Hoy, 8 de febrero, la Iglesia celebra la fiesta de San Jerónimo Emiliani
Jerónimo nació en Venecia en el año 1486. A muy temprana edad, su padre murió y su madre, Dionora Morosini, lo educó en la fe cristiana. Durante sus años de juventud, su vida estuvo dominada por la cólera y la lujuria y, como todo joven perteneciente a una familia importante, se dedicó a la carrera militar, llegando a ser comandante de las fuerzas que defendían la fortaleza de Castelnuovo de Quero.
En 1511, luchando contra las fuerzas francesas, cayó prisionero de la Liga de Cambrai y fue apresado en el mismo castillo que él defendía. Durante la profunda soledad que atravesó en sus días de cautiverio, Jerónimo ocupo su tiempo orando y meditando, iniciando así su camino de conversión.
Jerónimo le pedía a la Santísima Virgen por su liberación y día tras día fortalecía su relación con Dios meditando las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve a un hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo?” (Mateo 16, 26). Cierto día, de manera inesperada, sus manos y pies fueron liberados milagrosamente de los grilletes que lo amarraban y logró escapar de la prisión.
Luego de esa experiencia, y habiendo meditado tan profundamente en lo efímero del poder mundano, Jerónimo abandonó las armas y comenzó una nueva vida. En el Santuario de la Madonna Grande en Treviso, prometió solemnemente entregarse totalmente al servicio de Dios y del prójimo. En un primer momento, volvió a Venecia para dirigir la educación de sus sobrinos y consagró su tiempo libre al estudio de la teología y a las obras de caridad.
En Venecia, repartió su patrimonio a los pobres y se asoció a la Compañía del Divino Amor, que se dedicaba, especialmente, a la asistencia de los enfermos incurables. Fue allí que Jerónimo contrajo una grave enfermedad pero logró recuperarse y continuar con sus obras de caridad.
En el año 1518 fue ordenado sacerdote luego de un corto noviciado como penitente con Giampietro Carafa. En esa época, Jerónimo transcurría sus días entre hospitales y casas de familias pobres.
En el año 1531,en Italia se propagó una terrible peste de cólera y Jerónimo decidió vender todas sus pertenencia para dedicarse a tiempo completo a los enfermos y abandonados. Por las noches, el mismo Jerónimo cavaba las sepulturas de quienes fallecían y los llevaba al cementerio porque la mayoría de la gente no se atrevía a acercarse a los muertos por temor al contagio.
Al mismo tiempo, profundamente sensibilizado por la gran cantidad de niños que quedaban huérfanos, y por las viudas que debían prostituirse por las malas condiciones de vida que atravesaban, Jerónimo indujo a los ciudadanos de Verona a construir un hospital; en Brescia erigió un orfanato; y en Bérgamo, uno para muchachos, y otro para muchachas. Allí también fundó la primera casa para mujeres de mala vida que deseaban hacer penitencia.
El amor a la Iglesia fue uno de los signos de la santidad evidente en Jerónimo. Desde Bérgamo inició una intensa evangelización popular. Significó una verdadera reforma desde la Iglesia al mismo tiempo que los errores del protestantismo amenazan por todas partes. El rezaba: “Dulce Padre nuestro… te rogamos por tu infinita bondad que devuelvas a todo el pueblo cristiano al estado de santidad que tuvo en tiempos de tus apóstoles”. Con el tiempo, algunos hombres se le unieron, tanto sacerdotes como seglares, y él les encomendó las obras en la ciudad y la comarca.
En el año 1532, junto a dos sacerdotes, Alejandro Besuzio y Agustín Bariso, fundó la Orden de Clérigos Regulares de Somasca. Esta sociedad religiosa, que en la actualidad cuenta con una cifra cercana a las 75 casas distribuidas en el todo el mundo con alrededor de 500 religiosos, desde sus orígenes se dedicó piadosamente al cuidado de los niños huérfanos, los pobres y los enfermos.
A los huérfanos, Jerónimo los educaba en conocimientos elementales, al mismo tiempo que los formaba en la fe cristiana. También procuraba que aprendieran un oficio, para que pudieran insertarse en la sociedad y desarrollar con dignidad su personalidad humana y cristiana. Posteriormente, fueron los Padres Somascos quienes realizaron el gran proyecto de Jerónimo que era la creación de escuelas gratuitas para todos, en las que se adoptó el método revolucionario llamado Método dialogado.
Cuando Jerónimo comenzó a notar que se iba debilitando físicamente y que ya no podría continuar sus viajes apostólicos, decidió establecer su morada en el pequeño pueblo de Somasca, donde podía hallar espacio para la oración y la meditación al mismo tiempo que continuaba asistiendo a los pobres y enfermos.
Mientras atendía a los enfermos, Jerónimo contrajo la peste y transcurrió la enfermedad en una pequeña habitación que le habían prestado. Antes de morir, con una teja, dibujó una gran cruz en la pared, para poder contemplarla en la agonía. Además, mandó bajar a sus huérfanos para despedirse de ellos y, aunque sin fuerzas, como último testimonio, les lavó a cada uno los pies. A los amigos del pueblo les recomendó que no ofendan a Dios con malas costumbres y blasfemias: él, a cambio, intercedería desde el cielo para que el granizo no estropee sus cosechas. A sus hermanos de la Compañía les dijo: “Seguid a Cristo crucificado; amaos los unos a los otros; servid a los pobres”. Al amanecer del 8 de febrero de 1537, falleció piadosamente, a la edad de 51 años, rodeado de aquellos a quienes había dedicado toda su vida. En el año 1767 fue canonizado por el Papa Clemente XIII y en 1928 el Papa Pío XI lo proclamó “Patrono Universal de los huérfanos y de la Juventud abandonada”.
En el día de su fiesta, le rogamos a San Jerónimo Emiliani que interceda ante Dios por todos los niños y jóvenes que viven en estado de abandono para que conozcan el amor del Padre celestial porque hasta el cielo no paramos.