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“Nuestra realidad es peculiar” … ¿De verdad?

por Catequesis Familiar
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En el intercambio de ideas y experiencias que llevamos a cabo con los cursos de formación de catequistas, la frase que más se repite es esta: “nuestra realidad es peculiar”, distinta de las demás realidades, son circunstancias sociales y religiosas propias un país o en una diócesis singular, que no se dan en otros lugares. 

  • En una ciudad de Perú: es una diócesis peculiar, porque son muchas las parejas que conviven antes de contraer matrimonio …
  • En un lugar de Estados Unidos: aquí las cosas son distintas. Pocos llegan al matrimonio sabiendo lo que es.
  • En una parroquia de Madrid: este barrio es peculiar. La mayor parte de los padres no son creyentes practicantes y ya hacen bastante con traer a los hijos a la catequesis.
  • En otra parroquia de Madrid: esta es una zona de inmigración. Casi todas las familias vienen de fuera y su desconocimiento de la fe es sobrecogedor.
  • Desde México: hay mucha ignorancia y ni los catequistas se dan cuenta de la necesidad que tienen de formarse.
  • Estamos en un lugar de la selva … Aquí abundan las familias monoparentales … Nuestra gente es de campo y solo nos vemos en contadas ocasiones …

En definitiva, en todas partes cuecen habas: el proceso de secularización se encuentra avanzado, el número de familias disfuncionales es elevado, el número de sacerdotes, insuficiente, etcétera. La conclusión: aceptemos las circunstancias y conformémonos con mantener el tipo. 

¿Tienen estos planteamientos alguna razón de ser y un fundamento real?  

Todos somos peculiares

Cada uno es cada uno y tiene sus “cadaunadas”. Así reza el sabio refrán popular que indica un hecho incontestable: mi familia no es como la familia de al lado, ni mi parroquia es como las otras parroquias del barrio, ni mi pueblo es como el vecino, ni mi país es como otro país. Hasta aquí estamos todos de acuerdo. 

Sin embargo, en la tarea de evangelizar, el afán de resaltar las diferencias pone de manifiesto una visión sesgada -sociológica- de la fe, que presta demasiada atención a la costumbre, a las reacciones y a los resultados. Al fin y al cabo, no deberíamos perder de vista que las almas son muy parecidas unas a otras, que el mensaje de salvación es el mismo para todos, que la fe que profesamos es una y que, en un mundo cada vez más globalizado, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Nos une, sobre todo, el objetivo y el modelo, que son lo mismo para la catequesis: conformarse con Cristo, revestirse de Cristo, identificarse con él. Cuando uno piensa en esto, las diferencias se tornan irrelevantes: da lo mismo ser pobre que rico, soltero o casado, culto o inculto, de un país o de otro. 

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La mirada en la meta

El anuncio de Cristo de la llegada del Reino de Dios fue gradual: hablaba en parábolas, explicaba las Escrituras, atraía por la fuerza de su palabra y por las obras que hacía … Pero llegado el momento de dejar las cosas claras, las dejaba: al pan, pan, y al vino, vino. Sus afirmaciones sobre la indisolubilidad el matrimonio, el apego a las riquezas, su origen divino, el amor a los enemigos, la necesidad de perder la vida para ganarla, de comer su Cuerpo, … consiguieron espantar a la mayor parte de sus seguidores. Su vida finaliza como un contundente fracaso, con el que, sin embargo, nos ganó la Vida.

La conclusión que cabe extraer es que el camino más prudente de la catequesis no es conseguir el éxito ni apostar por los números, sino el de actuar como lo hizo Cristo allá donde nos toque lidiar con las diversas peculiaridades de nuestro entorno inmediato.  

No consintamos que su anuncio quede aguado -rebajado en su exigencia- ni que el mensajero ceda ante el miedo de molestar y molestarse. El amor nos hace inventivos, ingeniosos, descarados, audaces y dispuestos a cambiar un mundo que, aunque obstinado, no conseguirá resistir la fuerza de Dios, que persevera en llamar personalmente a nuestra puerta una y otra vez.  

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Catequesis Familiar

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