“Nuestra misión sigue siendo llevar a Cristo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, en la medida en que nosotros mismos estamos habitados por Él.”
El sábado 30 de mayo, en un clima de recogimiento y fe, marcado por la tregua en los conflictos pero aún privado de la presencia de peregrinos internacionales, la comunidad franciscana y los fieles locales vivieron una jornada intensa, uniendo la memoria de la Visitación de la Virgen María a la tradicional conclusión del mes mariano.
Por la mañana, los Fray del convento de San Salvatore, junto con los religiosos de los conventos vecinos, peregrinaron al santuario de la Visitación en Ain Karem. La celebración, que habitualmente se realiza el 31 de mayo, se anticipó este año al día 30, ya que la fecha habitual coincidía con la solemnidad de la Santísima Trinidad.
En el silencio recogido del santuario, y ante la ausencia de los grandes flujos de peregrinos que normalmente caracterizan esta fiesta, la celebración adquirió un tono especialmente íntimo y profundo. Junto a los Fray de la Custodia estaban presentes la comunidad cristiana local y algunas religiosas, reunidos para conmemorar el encuentro entre María e Isabel, momento evangélico rico en alegría y reconocimiento del misterio de la salvación.
En su homilía, el Custodio de Tierra Santa subrayó cómo el encuentro con Dios pone siempre en movimiento: “quien acoge verdaderamente al Señor no se queda quieto, sino que se pone en camino.” María, de hecho, “se levantó y partió sin demora,” convirtiéndose en signo de una fe viva que se traduce en cercanía y servicio.
El Custodio recordó luego que en la Visitación “no son las palabras de María las que provocan todo esto, […] sino su presencia. A través de María llega Jesús,” evidenciando cómo el primer testimonio cristiano es una presencia “habitada por Cristo”. En un contexto complejo como el de Tierra Santa, añadió, “nuestra misión sigue siendo llevar a Cristo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo,” aun cuando las palabras resulten difíciles o insuficientes.
Recordando finalmente las palabras de Isabel, “Dichosa la que ha creído,” el Custodio invitó a todos a redescubrir la bienaventuranza de la fe, que hace a cada creyente capaz de “engendrar a Cristo en el mundo” a través de su propia vida. Por la tarde, la comunidad se reunió nuevamente en el convento de San Salvatore para la solemne conclusión del mes mariano.
La celebración eucarística fue presidida por el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, con la presencia del Custodio de Tierra Santa, del Nuncio apostólico, y de numerosos religiosos, religiosas y fieles locales.
Desde hace algunos años, debido al gran número de participantes, el gran patio del convento se transforma en una verdadera iglesia a cielo abierto. El altar mayor y el espacio del presbiterio son fruto del paciente trabajo de los ceremonieros y de los obreros del convento que, con dedicación y devoción a la Virgen María, contribuyen cada año a crear una atmósfera de profunda oración y solemnidad.
Al término de la celebración, se realizó la tradicional procesión por las calles del barrio cristiano de Jerusalén, con paradas para la bendición con el icono de la Virgen. Un momento particularmente sentido, en el que la oración se hizo camino compartido por las calles de la ciudad.
Al concluir el día, el Patriarca dirigió a los presentes una sincera invitación a permanecer unidos en la oración, especialmente ante un futuro todavía incierto: días que podrán ser difíciles, pero que no deben infundir temor, porque Cristo y su Madre caminan con su pueblo.
En esta Jerusalén marcada por la prueba pero sostenida por la fe, la memoria de la Visitación y la devoción mariana siguen siendo signos luminosos de esperanza y de comunión.
Fuente: Custodia Tierra Santa / Fray Alberto Joan Pari
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