Hoy 6 de febrero nuestra Iglesia Católica celebra a san Pablo Miki y compañeros mártires en Japón
En el año 1549, el jesuita san Francisco Javier, llega a Japón y tuvo la dicha de convertir a muchos al cristianismo. Diecisiete años más tarde, exactamente en el año de 1566, nace en Kyoto, Japón Pablo Miki, en una familia de clase social alta, hijo de un militar. Desde muy temprana edad, Pablo recibió educación con los jesuitas y más adelante se integró a la Compañía de Jesús. Siendo sacerdote, se convirtió en un gran predicador.
Para el año 1597 llegaban a varios miles los cristianos en Japón. Lamentablemente llegó al gobierno el emperador Toyotomi Hideyoshi conocido como Taikosama, sumamente cruel, el cual ordenó que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país, lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir ayudando a los cristianos.
Por ese entonces se recrudeció la persecución, el padre Pablo Miki fue apresado junto con otros 25 cristianos, de los cuales eran tres jesuitas, seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos.
Los perseguidores les cortaron la oreja izquierda a los 26 y luego, ensangrentados, los hicieron caminar de pueblo en pueblo en pleno invierno, hasta llegar a Nagasaki, con la finalidad de atemorizar a los que pretendían hacerse católicos.
Según el escrito “La Colina de los Mártires” del beato Diego Yuki, un testigo que se convertiría en mártir años después, cuando eran trasladados a la colina Nishizaka, los mártires iban rezando el Rosario con “las manos atadas”, mientras sus pies descalzos “marcaban huellas rojizas en el áspero camino”.
Según sigue relatando el Beato Yuki, san Pablo Miki dijo: “Me alegro mucho de morir por esta causa. Yo tengo esto por un gran beneficio que el Señor me hace. Y pues estoy en esta hora en la cual podéis creer que no les voy a mentir, certifiquen y desengáñense, “les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico”. “La ley de los cristianos manda perdonar a los enemigos, y a los que nos hacen mal, digo que perdono a Taikosama y a todos los que tuvieron parte en esta mi muerte. No tengo odio alguno a Taikosama, antes deseo que él y todos los japoneses se hagan cristianos”, continuó san Pablo Miki.
Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
Los mártires, conformados por jesuitas, franciscanos y laicos (adultos, muchachos y niños), en ese momento cantaban, rezaban e invocaban a Jesús, María y José. También aconsejaban a los presentes a que se mantuvieran fieles a la santa religión siempre.
Finalmente, los verdugos sacaron sus armas y traspasaron dos veces con sus lanzas a cada uno de los crucificados. Murieron el 5 de febrero de 1597.
Los mártires jesuitas fueron: san Pablo Miki, San Juan Goto y Santiago Kisai, dos hermanos coadjutores jesuitas. Los franciscanos eran: san Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar al Asia. San Gonzalo García que era de la India, san Francisco Blanco, san Pedro Bautista, superior de los franciscanos en el Japón y san Francisco de san Miguel.
Entre los laicos estaban: un soldado, san Cayo Francisco; un médico, san Francisco de Miako; un Coreano, san León Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban a misa a los sacerdotes: los niños: san Luis Ibarqui, san Antonio Deyman, y san Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado.
La Iglesia Católica los declaró santos en 1862
Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: “Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría”.
Al padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios. Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se puso a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”. Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra Santa Religión por siempre.