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Límites

por Carlos L. Rodriguez Zía
Límite

Una charla sobre una encíclica. Algo que se dice y repercute en uno. Ingredientes iniciales del texto que sigue.

Días atrás, asistí a una charla sobre la primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, en la que el Santo Padre reflexiona sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

La presentación del documento pontificio estuvo a cargo del Pbro. Dr. Alejandro Bertolini, doctor en Teología en la Universidad Pontificia Lateranense de Roma (Italia), párroco de Santa María de la Lucila (Buenos Aires, Argentina), secretario de la Sociedad Argentina de Teología y titular de la cátedra de Antropología Teológica en la Universidad Católica Argentina (UCA).

De todo lo que le escuché a lo largo de la hora y pico que duró la ponencia, hay una palabra, un concepto, que me resultó revelador y me dejó pensando un buen rato: hablo de la palabra límite, que, en una de sus cinco acepciones, el diccionario la define como “extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico”.

En ese instante caí en la cuenta de que el límite -o los límites- son parte constitutiva de nuestro ser y de todo lo que nos rodea. Por ejemplo, mis derechos tienen como límite los de otra persona. O la propiedad privada tiene como condición elemental el tener límites. Sino sería un espacio público, de uso común. Es más, el espacio público tiene sus límites. Todo en nuestra existencia está enmarcado entre límites.

Dios mismo es el alfa y el omega, el principio y el fin de todo. Adán y Eva, que habitaron el Paraíso, tuvieron un límite que fue el árbol de la vida, cuyo fruto Dios les dijo que no probaran. Pero Dios no colocó alrededor del árbol a un grupo de ángeles que lo custodiaran. Aquí el límite fue la propia libertad de Adán y Eva de hacerle caso o no a Dios. Por propia voluntad decidieron seguir la recomendación de la serpiente y traspasar el límite que Dios les había fijado.

El límite de la vida

Nuestra vida, en este mundo, tiene un límite que es la muerte. Que como dijo el disertante, el Padre Bertolini, la muerte, el morirse, es condición indispensable para un día resucitar. Pero la muerte, lejos de ser una frontera que nos asuste, es lo que le da sentido a nuestra vida, delimita el tiempo que tenemos para obrar de acuerdo al plan de vida que Dios nos propone. Preguntémonoslo: ¿si tuviéramos todo el tiempo del mundo, si fuéramos inmortales, qué sentido tendría tratar de ser buenas personas, dignos hijos de Dios? Podríamos estar siglos y siglos enojados con alguien, ya que a continuación tendríamos infinitos años para amigarnos y ser buenos hermanos.

Y, como le pasó al tribuno militar romano Marco Flaminio Rufo, el protagonista del cuento El Inmortal de Jorge Luis Borges, descubramos al fin que la inmortalidad no es sino una especie de condena. La muerte da sentido a cada acto ante la posibilidad de ser el último; la inmortalidad se lo arrebata.

En el relato el narrador descubre la Ciudad de los Inmortales, que era una serie caótica de construcciones carentes de sentido, con pasajes sin salida, escaleras invertidas y estructuras caóticas. La vida sin un fin, sin un límite.

Una ilustración del cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges.

El lado positivo

Pero ese límite también tiene su lado positivo, que es su invitación a desafiarlo, a superarlo. En un tiempo ya muy remoto de la historia humana el fuego fue un límite infranqueable para el ser-humano. El lograr dominarlo le permitió al hombre superar el límite de su caverna, de la conservación de la comida, de su cocción y del cambio del clima, al poder tener con que calentarse cuando la temperatura bajaba.

Más adelante en el tiempo, el habitante de la tierra se ha planteado y se plantea traspasar la frontera de su planeta y llegar a otros mundos. De momento, vamos por la luna.

Sin embargo y, como también los señalo el párroco Alejandro Bertolini en la charla sobre la carta encíclica Magnifica humanitas, el problema surge cuando no aceptamos el o los límites, como lo puede ser el haber nacido hombre o mujer, aquí o allá, rubio o de pelo castaño, si la otra selección jugó mejor y por eso ganó la final del Mundial de Fútbol,  o el de la aparición de una discapacidad física como la pérdida parcial de la capacidad auditiva en un oído, como es mi caso. Pero gracias a Dios, alguien se propuso superar ese límite y creó el audífono. Muchas gracias.

Y llegando a este momento y haciendo honor a respetar el límite, le damos punto final a este artículo.


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