Zacarías nos relata la llegada de San Juan Bautista, enseñándonos que para Dios, no hay imposibles.
Soy Zacarías, viví hace mucho tiempo. Yo servía en el templo de Israel, mi esposa era Isabel.
Un día, mientras servía en el templo, fui elegido para entrar en el santuario del Señor y ofrecerle incienso. Al estar dentro, se me apareció el ángel Gabriel y me anunció:
− No temas, Zacarías. Tu oración ha sido escuchada por Dios.
Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan.
A lo que yo respondí:
− ¿Cómo puede ser eso posible? Ya somos ancianos.
Al dudar de esta buena noticia que me traía el ángel, quedé mudo, sin poder hablar.
Regresamos a casa mi esposa y yo. A los pocos días nos enteramos de que Isabel estaba esperando un hijo.
Vivimos muy felices la espera, sobre todo porque recibimos la visita de la prima de Isabel, María.
Recuerdo que, al escuchar su saludo, el bebé saltó de alegría desde el vientre de mi esposa.
Entonces comprendimos que Dios estaba realizando algo grande para la salvación de su pueblo.
Cuando llegó el tiempo, nació nuestro hijo. Todos pensaban que llevaría mi nombre, pero mi esposa dijo:
− ¡Se llamará Juan!
Al mismo tiempo que ella pronunciaba ese nombre, yo lo escribía en una tabla y, en ese instante, recuperé la voz para alabar al Señor.
Juan creció fuerte en el espíritu, vivió en el desierto hasta que llegó su momento. Él fue el profeta que invitó a todos a la conversión y preparó su corazón para recibir a Jesús, los bautizó y les habló del perdón de sus pecados.
Dios siempre cumple sus promesas y nos llama a anunciar su amor al mundo.
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