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¿Cómo enseñar a los hijos a tolerar la frustración?

por Guillermo Wolf
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Claves para educar con amor, límites y fe

Todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices. Queremos protegerlos, darles oportunidades y evitarles sufrimientos innecesarios. Esa intención nace del amor. Sin embargo, al intentar hacerlos felices, podemos terminar impidiendo que aprendan a esperar, tener paciencia, esforzarse, perder, obedecer o aceptar un “no”. Corremos entonces el riesgo de formar hijos que se sienten bien mientras todo sale como desean, pero que no saben cómo reaccionar cuando la vida les presenta dificultades.

La felicidad no consiste en vivir sin problemas. Consiste en aprender a enfrentarlos con madurez, esperanza y fe. La tarea de los padres no es despejarles permanentemente el camino, sino prepararlos para caminar por él.

El problema de evitarles toda frustración

La frustración aparece cuando algo no sucede como lo esperábamos. En el caso de nuestros hijos, por ejemplo puede surgir cuando no reciben el juguete que desean, pierden un partido de fútbol, obtienen una mala calificación en el colegio, no son invitados a una fiesta o descubren que otras personas no siempre piensan como ellos.

Estas experiencias son incómodas, pero forman parte de la vida y de su proceso de maduración. Un hijo que nunca ha tenido que esperar, perder o renunciar a algo puede sentirse desbordado cuando finalmente se encuentre con una dificultad que sus padres no puedan resolver.

Un ejemplo frecuente ocurre cuando un niño comienza a llorar o a hacer una rabieta. Para evitar el momento incómodo, algunos padres le entregan el teléfono o el iPad, le compran el juguete que pide, un helado o le dan dinero para que deje de protestar.

A corto plazo, el niño se calma y los padres recuperan la tranquilidad. Pero también puede aprender que llorando, gritando o insistiendo obtiene lo que desea. Si siempre recibe una pantalla para distraerse, tampoco aprende a reconocer sus emociones, esperar, aburrirse o tranquilizarse de otra manera.

No se trata de ignorar el llanto ni de tratarlo con dureza. Podemos acompañarlo, ayudarlo a expresar lo que siente y decirle con serenidad: “Entiendo que estás molesto, pero hoy no vamos a comprar ese juguete”. El afecto no exige cambiar la decisión.

San Pablo nos recuerda que las dificultades, vividas con fe, pueden producir constancia, madurez y esperanza (cf. Romanos 5,3-4)

No toda dificultad es mala. Algunas dificultades enseñan, corrigen y fortalecen.

Amar también significa poner límites

Decir “no” puede ser una forma de amar.

Un hijo necesita saber que no todo lo que desea le conviene, que no siempre puede ser el primero y que las demás personas también tienen necesidades. Los límites claros le proporcionan seguridad y le enseñan que el amor no depende de recibir todo lo que pide.

Si la familia sale a comer y el niño exige cambiar de restaurante porque no le gusta la opción elegida, los padres pueden explicarle con serenidad que ese día le corresponde ceder. No es necesario convertir la situación en una batalla, pero tampoco reorganizar todos los planes para evitar su disgusto.

Si un adolescente quiere un teléfono costoso porque sus amigos lo tienen, puede ser más educativo enseñarle a ahorrar parte del dinero, cuidar el dispositivo que ya posee o esperar una ocasión adecuada. Aunque la familia pueda comprarlo, no siempre significa que deba hacerlo.

Jesús creció dentro de una familia, aprendiendo obediencia y viviendo bajo la autoridad de María y José (cf. Lucas 2,51).

La autoridad de los padres no debe convertirse en autoritarismo. Los límites deben explicarse con respeto y aplicarse de manera coherente. Pero la autoridad tampoco puede desaparecer por miedo a que los hijos se molesten o dejen de considerarnos sus amigos.

Nuestros hijos no necesitan padres que les concedan todo. Necesitan padres que los amen lo suficiente como para sostener una decisión correcta, incluso cuando esa decisión produzca un disgusto momentáneo.

Permitir que asuman las consecuencias de sus decisiones

Una manera importante de educar es permitir que los hijos experimenten las consecuencias de sus decisiones.

Si un niño no guarda un juguete y este se pierde, no siempre hay que reemplazarlo inmediatamente. Si un joven deja una tarea del colegio para el último momento y no le da tiempo de terminarla, quizás deba enfrentar una calificación más baja en lugar de que sus padres hagan el trabajo por él. Si gasta toda su mesada durante los primeros días, puede aprender a esperar hasta el siguiente período.

Las consecuencias razonables enseñan muchas veces más que los sermones.

Esto no significa abandonar al hijo frente a sus errores. Podemos acompañarlo y ayudarlo a pensar: “¿Qué aprendiste?”, “¿Qué harías diferente la próxima vez?” o “¿Cómo puedes reparar esta situación?”.

La Carta de Santiago enseña: Las pruebas pueden fortalecer la paciencia y ayudarnos a crecer interiormente (cf. Santiago 1,2-4).

Naturalmente, los padres deben intervenir cuando existe un peligro real o una consecuencia desproporcionada. Pero no debemos confundir proteger con evitar toda incomodidad. A veces, permitir una pequeña consecuencia hoy evita un problema mayor mañana.

Educar en la pobreza y la gratitud

La pobreza cristiana no significa necesariamente carecer de bienes. Significa no vivir esclavizados por ellos, vivir con desprendimiento de las cosas materiales y aprender a distinguir entre lo que necesitamos y lo que simplemente deseamos.

Los hijos aprenden esta virtud cuando no reciben todo de inmediato, cuidan sus pertenencias, aprovechan lo que tienen y descubren que la felicidad no depende de acumular juguetes, ropa, dispositivos electrónicos, o vacaciones en Disney.

También pueden participar en la decisión de donar ropa en buen estado, juguetes que ya no utilizan o parte de sus ahorros a una persona necesitada. No deberíamos dar solamente aquello que está roto o ya no sirve. Compartir algo valioso les ayuda a comprender que toda persona ha sido creada a imagen de Dios, posee una dignidad que debe ser respetada y merece ser tratada con el mismo amor y consideración que deseamos para nosotros.

La gratitud puede cultivarse con gestos sencillos como enseñarles a dar gracias por la comida, o cuando los invitan a una fiesta o a jugar donde algún amigo(a), valorar el esfuerzo de quien trabaja para mantener el hogar limpio, y evitar las comparaciones constantes con lo que poseen otros niños.

Educar en la pobreza es enseñarles a disfrutar lo que tienen sin convertir las cosas materiales en el centro de su vida. No es formar hijos sin aspiraciones, sino hijos libres, capaces de usar los bienes sin ser dominados por ellos.

Formar en la humildad

La humildad ayuda a los hijos a reconocer que no siempre tienen la razón, que pueden equivocarse y que necesitan de los demás.

Un niño aprende humildad cuando se le enseña a pedir perdón, aceptar una corrección, felicitar a quien ganó y reconocer el esfuerzo de otros.

Si pierde un partido basketball, no siempre hay que culpar al árbitro, al entrenador o a sus compañeros. Podemos ayudarlo a reconocer lo que hizo bien y preguntarse: “¿Qué puedo mejorar?”. Si recibe una mala nota en un exámen del colegio, no debemos justificarlo automáticamente ni atacar al maestro, sino acompañarlo para que asuma su responsabilidad.

La humildad no disminuye la autoestima. Al contrario, permite que el hijo conozca sus capacidades sin creerse superior y reconozca sus errores sin sentirse destruido.

También debemos evitar elogiarlo constantemente por cualquier cosa. El reconocimiento debe ser sincero y concreto: “Vi que te esforzaste”, “Me gustó que ayudaste a tu hermano” o “Fue bueno que reconocieras tu error”. De esta manera, aprende a valorar el esfuerzo, la virtud y el crecimiento, no solamente la aprobación.

Enseñar a servir

Los hijos necesitan comprender que la familia no existe solamente para atenderlos.

Pueden ayudar a poner la mesa, recoger su habitación, sacar la basura, ceder el asiento a una persona mayor, compartir con sus hermanos o colaborar sin esperar siempre una recompensa.

Servir es aprender a preguntarse: “¿Qué puedo hacer para que la vida del otro sea un poco más fácil?”.

Si los padres hacen todo por los hijos, estos pueden crecer creyendo que los demás están para satisfacer sus necesidades. En cambio, cuando reciben responsabilidades de acuerdo con su edad, descubren que también tienen algo que aportar.

No deberíamos pagarles por cada servicio realizado en casa. Algunas tareas pueden relacionarse con una mesada, pero otras deben cumplirse simplemente porque forman parte de una familia. Ayudar a recoger la mesa, cuidar a una mascota o colaborar con un hermano no siempre tiene que recibir una recompensa material.

Cristo nos enseñó que la verdadera grandeza está en servir, no en buscar ser servido (cf. Marcos 10,45).

El servicio los ayuda a salir de sí mismos. Les enseña que la verdadera felicidad no se encuentra únicamente en recibir, sino también en ofrecer tiempo, esfuerzo y atención.

No resolverles todos los conflictos

Cuando dos hermanos discuten, los padres no siempre tienen que decidir inmediatamente quién tiene la razón. En algunas ocasiones pueden ayudarlos a hablar, escucharse, pedir perdón y buscar una solución.

Si un hijo tiene un problema con un compañero o un maestro, podemos orientarlo, pero también preguntarle: “¿Qué crees que puedes hacer para resolverlo?”. Según su edad, podemos animarlo a conversar respetuosamente con la persona antes de intervenir nosotros.

Esto no significa desentendernos. Significa acompañar sin reemplazarlo.

Nuestro trabajo como padres no es caminar siempre delante de ellos quitando cada obstáculo. Es enseñarles a caminar, permanecer cerca y estar disponibles cuando realmente nos necesiten.

Educar con el ejemplo

Los hijos observan cómo reaccionamos cuando algo no sale como deseamos.

Si perdemos la paciencia en el tráfico, gritamos cuando cambia un plan, compramos impulsivamente o nos quejamos por todo, no podemos exigirles serenidad, sobriedad y gratitud.

También educamos cuando aceptamos un error, pedimos perdón, esperamos con paciencia, ayudamos a alguien o decimos: “Esto no salió como esperaba, pero voy a intentarlo nuevamente”.

Nuestras reacciones cotidianas son lecciones que ellos aprenden, aunque nunca las expliquemos con palabras. Si queremos hijos capaces de aceptar un “no”, también nosotros debemos aprender a aceptar contratiempos sin perder la paz.

Entonces, ¿cómo podemos formar hijos felices y capaces de afrontar la frustración?

Los formamos combinando amor con límites, afecto con responsabilidad y protección con oportunidades para aprender de las dificultades.

Enseñar a los hijos a tolerar la frustración no significa ser duros ni negarles cariño. Significa amarlos de una manera que los prepare para la vida: permitiéndoles esperar, asumir consecuencias, reconocer sus errores, vivir con sobriedad, servir a los demás y confiar en Dios.

Los padres no pueden evitarles todos los problemas, pero sí pueden acompañarlos para que aprendan a enfrentarlos con humildad, responsabilidad y esperanza.

Un hijo verdaderamente feliz no es aquel que siempre recibe lo que pide, sino aquel que descubre que su valor no depende de tener, ganar o salirse siempre con la suya. Es aquel que aprende a agradecer, compartir, esforzarse, levantarse después de una caída y mantener la esperanza cuando las cosas no salen como esperaba.


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