“… y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado, …” (Credo de Nicea-Constantinopla)
Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal. Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio es de amor benevolente, sin mérito alguno por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).
Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación: “Nadie me quita la vida. Yo la doy voluntariamente.” (Jn 10,18). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de la última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (cf. 1 Co 5, 7), por la salvación de los hombres: «Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros» (Lc 22, 19). «Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados» (Mt 26, 28). Y nos une al Sacrificio con la Institución de la Eucaristía, cuando nos pide: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).
Puesto que Jesús era verdaderamente hombre, experimentó realmente en el Huerto de los Olivos el miedo humano ante la muerte. En su agonía, oró así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz…» (Mt 26, 39). Luego fue crucificado y muerto, sacrificio de Cristo que es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Es un don del mismo Dios Padre y al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor, ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.
Jesús era todo un escándalo para los escribas y fariseos, porque venía a perdonar a los pecadores, y esto reflejaba lo que Dios hacía con ellos, con el pueblo de Israel. Pero no podían comprender que una persona perdonara los pecados y, por tanto, pensaban que se hacía pasar por Dios. Su ignorancia y el endurecimiento de sus corazones los llevaron a decir que Jesús blasfemaba, y por tanto pidieron a Poncio Pilato su muerte.
Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato), lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén. El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a «la ignorancia» (Hch 3, 17) de los judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Al respecto, San Pablo dice: “De haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria” (1 Co 2,8). Menos todavía se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el tiempo y en el espacio. Es más, somos nosotros que, por nuestros pecados, crucificamos al Señor. Y es aún más grave ya que nosotros decimos conocerlo, e incluso así lo despreciamos, al seguir renegando de Él con nuestras acciones. (paradiseweddingchapel.com)
Los cristianos debemos también aceptar el sufrimiento en nuestra vida, ‘cargar con la cruz’ y con ello seguir a Jesús. No tenemos que buscar el dolor, pero cuando nos enfrentamos a un dolor que no se puede evitar, éste puede cobrar sentido para nosotros si unimos nuestro dolor al de Cristo. También tenemos la tarea de mitigar el dolor en el mundo.
La fe nos permite aceptar nuestro propio dolor y compartir el ajeno para mayor bien de todos. De este modo, el dolor humano se hace uno con el amor redentor de Cristo y con ello se hace parte de la fuerza divina que transforma el mundo hacia el bien.
Con el Bautismo nosotros bajamos al sepulcro, muriendo al pecado. Como dice San Pablo: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.” (Rm 6,4).
CIC 571 – 630; Youcat 93 – 102