A pesar de los generosos esfuerzos de San Pablo VI y San Juan Pablo II, la decisión de revocar la excomunión impuesta por Benedicto XVI y las facultades otorgadas por Francisco, con las consagraciones ilícitas realizadas en contra de la voluntad del Papa, la Fraternidad Sacerdotal vuelve a separarse de Roma.
Es una historia turbulenta, marcada por generosos esfuerzos, puertas abiertas y oportunidades ofrecidas. Es una historia dolorosa, caracterizada por dos graves cismas que llevaron a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefebvre, a separarse del Papa y de la comunión con la Iglesia de Roma al cometer el acto cismático de consagrar obispos sin el mandato pontificio y en contra de la voluntad del Vicario de Cristo. La escisión ocurrida el pasado 1 de julio tiene graves consecuencias no solo para los obispos y sacerdotes lefebvrianos, sino para todos los fieles, dado que —como se afirma en la Nota Explicativa del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal «administran ilícitamente los sacramentos, y que el sacramento de la penitencia administrado por ellos y los matrimonios asistidos por ellos son inválidos».
Las decisiones de Lefebvre
Durante el Concilio Vaticano II, el arzobispo francés Marcel Lefebvre, miembro de la minoría conciliar que se oponía a algunas de las reformas, firmó, no obstante, la Constitución sobre la Liturgia (Sacrosanctum Concilium) y la Declaración sobre la Libertad Religiosa (Dignitatis Humanae). Cabe recordar también que Lefebvre celebró la Misa de 1965, que contenía las primeras reformas litúrgicas, aún experimentales. Tras fundar la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X en 1970, con su propio seminario en Écône, en la diócesis suiza de Friburgo, y con el reconocimiento del obispo diocesano, François Charrière, Lefebvre se negó a celebrar según el nuevo Misal Romano y, en 1974, definió las introducidas por el último Concilio como «innovaciones destructivas para la Iglesia». «Nos negamos», declaró por escrito el 21 de noviembre de 1974, «y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de las tendencias neo-modernistas y neo-protestantes, que se manifestaron claramente en el Concilio Vaticano II y, posteriormente, en todas las reformas que de él se derivaron. Todas estas reformas, de hecho, han contribuido y siguen contribuyendo a la destrucción de la Iglesia…». La diócesis retiró su reconocimiento a la Fraternidad Sacerdotal, pero la Santa Sede buscó el diálogo con el arzobispo. Pablo VI instituyó una comisión para escuchar sus peticiones y, en 1975, le pidió a Lefebvre que cerrara el seminario de Écône y que no realizara nuevas ordenaciones sacerdotales. El Papa Montini le pidió tres veces al arzobispo y envió prelados de su confianza a visitar la sede de los tradicionalistas. Tras otra negativa, Marcel Lefebvre fue suspendido a divinis. Ya no podía celebrar más. Sin embargo, en agosto de ese mismo año, presidió la Misa que para entonces había sido prohibida ante diez mil fieles y cuatrocientos periodistas, obteniendo una enorme cobertura mediática. En septiembre de 1976, Lefebvre fue recibido en audiencia por el Papa en Castel Gandolfo. La conversación no llegó a buen puerto. En una conversación con el filósofo francés Jean Guitton en septiembre de 1976, quien le había pedido que hiciera «todo lo posible e imposible para evitar» un cisma, Pablo VI respondió: «Siento esto exactamente como usted. E incluso infinitamente más que usted: es la primera cruz real en los trece años transcurridos desde mi pontificado. Pero puedo decirle que he hecho todo lo posible para evitarlo». Y añadió: «No veo… cómo, de hecho, en unos meses, no nos veremos obligados a transformar esta falta de comunión en excomunión». En realidad, esto no sucederá. No pasarán meses, sino varios años, a pesar de la mano siempre extendida del Sucesor de Pedro.
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