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La puerta y el Niño

por Carlos L. Rodriguez Zía
Papa León XIV

La clausura del jubileo ordinario del 2025, con el cierre de la Puerta Santa de la Basílica Vaticana y, la Epifanía del Señor -ambos hechos producidos ayer martes- provocan las siguientes líneas.

Al detener la mirada en la foto que ilustra este artículo, el Papa León XIV cerrando la Puerta Santa, reparo en el contraste con la imagen del Niño Dios, recostado en el pesebre con los brazo abiertos. Aunque vale aclarar, el simbolismo del cierre de La Puerta Santa no es decirle a Dios que le cerramos la puerta en la cara y nos vemos dentro de veinticinco años -en el 2050 tendrá lugar el próximo jubileo ordinario-, oportuna, felizmente, nos recuerda que Dios, nunca, pero nunca, nos cierra la puerta de su amor. Más bien, se lo debe vivir cómo lo hacía Jesús y siguiendo el ejemplo de la Virgen María: nos retiramos al silencio íntimo para escuchar y meditar con profundidad todo lo que Dios nos ha estado diciendo a lo largo de este año jubilar.

Niño Dios

Haciendo foco

Y si cerramos el angular de la cámara y miramos con mucha atención, eso es lo que transmite la expresión del Santo Padre: hay mucho para pensar; hay mucho para discernir. Es más: su mirada parece no estar enfocada en la puerta que está cerrando en ese instante. Da la impresión de estar mirando hacia su interior. Sus labios no se mueven, pero sus ojos parece que nos dicen que ahora la que hay que abrir es la puerta del corazón, la de los brazos y que el viento de la misericordia sople en ambos sentidos, hacia adentro y hacia afuera.

La fragilidad de Dios

Otra cosa en la que me hace pensar el contemplar esta imagen de León XIV es que tramite la clara idea de que somos seres frágiles, no dioses todopoderosos. Esa es la fragilidad que Dios abrazó al encarnar la forma humana. El que en el Antiguo Testamento es llamado El Señor de los Ejércitos, llega al mundo como un recién nacido, indefenso, dependiendo del amor y la decisión de un padre adoptivo para salvar la vida, antes de que la espada de la soberbia y el miedo caigan sobre él.

Necesitar. Es bueno tener necesidad, saberse necesitado. Es erróneo pensar que necesitar -y no estoy hablando de las necesidades materiales básicas y de las otras- ser ayudado, escuchado, acogido, es sinónimo de debilidad. Es hermoso sentir la necesidad de un abrazo, de un prójimo que te escuche. Como también lo es el darlo, lo es el escuchar, el acoger.

Abrir la puerta del corazón

Con el Niño Dios, cada Nochebuena, cada Navidad, nacemos también cada uno de nosotros. Nacemos a la esperanza -lema del año jubilar que acaba de terminar- de que ese día, el siguiente y cada mañana en la que abrimos los ojos, tenemos una nueva oportunidad para trabajar en ser mejores personas, más humanas. Así seremos mejores hijos e hijas de Dios. En pos de ese objetivo, como lo hizo el Altísimo, es necesario acoger nuestra fragilidad y también la de nuestro prójimo, teniendo, al igual que Jesús, la Palabra del Padre como guía. Y, siempre, conservando abierta la puerta del corazón. O, al menos, entreabierta.


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1 comentario

elisenda elisenda January 7, 2026 - 11:04 am

Gracias

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