“Dios no me da la autoridad para hacer sufrir a la gente, sino para tratar de hacer el mayor bien posible”
Cada 13 de julio la Iglesia celebra a san Enrique. Nació en Baviera, Alemania, en el año 973, en el castillo de su padre, el duque de Baviera.
Fue el más grande apóstol de la paz en el segundo decenio del siglo XI, y uno de los más destacados promotores de la civilización oriental. Creció en medio de una familia en la que la fe y la devoción estaban arraigadas. El joven príncipe pasó los primeros años de su vida en el monasterio benedictino de Hildesheim.
Vivió como un novicio al lado de los monjes. Aprendió los salmos, estudió las Sagradas Escrituras, se ejercitó en la práctica de la virtud y aspiró a la perfección. Completó su educación bajo la tutela de san Wolfgango.
Tras la muerte de su padre, Enrique heredó el ducado en 995. Al morir su primo, el emperador Otón III, sin dejar herederos, los príncipes electores juzgaron que ningún otro estaba preparado para ser rey de Alemania como él. Con su carácter recto y justiciero, atendió a las necesidades de su pueblo. Sabía comprender y no era vengativo.
Prefería perdonar que castigar, y buscaba el provecho de sus súbditos, y no el de sus propios intereses.
En 1014, el papa Benedicto VIII, lo consagró en Roma, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Por su defensa de los valores y de la cultura cristiana, Enrique se ganó el apelativo del “piadoso” o el “santo”. Estaba convencido de que el cristianismo era capaz de enriquecer la vida de los pueblos y sacar lo mejor de ellos. Buscó también, extender la fe cristiana fuera de sus fronteras, promoviendo y respaldando a los monarcas católicos de Europa. Promovió la construcción de iglesias, monasterios, hospitales, y apoyó la reforma eclesiástica de la Iglesia. Vio que el ejercicio de su cargo era un servicio al prójimo y a Jesucristo.
San Enrique realizó lo que a muchos puede parecer imposible: ser emperador, vivir continuamente ocupado en los problemas públicos y entre guerras, y llegar a santo.
Murió repentinamente un 13 de julio de 1024. En el día que recordamos a san Enrique, te suplicamos Señor, nos concedas por sus ruegos, caminar hacia Ti con un corazón sencillo, humilde, en medio de las vicisitudes de este mundo. Porque algo bueno está por venir.