoria de Diosmaestro y mistagogoacompañante y educador.

Para los que procedemos del mundo de la educación, este perfil se nos antoja muy exigente, pues no se conforma con las cualidades de un buen maestro, sino que lo enriquece con las características propias de un santo cercano.

¡Amigo! El santo no nace, se hace. Y, para conseguirlo, el capítulo IV esboza las dimensiones que requiere la formación del catequista:

  • Madurez humana y cristiana, conciencia misionera.
  • Formación bíblico-teológica, conocimiento de la persona y del contexto social.
  • Formación pedagógica y metodológica.

Pero lo cierto es que la gran mayoría de los catequistas son fieles laicos con muchas obligaciones profesionales, familiares y sociales. ¿De dónde pueden sacar tiempo para recibir esa formación? ¿Es realista o, más bien, las catequesis se irán nutriendo de personas que “hagan el favor” de echar una mano, sin que se les pueda pedir más? Por otra parte, ¿hace falta toda esa formación para trabajar con niños?

¿Se está pidiendo “demasiado” a los catequistas?

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La pregunta “¿Se está pidiendo demasiado a los catequistas?” se plantea por la dificultad apuntada en el párrafo anterior, pero es terriblemente engañosa. Lo que se pide al catequista es similar a lo que se espera de cualquier bautizado: coherencia. Más bien ocurre que, en una sociedad secularizada, el bautizado medio corre el peligro de considerarse satisfecho con muy poco.

Pongo un ejemplo que me parece casi paradigmático. Todos sabemos que la Eucaristía es el centro del cosmos, de la Iglesia y de la vida de cada cristiano. ¿Se puede decir que el que va a misa los domingos entra en la categoría de “buen cristiano”? A tenor de una moral obligacionista, sí. Desde la perspectiva de la unidad de vida, quien pudiendo participar más a menudo no lo hace, se queda muy corto: le falta formación (no se da cuenta de lo que quiere decir fe en la presencia real de Cristo) o le sobra mediocridad, conforme a la conocida sentencia de Chesterton: «La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta”. 

La amplia preparación que se pide al catequista en un proceso de formación permanente tiene una doble finalidad: 1) mejorarse a sí mismo, con la gracia de Dios y 2) ayudar a otros, que no son solo los niños, en absoluto. En ambos casos, se precisa salir de la caja de convencionalismos propios del enfoque sociológico de la fe.

Huir del enfoque sociológico 

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Llamo enfoque sociológico del cristianismo a la pretensión de valorar la vida cristiana en función de lo que hacen los cristianos de un entorno determinado. Es el caso de los que actúan conforme a la normalidad, la mayoría, la costumbre o la moda

La catequesis que se realiza en un contexto de cristianismo sociológico intenta ponerse al nivel de los que acuden a la iglesia sin demasiadas aspiraciones. Con la sana intención de acercarles, los presbíteros y catequistas evitan ser demasiado exigentes:

  • Ya hacen mucho los padres, que apenas practican, trayendo a sus hijos para que los preparemos para la primera comunión:  procuremos molestarles solo en pocas ocasiones, para que así los sigan llevando a la parroquia.
  • Puesto que muchas familias están desestructuradas y en situaciones irregulares, casi imposibles de arreglar, centrémonos en la atención de los niños.
  • Actuemos con prudencia y tolerancia. La mejor estrategia es que se sientan acogidos y que sus propios hijos sean sus evangelizadores.

Evidentemente, todas son consideraciones que se asientan en la buena fe y tienen un fondo de razón, porque hay que ganarse a las familias poco a poco. Pero …

  1. ¿Es posible identificar en estos argumentos a una “IgIesia en salida misionera”, como insiste el papa Francisco?
  2. ¿Qué lectura interpretativa cabe hacer, desde esa perspectiva, del punto 235 del Directorio para la Catequesis?

“(…) acompañar en la fe e introducir en la vida de la comunidad las situaciones irregulares implica tomarse muy en serio a cada persona y el proyecto que Dios tiene sobre ella con un estilo de cercanía, escucha y comprensión. Además del acompañamiento espiritual personal, los catequistas han de encontrar formas y maneras de fomentar la participación de estos hermanos también en la catequesis: en grupos específicos formados por personas que comparten la misma experiencia conyugal o familiar; o en otros grupos de familias o adultos que ya existan. De esta manera es posible evitar aislamientos o discriminación y despertar el deseo de aceptar y responder al amor de Dios.”

Vivir la fe de manera consciente y libre

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A primera vista y dejándose llevar por una impresión rápida, las indicaciones del Directorio parecen dirigidas a catequistas de otra galaxia. Pero no es así. Pienso en el desconcierto de los catequistas que, al leer estas palabras, pueden sentirse superados. Empieza a tener sentido la necesidad de toda la formación que veíamos al principio. Vale la pena prestar atención a la reflexión que hacía Benedicto XVI:

“Nuestra fe no la imponemos a nadie. Este tipo de proselitismo es contrario al cristianismo. La fe solo puede desarrollarse en la libertad. Pero a la libertad de los hombres pedimos que se abra a Dios, que lo busque, que lo escuche. Nosotros (…) pedimos al Señor con todo nuestro corazón que pronuncie de nuevo su ‘Effetá’, que cure nuestro defecto de oído con respecto a Dios, a su acción y a su palabra, y que nos haga capaces de ver y de escuchar. Le pedimos que nos ayude a volver a encontrar la palabra de la oración, a la que nos invita en la liturgia y cuya fórmula esencial nos enseñó en el padrenuestro” (Benedicto XVI, Homilía, 10 de septiembre de 2006).

Todos los cristianos, por el bautismo, y los catequistas, por vocación, somos las manos y los labios de Dios. A la vez que rogamos para que nos cure la sordera, Él quiere utilizar nuestros labios para pronunciar el ‘Effetá’ en otros oídos

La consideración de ser instrumentos de Dios para anunciar la Buena Nueva solo se puede acoger “con temor y temblor” (Fil 2, 12). Los retos que plantea la evangelización de una sociedad secularizada que está de vuelta de todo reclaman un gran compromiso y docilidad para dejarse formar a la imagen de Cristo y ser sus testigos creíbles.

¿Ante quién deben los catequistas ser testigos creíbles? En parte, ante los niños, desde luego; pero, sobre todo, el objetivo evangelizador primordial son los padres. ¿Por qué? Porque en el camino previsto por la providencia ordinaria de Dios, los padres son los que transmiten la fe a sus hijos, no al revés. Exponer a los niños a un choque vivencial entre lo que les dicen en la parroquia y lo que observan en el hogar produce un daño irreparable en muchos. Y, no nos engañemos, los resultados de una catequesis dirigida a los niños, en la que los padres cuentan poco (o nada), son escasos (o menos aún). Dejar que los niños lo hagan por nosotros es demasiado cómodo y no funciona. ¿Es posible imaginar a Jesús y a los discípulos que enviaba en misión dirigiéndose a los niños, para llegar a través de ellos a sus padres? 

En este contexto se entiende que el Espíritu Santo proponga al catequista:

  • Madurez humana y cristiana, conciencia misionera.
  • Formación bíblico-teológica, conocimiento de la persona y del contexto social.
  • Formación pedagógica y metodológica.

Son los medios con los que pronuncia su “Effetá”.

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