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Un corazón como el de Jesús

por Pbro. Carlos Padilla E.
Caminar con Jesus

«Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera»

Jesús me llama porque sabe que estoy cansado y agobiado. Es lo primero que me conmueve en este día. Estoy cansado y agobiado. Porque la vida es exigente y no doy la talla. Porque no llego a todo lo que quiero conseguir. El alma se cansa de luchar por los caminos y se detiene al borde del camino. El cuerpo no da la talla. Y me siento cansado y agobiado. Creo que hoy el hombre no sabe descansar. Es difícil desconectar realmente del trabajo, de las obligaciones. Estoy enganchado al celular, al computador y es difícil tomarme unos días sólo para mí. Jesús me dice que vaya hasta Él. ¿Lograré descansar de verdad en su presencia? Me gustaría descansar, cortar con el esfuerzo constante, cambiar de aires. El descanso llega cuando hago cosas diferentes a las que hago habitualmente. No tengo que hacer nada especial, pero sí cambiar las rutinas. El cansancio llega porque duermo mal, porque no llevo una vida sana, no me alimento bien y la adicción a las redes sociales acaba agotándome. Me gustaría ser más libre de todo lo que acaba drenándome.

Jesús también me pide algo que no me parece tan sencillo: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Su carga es ligera y no me va a costar. Me gustaría ponerme bajo el yugo junto a Jesús. En Él la carga es llevadera. Y además me pide que aprenda dos cosas fundamentales que me resultan difíciles. Que sea manso. La mansedumbre es un don que me parece inalcanzable. Me pide que reaccione con paz en todo momento. Que sea manso y que ni la ira ni el odio dominen mi corazón. Que reaccione con paz en todas las circunstancias de la vida. La mansedumbre es la actitud de los no violentos. De los que reaccionan con bondad al mal. De los que no agreden cuando son agredidos. De los que no atacan cuando son ofendidos. No es el manso una persona débil o cobarde. Es más bien una persona sólida, con fuerza interior y autodominio.

Son los libres que no se dejan llevar por el odio que perciben en los demás. Su fuerza interior no es destructiva, más bien construye puentes y relaciones sólidas. Además me pide Jesús que sea humilde como lo es Él. Un rasgo que está unido a la mansedumbre. Dejar a un lado el orgullo y la vanidad. Los humildes reconocen la verdad y la belleza de su vida, pero no quieren imponer sus pensamientos, no pretenden tener siempre la razón. Las personas humildes miran a los demás con mucha paz. No se sienten mejores. Más bien ven que están en camino, aprendiendo. Son accesibles porque cualquiera puede exponerles sus planes y contarles lo que sienten. No están a la defensiva. Siempre pueden ser agredidos y ellos no reaccionarán violentamente. Podré ser manso y humilde de corazón si dejo que Jesús habite en mi alma. Porque sé cómo es Dios: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan».

Creo en un Dios que es manso, que es fiel y misericordioso, que me mira con clemencia y no se deja llevar por la ira ante mis debilidades. Así quiero ser yo. Quiero tener un corazón dócil, manso, humilde. Un corazón donde cualquiera desee habitar. Sin rabia, sin rencor, sin enojo, sin deseos de venganza. Un corazón en el que cualquiera sea bienvenido. Un corazón como el de Jesús, que me mira siempre con misericordia. Las personas mansas y humildes tienen mucha tolerancia a la frustración. Mantienen la paz en medio de la guerra y no dicen palabras agresivas aunque a ellos se las digan. Tratan a los demás con delicadeza, respeto y paciencia. Escuchan antes de hablar. No se ríen del hermano y lo tratan con cariño. Tienen paz en el alma y no se dejan llevar por la guerra que presencian. Tiene que ver con la paciencia ante las adversidades, para mantener la calma cuando lo fácil es perderla. Y todo viene de la confianza ciega en Dios Padre. Jesús vivió su vida así entre los hombres y quiere que yo sea como Él es. Confiado, paciente, humilde, manso. Le pido a Dios que cambie mi corazón y me regale una vivencia profunda de su amor. Si me sé amado por Él dejaré de vivir con miedo esta vida, porque todo descansa en sus manos. Suave es su yugo y llevadera su carga.


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