Evangelio según san Lucas 14,25-33
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo:
‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.”
Detrás de Él
1) Vuelta: En la Biblia aparece un término que es “cuarenta días”. Cuando te toca escuchar esa palabra, es porque la enseñanza que te quiere dejar es que aprendas a tener paciencia y que lo que sucede en tu vida se debe tener como un “cocinado lento”, como el asado: cuanto más lento y atento, más hermoso sale. Como el caso del pueblo de Israel, que pasó cuarenta días hasta que Moisés recibió los diez mandamientos o el relato de Noé o el mismo Jesús en el desierto. Hay cosas que debemos saber pensar, esperar y rezar para tomar una decisión. Pero también, cuando aparece el número 3, en días, refiere a saber tomar decisiones en el momento; porque la vida implica saber discernir qué cosas hay que decidir tajantemente y cuáles es necesario ir pensando a fuego lento para decidir. En esto es importante pegar una vuelta y mirar el todo.
2) Cargar: Cuenta la historia que hubo un rey Canuto, el hombre más poderoso de Medio Oriente. Resulta que sus consejeros, todos los días, le adulaban y le decían que hasta el océano le temía. El rey, cansado de tantas alabanzas, pidió que le llevaran su trono a la orilla del mar y pidió que todo su ejército se pusiera frente al mar. Al bajar a la playa se sentó en su trono, que estaba allí, a la orilla, y dio la orden de que el océano no avanzara hacia él. En eso, las olas comenzaron a subir y se empezó a mojar, primero los pies y luego ya quedó todo empapado. Sus consejeros y súbditos estaban aterrados de verlo tan mojado. El rey se levantó y tiró la corona, miró a sus consejeros y les dijo a todos: “Miren bien esto, vean lo pequeño y vacío que es el poder de un rey, porque al mar no le importa quién está sentado en el trono, porque la marea va a subir de todos modos”. Con este cuento te recuerdo que muchos nos pasamos la vida creyendo que podemos controlarlo todo, cuando en realidad la verdadera paz no está en intentar darle órdenes a las olas o a tus problemas, sino en soltar la corona y aprender a navegar la marea.
3) Terminar: No dejes de mirar tu vida y aprender a discernir qué cosas te convienen y cuáles no te convienen, porque el vivir implica saber llevar cruces y no ocultarlas, porque cuanto más perfectitos y santos nos mostramos, más vivimos aparentando. Centrar la mirada en Cristo es dar con la realidad en la que vivimos. Algo bueno está por venir.
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