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Meditación del día 8 de julio

por Pbro. Luis A. Zazano
Convocó a sus discípulos

Evangelio según san Mateo 10,1-7

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: “No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca”.

Convocó a sus discípulos

1) El poder: El enemigo natural del amor no es el odio, sino el miedo. Uno ama porque ha decidido ser de esa manera y no espera que los demás se lo devuelvan. Una vez leí algo que me llamó la atención “El árbol no se plantea cuándo da oxígeno, si el que está abajo se lo merece o no y mucho menos se plantea cuando alguien busca su sombra para descansar y evitar el sol. El árbol es así”. Cuando Dios nos da el poder de amar y ser amor, entonces el miedo desaparece. Es ahí cuando el amor tiene un poder transformador, porque no hay nadie que pueda resistir esa forma de amar. Eso lo entendieron muy bien los santos.

2) Curar: Nuestro pasado no tiene por qué predecir nuestro futuro, porque si una persona quiere cambiar cómo va a vivir, la forma de vivir, lo puede hacer. Pero necesita algunos ingredientes: un verdadero entusiasmo, también una motivación que le genere compromiso, una estrategia que sea razonable y una práctica constante, para que al final no haya nada para creer, porque ya uno mismo lo verifica.

3) Vayan: Dicen que estaba Luis haciendo punterías tirando piedras, pero el problema es que una piedra que tiró le pegó al pato de la abuela y lo mató. Al ver esto lo escondió. Su hermana lo vio todo. La hermana lo empezó a hostigar, chantajear y le hizo que lavara los platos todos los días, si no, le contaba a la abuela, que tendiera la cama, en fin. Un día Luis ya no dio más y fue a enfrentar a la abuela. Prefería eso a que su hermana se siguiera aprovechando de todo esto. La abuela lo escuchó y le dijo “Luis, yo ya sabía todo, si yo misma te vi, pero estaba esperando que vengas a decírmelo y ver hasta dónde aguantabas lo que te hacía tu hermana”. La abuela lo había perdonado, pero Luis pensaba él que era culpable, porque prestó atención más a la palabra de la acusadora. A vos como a mí nos acusan a diario: nos acusan de mentir, de inmoralidad, de codicia, de ira, de arrogancia y, en cada momento, el acusador presenta cargo contra nosotros. Hasta gente de dentro de la iglesia, en tu trabajo, donde sea, anota cada error que cometemos, cada desliz y estos “fiscales espirituales o de tu trabajo, de tu zona” actúan de oficio y no tienen otro objetivo que llevarnos a juicio y presentarnos con acusaciones y hasta me animo a decirte que trabajan 24 horas. Pero Jesús murió para que nadie pueda acusarnos, por eso, no dejes que te extorsionen y mucho menos que manipulen tu conciencia. Cuando alguien te diga esto, recordá el pato. Nunca más te tienes que dejar extorsionar. Sé libre en la presencia de Dios. Algo bueno está por venir.


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