«Comienzo a amar cuando me he sentido amado. Logro perdonar cuando he sido perdonado. El perdón me sana, me levanta, me salva, me saca de mi mediocridad»
Jesús en una parábola me explica el significado más hondo de la palabra misericordia: «Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: – Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: – Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: – Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: – ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste ¿no debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Un criado tiene una deuda. El rey quiere que se la pague. Pero el criado suplica misericordia. Y el rey se compadece de él y lo dejó marchar, le perdonó la deuda. Me impresiona esta actitud del rey. Le deja ir, le perdona, no le exige el pago. Cuando su primera intención era otra. Pero esa súplica humilde lo conmovió. Se dejó llevar por ese gesto y accedió a su petición perdonándolo. Me encanta la compasión de los que tienen misericordia. Dios es así, misericordioso: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpa. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos».
Me gustaría ser así con los que tienen deudas conmigo. Perdonarles cuando me lo piden, cuando me piden perdón y suplican misericordia. No siempre me compadezco del que necesita el perdón. Estoy tan herido que me cuesta dar mi brazo a torcer y perdonar al que me debe algo o me ha hecho daño. Me parece que es injusto. Si han hecho algo mal merecen un castigo. La misericordia me parece una actitud blanda propia de un padre excesivamente laxo. Me parece que si perdono siempre es como si no fuera capaz de exigir lo que se me debe. Esa misericordia, ese amor incondicional, esa actitud tan desinteresada es un don divino. Yo no soy capaz de ser así. Mi rencor, mi resentimiento, mi rabia, mi deseo de venganza son más fuertes que la misericordia. Necesito que sea un don en mi vida, algo que se me regale para poder yo entonces regalarla. Creo que puedo comenzar a amar cuando me he sentido amado. Y puedo lograr perdonar cuando he sido antes perdonado. El perdón recibido me sana, me levanta, me salva. Eleva mi alma, me saca de mi mediocridad. Perdonar me engrandece. Guardar rencor provoca lo contrario, me endurece. El criado perdonado, al salir del encuentro con el rey y encontrarse con alguien que le debe dinero a él, no tiene misericordia. El deudor le suplica pero él no escucha. Se ha olvidado de la misericordia recibida. No hay nada más terrible que olvidarme del bien recibido. Me olvido de la misericordia con la que me han tratado. Y sólo pienso en lo que me deben. En lugar de ser misericordioso cuando lo han sido conmigo, me vuelvo inmisericorde y cruel. En lugar de amar al que lo necesita, lo trato con desprecio.
¿Es posible odiar cuando he sido amado? Sí, lo es. Es muy posible que una persona que ha recibido bienes en su vida, habiendo sido herida en algún momento, no valore los bienes recibidos y reaccione con violencia con su prójimo. Las personas heridas hieren. Las personas que no han experimentado la misericordia en su camino, no son misericordiosas. Pero incluso puede suceder lo que cuenta la parábola. Que alguien que debía mucho y es perdonado, no sea misericordioso con aquel que le debe algo a él, mucho menos. Eso también sucede y es terrible. Porque no es justo. Lo justo sería que yo fuera capaz de dar a manos llenas lo que he recibido gratis. Que pudiera amar porque he sido amado antes de forma incondicional. Que pudiera perdonar porque he sido perdonado. La parábola me recuerda que no siempre es así. Me olvido del amor recibido, del perdón que sana todas mis ofensas cometidas. Me olvido y no actúo con amor hacia los demás. No perdono, no olvido la deuda, no dejo ir en paz y libre al deudor. Me parece tan miserable esa actitud que me duele el alma al verla. Pero yo también soy así. Tengo mucho de ese hombre que olvida lo que han hecho con él. Se olvida del bien recibido. Yo también lo olvido. Me gustaría tener buena memoria y recordar tanto bien que me han hecho, todos los dones que he recibido en mi vida. Me gustaría recordar ese bien para poder hacer yo el bien con mis hermanos.
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