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Una felicidad imperturbable

por Pbro. Carlos Padilla E.
Prado

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra»

Jesús me muestra un camino para alcanzar esa felicidad que siempre añoro: «En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Utiliza la expresión que viene de una raíz semítica que denota bondad, bienestar, prosperidad y luz. Su sentido profundo era el de plenitud. No es una alegría o bienestar pasajero. Es algo más permanente y profundo. Se trata de una felicidad madura, honda, con raíces que llegan a lo más profundo del alma. Equivale a la palabra que aparece en el salmo 1:1: «Dichoso el hombre que no camina en consejo de malvados…». La expresión bienaventurado, feliz o dichoso es algo más hondo. Hoy el hombre busca una felicidad inmediata y tal vez por eso pasajera. Una satisfacción de todos mis deseos que me dé bienestar, paz, alegría, aunque no sea profunda ni permanente y dure sólo unos instantes. Son gotas de alegría que el hombre bebe con ansiedad tratando de superar las dificultades y tristezas de la vida. Ese día Jesús subió a un monte, subió a lo más alto para estar más cerca de Dios y permitir que todos pudieran alzar la mirada para buscarlo a Él. Alzaron la mirada y vieron al que tenía palabras llenas de sabiduría. Hoy tanta gente da consejos para ser más feliz en las redes sociales. Quizás porque hay tanta necesidad de encontrar una felicidad que nadie me pueda quitar. Una paz que nadie pueda alterar. Ningún miedo y ninguna ansiedad. Porque en el fondo de mi alma yo quiero una felicidad imperturbable. ¿Será posible? Jesús me muestra un camino para vivir en su presencia, para habitar en el reino de Dios, para caminar a su lado. ¿Será ese el camino?

Bienaventurado si hago ciertas cosas, si me comporto de una determinada manera. Lo más importante que me pide hoy es que cambie mi mirada, que no me centre en lo que no tengo, que valore la vida en su belleza. La primera bienaventuranza me parece clave. Los pobres de espíritu, los que no se sienten ricos, los que no lo tienen todo, los que lo han perdido todo. Los que han experimentado su vulnerabilidad y su pobreza, los que han caído y se han visto derrotados muchas veces. Felices los que en su pobreza y abandono claman a Dios porque Él es quien los puede sostener. Me gusta esa imagen. La pobreza como la ausencia de certezas. Como la experiencia de abandono, de vacío, de despojo. Bienaventurado, no por no tener todo lo que el mundo me vende como fuente de felicidad, sino por vivir anclado a Dios. Se trata de una pobreza unida a Dios. Los pobres de Yahve eran los que caminaban por el desierto unidos a Dios como su única fortaleza. Y en su abandono no se sentían solos, sino sostenidos por Él. Es lo que el apóstol describe hoy como filiación divina: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro». La pobreza del hijo que descansa en el amor de su Padre y no tiene miedo, no sufre angustia, no se siente abandonado sino sostenido.

La actitud del pobre de Dios me lleva a tener el alma tan vacía de egoísmo que Dios pueda llenarla por completo. El orgullo y la vanidad hacen que uno actúe como si no necesitara a nadie. El pobre de espíritu reconoce su indigencia espiritual y se refugia únicamente en el nombre y el amor incondicional de Dios. Se sabe amado y eso le basta. El problema es que he puesto mi felicidad en cosas tan pasajeras que nunca la encuentro. Porque todo cambia, yo cambio y también las circunstancias. Y confundo bienestar con felicidad. Y busco no tener problemas queriendo ser feliz, sin entender nada. Precisamente al reconocerme pobre, herido y necesitado de salvación es cuando Dios pone su mirada sobre mí y me salva. Al no tener nada a lo que aferrarme para ganar la seguridad, me abraza el amor de Dios y me sostiene. Entonces será mío el reino de Dios, porque Dios habitará en mi indigencia, dentro de mi vacío. Sólo el que se reconoce hijo necesitado puede experimentar la gratuidad en su vida. Todo es don, gracia, misericordia. Sólo estando vacío de mí mismo, de mi orgullo y vanidad, de mis seguridades, podré anclarme en el que permanece, en el que me llena estando yo vacío, en el que me ayuda a descubrir mis límites y a entregarlos con humildad. Jesús me dice que no tenga miedo, que sólo necesito vivir desprendido, sin querer retener lo que ahora tengo, sin pretender ser dueño de mi camino, ni de mi futuro. Feliz si suelto y me despojo de lo que hasta ahora ha sido mi anclaje verdadero. Feliz yo si reconozco que no soy dueño de nada de lo que hasta ahora parecía tan mío.  


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