La consagración al Sagrado Corazón de Jesús es un llamado a una vivencia personal y social de la religión, y a una renovada dedicación del país a los ideales cristianos
Los Estados Unidos celebran el 250.º aniversario de su Declaración de Independencia. Los habitantes de las colonias americanas anhelaban la libertad frente a un gobierno impuesto y una representación justa. Sus líderes plasmaron en la Declaración una visión del hombre creado igual por Dios y dotado de libertad. Era una visión fundada en una filosofía política nacida dentro de una cultura cristiana y de un pueblo religioso. Esta comprensión se ha visto gravemente erosionada por muchas causas, especialmente por el materialismo extendido y por el creciente ateísmo y relativismo difundidos en la educación y en el mundo del entretenimiento.
Debemos preguntarnos nuevamente: ¿Qué es el hombre? ¿Y qué significa ser libre? Estas son preguntas que deben ser meditadas, y luego discutidas y enseñadas. Los obispos de Estados Unidos han elegido sabiamente consagrar el País al Sagrado Corazón de Jesús. Solo mediante la oración y volviendo nuestra mirada a Jesucristo podremos responder plenamente a estas preguntas, y solo así esta gran nación podrá recuperar su alma.
La Constitución pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes es una fuente importante para la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la persona humana, la familia, la sociedad, la justicia y el bien común. En este gran documento se nos recuerda que en Cristo encuentran sentido los enigmas del dolor humano y de la muerte. (n. 22)
Los cristianos siempre han mirado a Cristo para comprender qué significa ser plenamente hombre y para descubrir el verdadero sentido del amor. En Gaudium et spes leemos: “En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (n. 22)
Estados Unidos enfrenta desafíos muy serios en la educación, el matrimonio, el empleo y la inmigración; así como los graves problemas del abuso de drogas, la crisis de salud mental, la violencia y las relaciones internacionales. El estudio y la reflexión sobre la antropología cristiana y los principios de la justicia social, recientemente delineados en la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV, ofrecen verdades necesarias y criterios valiosos para nuestra sociedad. Pero, además, la Iglesia invita a hombres y mujeres a conocer a Jesucristo y su amor, y a descubrir en su vida la verdad más profunda sobre la persona y su vocación como hijo de Dios y miembro de la familia de Dios.
El 250.º aniversario de los Estados Unidos es una invitación a la conversión en la vida personal de sus ciudadanos y a la conversión de la nación, como institución, hacia sus valores más sagrados: el amor a Dios, la libertad y el respeto por la búsqueda de la felicidad de cada persona. La consagración al Sagrado Corazón de Jesús es un llamado a una vivencia personal y social de la religión, y a una renovada dedicación del país a los ideales cristianos.
La pregunta sobre qué es el hombre conduce a otra pregunta: ¿qué significa amar? El cristiano encuentra la respuesta más profunda en Jesús. La Constitución Gaudium et spes continúa: “Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo.” (n. 24)
Los santos en general, y san Juan Pablo II en particular, desarrollaron esta formulación de la virtud de la caridad y nos enseñaron, con su ejemplo, cómo hacer de nosotros mismos un don para los demás.
Antes, san John Henry Newman había señalado que el amor por los hombres comienza con el amor por personas concretas. Enseñaba que primero debemos concentrar nuestro amor en quienes están cerca de nosotros, y luego ese amor puede expandirse. “Ha habido hombres que han supuesto que el amor cristiano era tan difusivo que no admitía concentración en individuos concretos; de modo que deberíamos amar a todos los hombres por igual. Y hay muchos que, sin proponer teoría alguna, consideran en la práctica que el amor por muchos es algo superior al amor por uno o dos; y descuidan las obras de caridad de la vida privada, mientras se ocupan en proyectos de benevolencia expansiva o en procurar una unión y conciliación general entre los cristianos. Ahora bien, sostendré aquí, en oposición a tales nociones del amor cristiano, y teniendo ante mí el ejemplo de nuestro Salvador, que la mejor preparación para amar al mundo en general, y amarlo debida y sabiamente, es cultivar una amistad íntima y un afecto hacia quienes están inmediatamente a nuestro alrededor.” (Love of Relations and Friends, PPS 2)
El amor no es un sentimiento general hacia todos los hombres; es respeto y comprensión hacia los demás, y servicio a ellos vivido en la familia, el trabajo y el entorno inmediato; y, a partir de allí, en las comunidades pequeñas y grandes, y finalmente en la nación. Newman presenta la amistad como una importante prueba de virtud. Alexis de Tocqueville, aquel perspicaz observador francés del experimento americano, advirtió que el mayor peligro interno de la democracia no era la tiranía impuesta desde fuera, sino la lenta erosión de la virtud cívica desde dentro. Sin virtud en sus ciudadanos, observaba, el autogobierno termina inevitablemente degenerando en el despotismo suave de un Estado que todo lo provee, o en el despotismo duro de las facciones. Una democracia solo puede florecer cuando sus ciudadanos son virtuosos; de lo contrario, el gobierno se convierte en tiranía.
Una sólida antropología cristiana y una comprensión auténtica de la amistad humana pueden devolver a esta nación sus valores originarios.
Consagrar una institución a alguien significa otorgar a esa persona un papel especial en la vida de dicha institución, ya sea como inspiración o como fuente de auxilio. En 1792, el obispo John Carroll dedicó los Estados Unidos a la Virgen María. Luego, en 1959, el cardenal Patrick O’Boyle consagró el país al Inmaculado Corazón de María. La Virgen María siempre nos conduce a su Hijo, y hoy la Iglesia dirige su mirada a Cristo, el Hijo de Dios, como inspiración y fuente de ayuda para nuestra nación. Desde el siglo XVII, comenzando con las apariciones a santa Margarita María Alacoque, Dios mismo pidió la devoción a su Sagrado Corazón. No hay mejor ocasión que este 250.º aniversario de este querido país para responder a esa petición. Esta es la razón de la consagración de hoy al Sagrado Corazón de Jesús, a la que nos unimos gozosamente con los obispos de la Iglesia en los Estados Unidos.
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