En concreto, ¿cómo es posible que Dios siga llamando a la vida consagrada a ciertas personas en un mundo tan diverso y extraño?
¿Cómo logra Dios que el corazón escuche? ¿Por qué sigue llamando a vivir con Él una vida diferente cuando lo normal sería seguir en el mundo viviendo la vocación de cada hijo de Dios? ¿Para qué sirve un sacerdote en estos tiempos modernos? ¿Qué hace? ¿Qué puede aportar? ¿Qué sentido tiene no formar una familia, traer hijos al mundo y desarrollar un trabajo útil para la humanidad? Son preguntas válidas que el corazón se hace. ¿Es necesario que haya sacerdotes célibes que no tienen una familia propia y viven aun así en medio del mundo como los demás? ¿Qué sentido tiene? Son preguntas que yo mismo me hice en mi camino. ¿Tiene sentido mi propia vocación? Si lo miro en la perspectiva del mundo siento que tal vez no merezca la pena. ¿Acaso no aportaría lo mismo un sacerdote casado desempeñando un trabajo normal entre los hombres? Puede ser, no lo sé. Lo único que me importa es que fue Dios y no yo el que me llamó por este camino a seguir sus huellas. Yo no me inventé nada. ¿No sería una huida? Preguntan algunos. No, en realidad no. Porque nunca quise ser sacerdote y siempre pensé que mi vida sería la de casado, con hijos, siendo un cristiano activo en medio del mundo. No fue así, Jesús se empeñó en otra cosa. En realidad fue María la que me sacó de mis pensamientos y colocó en mi interior una pregunta que yo desconocía. ¿No quieres llevarme contigo? Ella me lo preguntó un día y yo traté de rehuir esquivo la pregunta. ¿Para qué? Le dije mirando aquella imagen peregrina que estaba ante mí. Ser misionero de la Virgen peregrina suponía rezar el rosario todos los días como compromiso. Yo no lo sabía, cuando le dije que sí. Estaba en la letra pequeña del contrato. Empecé a rezar esa oración que siempre me había parecido monótona y aburrida. Acepté el reto y empecé a caminar con Ella. Con el tiempo se hizo un silencio profundo en mi interior. Había más paz en mi alma. Y brotó una nueva pregunta: ¿No quieres ser sacerdote? Dudé, esperé, no quería en verdad. Tenía otros planes, otros deseos. No quería eso que me preguntaban. Y esperé. Jugué a ser Dios. o jugué con Dios. El tiempo corría a mi favor mientras buscaba una ruta de escape. Pasó un año y persistía la pregunta. Al final un día buscándome, buscándole, frente a una máquina de escribir, le dije que sí. Han pasado ya muchos años desde el día en que me rompí mirando al cielo. Si me quería, sería sólo para acompañar a las personas en su dolor, en su necesidad. Sólo eso sabía hacer yo. Le dije que sí rompiéndose mi alma un poco, una grieta. Le dejé entrar. Y entró. Y se hizo dueño de mi vida desde ese día. Han pasado ya treinta y seis años, la llamada se ha mantenido. Como un goteo imperceptible, no una cascada, más bien un venero oculto bajo la tierra que no deja de insistir. Una llamada monótona a seguir sus pasos. Son ya veinticinco años de camino como sacerdote. ¿Habrá merecido la pena? No sé qué hubiera sido de mí en otro camino. Posiblemente hubiera sido feliz también. En eso creo. Pero sí puedo decir que he muy sido feliz como sacerdote. Ahora, pasado el tiempo, sigo creyendo que Dios me necesita. No para salvar el mundo. Tampoco para ser un caso preclaro de santidad. Sólo quiere que mis ojos abran ojos, que mis manos acaricien manos, que mis brazos sostengan a los que se tambalean. No lo hago tan bien como quisiera, pero lo intento. Me levanto cada mañana sabiendo que no voy solo. Él va a mi lado y me susurra que no lo dude, que tenga ánimo, que no me va a dejar nunca solo. Esa certeza me tranquiliza. Son muchos años de camino, muchos más quedan por delante. No tiemblo, no dudo. Él no me deja solo y me acompaña. ¿Sirve para algo un sacerdote? Con temor y temblor digo que sí. Sirve para hacer presente a Dios en cada eucaristía, para regalar un perdón tangible como una cascada de misericordia. Sirve para sostener a los que caen y acoger a los que lloran. Sirve para ayudar a caminar a los que han perdido la esperanza. Sirve para estar cuando nadie esté presente. Lo hará mal o bien pero no es él el que hace los milagros. Es Dios quien usa una vasija de barro rota. Para algo servirá el sacerdote. Aunque sólo sea para dejar escapar por esa grieta de su alma el amor invencible de un Dios que sólo sabe regalar su misericordia. Le agradezco a Dios porque me enseñó a confiar, a fiarme de Él, y tocarle a Él que está herido como yo y me espera. Sé que mi gran pecado ha sido desconfiar muchas veces. Me enseñó a vivir la libertad y me dejé llevar por mis esclavitudes. Me enseñó a entregar mi alegría y no la entregué anteponiendo mi tristeza. Me enseñó a acompañar a las personas, porque lo más humano en mí era lo que Él necesitaba y yo me escondí egoísta buscando mi comodidad. No he sabido estar siempre donde más me necesitaban. Me enseñó a decir la verdad a las personas pero me cuesta, soy cobarde y temo la reacción de los otros cuando les diga lo que veo y pienso. Me enseñó a ser fiel, pero muchas veces no lo soy y me escondo alejándome de su presencia. Él sale a buscarme y me recuerda para lo que he salido de mi casa. Lo recuerdo en ese momento, más tarde me olvido y vuelvo a alejarme. Me dejo tentar por aquello que me aleja de su amor. Me enseñó a caminar a su lado pero me detengo, me despisto, en lugar de caminar con Él. Quiero que esa palabra que me ha repetido siempre resuene cada día en mi alma: Sígueme. Yo quiero seguir sus pasos y estar cada día a su lado. Sólo necesito su palabra, su voz en mi oído, su abrazo en mi espalda.
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1 comentario
Gracias a Dios