«Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno»
Hay otra semilla que llega más lejos: «Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril». Los abrojos ahogan todo lo que en mí ha dado vida en algún momento del camino. Me pasa cuando lo que antes me hacía soñar con grandes ideales se va apagando. Como esa vela encendida cuyo pabilo apenas se mantiene firme en medio de los vientos de esta vida. Ha dado fruto durante un tiempo. Pero hay demasiada maleza. A menudo en mi corazón hay demasiado ruido, muchas voces, poco silencio interior. Hay muchas interferencias que no me dejan volver continuamente a lo que de verdad me importa, a lo que vale. Escucho palabras sanas, llenas de luz y esperanza, pero acaban muriendo porque hay demasiadas sombras, demasiada noche, frío y oscuridad que no permiten que den fruto esas semillas dejadas a su suerte. Pienso que esas semillas han dado fruto.
Hay verdades que han echado raíces en mi interior pero luego he descuidado lo importante en mi corazón y nada de lo vivido da vida a otros. Entonces me siento otra vez solo y abandonado. Siento que no soy capaz de amar con más fuerza, con más hondura. Se me olvida de dónde vengo porque la semilla se ahoga por esta vida intensa y vivida hacia fuera, hacia el mundo, no hacia dentro. Y es que Dios se encuentra dentro de mí, en lo más hondo. Allí donde no busco porque he perdido el rumbo y no sé cómo llegar a mi propio corazón: «La semilla cayó en tierra buena y dio fruto. Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales. Así preparas la tierra. Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes. Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría. Las praderas se cubren de rebaños, y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan». Eso hace Jesús en mi interior cuando me dejo cuidar por Él, trabaja la tierra, la riega, la deja mullida para que la semilla pueda penetrar en su interior. La cuida como un labrador que desea que la cosecha sea muy abundante: «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga».
La semilla sembrada en terreno bueno siempre da fruto, crece fuerte y echa hondas raíces. «Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno». Jesús siembra en mi corazón cuando la tierra está trabajada con mucho cuidado. Me gusta pensar en mi alma trabajada por Dios. Quiero que su semilla dé fruto en mi interior. Quiero que las palabras que escucho calen en lo más hondo. ¿Cuáles son las palabras que escucho cada día? ¿Dónde recibo los mensajes que me llenan el alma? Recibo demasiadas noticias, opiniones, juicios. Además de ser juicios sesgados sobre la realidad están marcados por los algoritmos que refuerzan mis posturas y me hacen sentir en posesión de la verdad. ¿Logro escuchar lo que Dios me dice cada día? Vivo tan en la superficie de la vida que no escucho nada. Es como si Dios se hubiera callado y ya no dijera nada. Pero no es así, lo que pasa es que yo estoy saturado de mensajes, de noticias, de voces, de juicios, de críticas, de condenas, de rabia, de odio. Vivo tan en conexión con lo que los demás dicen, gritan, odian, reclaman que no logro escuchar a Dios. Y yo mismo me voy llenando de odio, de rabia, de insatisfacción, como esa maleza que acaba por apagar la voz de Dios. Para que no se oiga, para que no me obligue a hacer algo por cambiar este mundo.
Hoy me dice Jesús: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Vivo sin convertirme hacia Dios. Se ha endurecido mi corazón y mi mirada está ciega, no logra ver más allá. Esa incapacidad para amar me duele. Me he vuelto como una roca, he cerrado las puertas de mi alma. Ya nada de lo humano me parece relevante porque Dios se ha ido fuera de mi alma, me ha abandonado. Quisiera conocer los secretos del Reino de Dios en mi vida. Quisiera abrirme a la fuerza de la voz de Dios que clama dentro de mí por ser escuchada. Hace falta que cambie mis rutinas, que deje más espacio a Dios, que abandone ese celular y sus redes sociales, que haga silencio al día para escuchar esa palabra. Que no se embote mi corazón, que no se endurezca. Quiero que su semilla de mucho fruto en mi alma.
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