“… y resucitó al tercer día, según las Escrituras, …” (Credo de Nicea-Constantinopla)
En la expresión “Jesús descendió a los infiernos”, el símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo “Señor de la muerte”. (Hb 2, 14).
Jesús conoció la muerte. Fue a la morada de los muertos, descendiendo como Salvador, proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban detenidos, como dice San Pedro: “Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva” (1 Pe 4,6). Esta “morada de los muertos”, es la que nosotros en el Credo llamamos “infiernos”, lugar en donde se hallaban los que estaban privados de la visión de Dios. Jesús no libra a los condenados, ni destruye el infierno de la condenación, sino que libra a los justos que le precedieron y que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham.
“Al tercer día resucitó de entre los muertos”: la resurrección es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe.” (1 Cor 15,14).
Los discípulos, que antes habían perdido toda esperanza, habían huido o se habían refugiado tras las puertas cerradas llegaron a creer en la resurrección de Jesús porque lo vieron de formas diferentes después de su muerte, hablaron con él y experimentaron que estaba vivo. Sólo el encuentro con Cristo resucitado los liberó de sus miedos y los llenó de una fe entusiasta en Jesucristo, el Señor de la vida y de la muerte.
El testimonio escrito más antiguo de la resurrección es una carta que escribió san Pablo a los Corintios aproximadamente veinte años después de la muerte de Cristo: “Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto.” (1 Co 15,3-6). Pablo informa aquí de una tradición viva, que él se encontró en la comunidad primitiva, cuando uno o dos años después de la muerte y resurrección de Jesús llegó él mismo a ser cristiano a causa de su propio encuentro deslumbrante con el Señor resucitado.
La certeza de que Jesús estaba vivo sólo se afianzó por medio de gran número de apariciones. La multitud de encuentros con el Resucitado acabaron con la Ascensión de Cristo a los cielos. Sin embargo, hubo después y hay hoy encuentros con el Señor resucitado: Cristo vive. (Klonopin)
Cristo resucitado, llevando las heridas del Crucificado, se dejó tocar por sus discípulos, comió con ellos, compartió con ellos y les enseñó. Es el mismo cuerpo martirizado y crucificado, pero también glorioso: no está situado ni en el tiempo ni en el espacio ya que no pertenece más a la tierra (distinto de la resurrección de Lázaro, por ejemplo, que resucitó en este mundo), sino que está bajo el dominio divino del Padre. Aparece como quiere, cuando quiere, donde quiere, bajo cualquier apariencia, como a María Magdalena, cuando ella lo confundió por jardinero (Jn 20, 14-15). La resurrección de Cristo no fue por tanto un retorno a la vida terrena normal, sino la entrada en un nuevo modo de ser: “Pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.” (Rom 6,9).
¿Qué ha cambiado en el mundo por la Resurrección?
Puesto que ya no todo termina con la muerte, la alegría y la esperanza han entrado en el mundo. Después de que la muerte “ya no tiene dominio” (Rom 6,9) sobre Jesús, no tiene ya tampoco poder sobre nosotros, que pertenecemos a Jesús. Él es el “primogénito de entre los muertos” (Col 1,18), y por tanto es el principio de nuestra propia resurrección. Ahora, por medio de la justificación de nuestra alma, y luego, por la vivificación de nuestro cuerpo, que se dará cuando vuelva por segunda y última vez.
CIC 631 – 658; Youcat 103 – 108